El 1 de septiembre de 1939 las tropas de Adolf Hitler invadieron Polonia, dos días después Inglaterra y Francia declararon la guerra a Alemania: esto marcó el inicio de la Segunda Guerra Mundial.

Suele decirse que las raíces del conflicto de 1939 estuvieron en una mala conclusión de la Gran Guerra y en el mismo Tratado de Versalles de 1919. Ciertamente así se puede concluir con una mirada de largo alcance. Pero también es evidente que los errores posteriores fueron ampliando las posibilidades de enfrentamiento, en buena medida por la irrupción de los regímenes totalitarios: el comunismo en la Unión Soviética de Lenin y luego de Stalin, el fascismo en la Italia de Benito Mussolini y el nazismo en la Alemania de Adolf Hitler. 

A ello se sumaron las debilidades de los gobiernos de las democracias occidentales –incapaces o temerosas frente al avance armamentista de Hitler– y ciertamente la crisis económica que sacudió a Europa entre las dos guerras.

Churchill, con extraña clarividencia, había advertido ya en octubre de 1938 sobre el riesgo de la guerra: “La pregunta culminante a la cual apunto es si el mundo, tal como lo hemos conocido (ese mundo grande y optimista de antes de la guerra, donde cada vez hay más esperanza y placer para el hombre común, ese mundo que honra tradición y en el cual se desarrolla la ciencia), debe hacer frente a esa amenaza con sumisión o resistencia. Veamos, entonces, si todavía nos quedan medios de resistencia…”

Para entonces Hitler ya avanzaba con decisión en su carrera armamentista y algunos sectores de la sociedad inglesa no veían con malos ojos al dictador, buscaban congraciarse con él o bien eran incapaces de enfrentarlo, como le espetaría el propio Churchill a Chamberlain: “Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra… elegisteis el deshonor, y además tendréis la guerra”. Así ocurrió efectivamente, en un espacio de un par de años.

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La advertencia del genocidio

En enero de 1939, Adolf Hitler profetizó ufanamente el genocidio que comenzaría a tener lugar bajo su mandato: “He sido muchas veces en mi vida un profeta y la mayoría se burló. En la época de mi lucha por el poder el pueblo judío fue el primero en acoger sólo con risas mis profecías de que algún día ocuparía la jefatura del Estado y de todo el pueblo de Alemania y de que después, entre otras cosas, solucionaría el problema judío. Creo que aquella risa sardónica de los judíos de Alemania se les ha debido atragantar. Hoy quiero ser un profeta de nuevo: si la judería financiera internacional dentro y fuera de Europa consiguiera precipitar a las naciones una vez más a una guerra mundial, el resultado no será la bolchevización de la tierra y, por ende, la victoria de la judería, ¡sino la aniquilación de la raza judía en Europa!”

El momento decisivo llegaría en agosto, cuando quedaron puestas todas las bases sobre las cuales Hitler iniciaría su ofensiva, primero sobre Polonia y luego sobre el resto de sus enemigos europeos.

Con falta de escrúpulos y genialidad, el llamado “Führer” buscó un acuerdo con Stalin, destinado a lograr un pacto de no agresión recíproca, pero que además tenía el objetivo de repartirse Polonia entre los dos dictadores, que odiaban al valeroso pueblo polaco. 

El inicio de la fatídica guerra

Así, el 1 de septiembre las tropas del Reich invadieron Polonia. Muy pronto los soviéticos ocuparon parte del sector oriental polaco. Inglaterra y Francia habían advertido a Hitler que Polonia era un Rubicón que no podía cruzar, de lo contrario estarían obligados a declararle la guerra, cuestión que hicieron finalmente el 3 de septiembre.

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A esa altura, Europa entraba en la Segunda Guerra Mundial: el genocidio de los judíos, la bomba atómica y los millones de muertos en combate son solo algunas de las demostraciones visibles de ese gran drama que comenzó a sacudir a Europa y al mundo hace exactamente ochenta y un años.

Con información de La Tercera

Prensa Frontera Viva

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