En medio del ánimo festivo que acompañó a las primeras olimpiadas celebradas en Sudamérica, funcionarios del país anfitrión, Brasil, hicieron alarde de que las medallas que colgaban sobre los cuellos de los ganadores simbolizaban también una victoria para el medio ambiente: El oro había sido extraído sin usar mercurio y la plata había sido reciclada de espejos y placas descartadas de radiografías.

Cinco años después, la compañía refinadora que suministró el oro para las medallas, Marsam, está procesando oro eventualmente comprado por cientos de compañías establecidas — entre ellas Microsoft, Tesla y Amazon — que por ley deben comprarlo de fuentes que respeten las leyes ambientales y laborales.

Pero una amplia investigación de The Associated Press halló que la compañía basada en Sao Paulo procesa oro para, y tiene vínculos de propiedad con, una intermediaria acusada por fiscales brasileños de comprar oro ilegalmente en tierras indígenas y otras zonas muy adentradas en la selva amazónica.

La AP había reportado previamente en esta serie que la minería aurífera en tierras indígenas ha alcanzado magnitudes históricas en años recientes e involucra la creación de pistas de aterrizaje ilegales para que vengan avionetas y traigan equipos, combustibles y excavadoras para hurgar la tierra en busca del metal. La falta de supervisión por parte del gobierno del presidente Jair Bolsonaro, hijo de un prospector de oro, ha exacerbado el problema de la minería ilegal de oro en zonas protegidas.

Hay quienes critican además un programa internacional de certificación usado por las empresas para demostrar que no usan minerales provenientes de zonas de conflicto, afirmando que el programa no es más que una cobija.

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“No habrá una supervisión real mientras la industria dependa de la autorregulación”, afirmó Mark Pieth, profesor de leyes en la Universidad de Basilea en Suiza y autor del libro “Gold Laundering” (“Lavado de oro”).

“Todo el mundo sabe de dónde viene el oro, pero nadie quiere indagar mucho en la cadena de suministro porque saben que se toparán con todo tipo de actividad ilegal”, añadió.

Al igual que los tributarios que desembocan en el río Amazonas, el oro ilegalmente minado en la selva amazónica se filtra en la cadena de suministro y se confunde con el oro limpio al punto que no es posible distinguir entre los dos.

Las pepitas de oro son sacadas subrepticiamente de la jungla en los polvorientos bolsillos de los prospectores, y llevadas a la ciudad más cercana donde son vendidas a agentes financieros. Lo único que se necesita para convertir ese material primitivo en un bien cotizable y regulado por el banco central es un documento escrito a mano que diga el lugar exacto de donde el oro fue extraído. Mientras menos preguntas, mejor.

Al llegar a esas casas de cambio en la Amazonia — la puerta de entrada para el sistema financiero — el oro se convierte en propiedad de Dirceu Frederico Sobrinho, conocido universalmente por su nombre.

Durante cuatro décadas, Dirceu ha encarnado el mito del “garimpeiro”, el trabajador humilde e incansable del oro en Brasil. Hijo de un vendedor de vegetales que vendía sus productos cerca de una mina abierta tan repleta de mineros — entre ellos el padre de Bolsonaro — que parecían una colonia de hormigas, se entusiasmó con el oro a mediados de la década de los ochenta y empezó a traer oro en avionetas desde un remoto poblado amazónico. Consiguió su primer negocio en 1990, un año después de que Brasil introdujo un marco para obtener licencias a fin de regular la prospección de la minería.

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Hoy en día, desde un imponente edificio en la principal avenida de Sao Paulo, Dirceu es uno de los principales personajes en la industria del oro brasileña, con 173 áreas de prospección a su nombre o con registro pendiente, según el registro de la agencia reguladora de la industria minera brasileña. En ese mismo edificio está la sede de la Asociación Nacional del Oro (Anoro), de la que es director. Dirceu, hasta el año pasado, era también socio en Marsam.

Pero aún con sus anillos y brazaletes de oro, habla orgullosamente de sus raíces como garimpeiro.

“Es imposible motivar a alguien a adentrarse en la selva amazónica a menos que esa persona ya esté persiguiendo un sueño”, afirmó Dirceu en una inusual entrevista en su oficina, donde hay una enorme escultura de jade en forma de águila.

“Todo el que negocia con oro tiene eso: son gente que sueña, que cree, que le encanta eso”, añadió.

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