Arrepentidos, solos, vigilados y esperando un mejor futuro para Venezuela, pasan los días los funcionarios de seguridad que cruzaron la frontera hacia Colombia, durante febrero del 2019. Relataron experiencias y deseos de regresar, una vez se restablezca la institucionalidad en el país.

Rosalinda Hernández C.

El próximo 23 de febrero se cumple un año del intento de ingresar la ayuda humanitaria, -donada por varios países del hemisferio-  que desde Colombia pretendía llegar a territorio venezolano, en medio de una de las peores crisis que atraviesa Venezuela.

Con los anuncios y preparativos para el ingreso de alimentos, medicinas e insumos médicos que favorecería a la población más vulnerable, también nació un destello de esperanza en la sociedad venezolana.

La llegada del auxilio humanitario se interpretó en gran parte de la población como el camino para retomar la democracia en el país, de la mano de sectores políticos de oposición al gobierno de Nicolás Maduro, encabezados por el presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó.

La efervescencia del momento y el hastío de pertenecer a instituciones viciadas, movió a decenas de militares y policías venezolanos a desertar. Las trochas o pasos ilegales a Colombia fueron los caminos más expeditos para que los funcionarios abandonaran carreras, familias y toda una vida, en busca de un ideal: la libertad.

El llamado

El 21 de enero de 2019, el presidente de la Asamblea Nacional venezolana, Juan Guaidó, hace un llamado a los militares para “restablecer el orden” de la nación.

La convocatoria fue interpretada por los uniformados que protagonizaron desde los cuarteles algunas acciones. Un mes después (23 de febrero) la más notoria por la cantidad de implicados -1400, según reporte de Migración Colombia- fueron las deserciones hacia Colombia.

“Estaba el llamado de Guaidó, pero ya había cansancio por el régimen. El 23 de febrero en la mañana, sin cena, sin desayuno, sin ventiladores, sin nada, llegó un Coronel a gritarnos, era el segundo jefe militar al mando en el estado Táchira, jefe del Estado Mayor. Estábamos en los hangares del puente Tienditas (Venezuela). Llegó con un cisterna y empezó a echarnos agua como si fuéramos perros (…) fue algo desagradable, horrible”, relató el sargento primero de la Guardia Nacional, Carrillo Quintana.

Un contingente militar fue llevado a los municipios de frontera del Táchira (San Antonio y Ureña) para resguardar la zona e impedir la entrada de la ayuda humanitaria

La orden recibida de los altos mandos una vez arribaron a la frontera fue clara: no dejar pasar nada.

“Si llegaba el momento donde los puentes se rebasaran de personas había orden de disparar, había un escuadrón para cumplir la orden. Era un grupo especial de guardias nacionales traídos desde el centro de Venezuela”, precisó Carrillo.

En medio del descontento y aprovechando la confusión que se generó al momento que intentan cruzar dos tanquetas por el puente internacional Simón Bolívar, Carrillo Quintana junto a otros compañeros de armas saltaron la pared perimetral del destacamento 12 de fronteras; tomaron los caminos verdes y llegaron a Colombia.

“Pase el río (Táchira) junto a cinco compañeros. Los colectivos estaban arriba del puente, no pudieron hacernos nada. Al llegar a territorio colombiano nos recibió el ejército, nos quitaron armamento, uniforme y bombas de gas lacrimógeno. Todo eso lo entregamos a la cancillería de Colombia”.

Sargento Segundo de la Guardia Nacional (GN) Nicol Muñoz

El sargento primero de la Guardia Nacional (GN) Carrillo Quintana Giovanny, dice con voz determinante que se siente (100%) arrepentido de haber cruzado la frontera, entre otras cosas  porque no ha podido ver desde entonces lo que más ama y valora: la familia.

El mismo dolor acompaña al Sargento Segundo de la Guardia Nacional (GN) Nicol Muñoz, quien a un año de la evadida solo siente la nostalgia de ver truncado su deseo de regresar a casa.

“La cantidad de delitos que nos presentaron por haber desertado, no me permiten regresar. A un compañero de apellido Chávez, lo encontraron en Venezuela, lo torturaron y mataron”.

La decisión de desertar y llegar a Cúcuta, la explica en una sola palabra: “me canse”. Estar haciendo lo que no se debía hacer, faltar a la Constitución Nacional y al pueblo no estaba en los planes del sargento Muñoz.

“El 22 de febrero en la noche habían rumores de desertar a Colombia y luego entrar con la ayuda humanitaria. Los compañeros que pasaron con la tanqueta eran de nuestro grupo. Se quería tumbar las barricadas interpuestas para abrir paso por el puente. La acción no se dio por el incidente donde es atropellada una ciudadana que se atravesó”.

Ofertas tentadoras

Atractivas ofertas económicas y ofrecimientos para unirse a grupos al margen de la ley, les han sobrado en Cúcuta a los militares venezolanos.  No es un mito, son una realidad y quienes las han recibido afirman que a pesar de ser “jugosas”, las han  rechazado.

“Para mi esas ofertas no son nada aceptables. Hace unas semanas me contactaron vía whatsapp para formar parte de un grupo y de una vez me negué. Necesitaban un escolta para un personaje de líneas paramilitares. La oferta era de seis millones de pesos al mes. Prefiero no tener nada, sabemos que quienes entran a ese mundo, no pueden salir”, dijo uno de los sargentos.

Sargento primero de la Guardia Nacional (GN) Giovanny Carrillo Quintana

El contacto para servir a grupos paramilitares se estableció a través de uno de sus compañeros de armas quien actualmente si trabaja para grupos al margen de la ley.

También han tenido otro tipo de ofertas, retomar las armas y regresar a liberar Venezuela, precisaron los militares.

“Conozco a Darwin Balaguera, es mi amigo. Compartimos en la casa hogar Divina Providencia y luego en el hotel Villa Antigua. Me llamó para invitarme a una actividad que haría con unos militares, me dijo: “la vuelta ya está encima, vengase”. No pude acompañarlo porque esa semana me estaba graduando”, reveló Quintana Carrillo.

Enterarse por las noticias que su compañero Balaguera, fue herido y ahora está preso por intentar extraer armas de un fuerte militar en el estado Bolívar, le causó tristeza.

Para Giovanny Carrillo, sargento de la Guardia Nacional, es casi imposible que pueda haber un alzamiento militar con éxito en el país. La injerencia extranjera en las filas de las Fuerzas Armadas Nacionales Bolivarianas (FANB) no es un cuento, es pura realidad.

“Los conocí, habían mucho cubanos, habían de ellos muchos uniformados dentro de nuestras filas y por eso creo que un alzamiento militar ya no se da, no hay posibilidad ninguna por el miedo que hay dentro de las FANB”, vociferó con valentía.

Con la experiencia obtenida a un año de haber desertado, Carrillo dice que no formaría nuevamente parte de ningún llamado a levantarse en armas. Su vida se centra –ahora- en salir adelante en un país extranjero que le ha brindado oportunidades de empezar una nueva vida, lejos de Venezuela.

“Siempre  habló con los compañeros que aún están en los comandos. Me cuentan que cada día sus condiciones de vida son peores. La comida que les dan son arepas frías con nada, en el almuerzo un poco de arroz o pasta blanca. No se están alimentando bien, nada de proteínas”.

De 97 militares que egresaron de su promoción, solo  siete de ellos se mantienen activos. Razón por la que no se imagina cómo habría sido  continuar de militar, en medio de la crisis institucional que atraviesan las FANB y la estampida de militares en los cuarteles que se ha registrado en los últimos meses.

La percepción del sargento Nicol Muñoz, es similar a la de Carrillo, aseguró a Frontera Viva que la poca organización y unión dentro del mundo militar limita una posible rebelión.

“Se requiere un liderazgo. Alguien que realmente de la cara y esté dispuesto a enfrentar el momento trascendental que vive Venezuela y hasta ahora no lo hay”.

Los vigilan

Quienes desertaron a Cúcuta el 23 de febrero de 2019, y los días posteriores en su mayoría ya no se encuentran allí. Gran parte ha migrado a otras ciudades de Colombia o terceros países, ¿la razón? pocas oportunidades de empleo en la ciudad fronteriza y la presunta persecución por parte de organismos de inteligencia venezolanos, denunciados por los uniformados.

Confiesan que viven atemorizados y limitan su radio de acción solo a espacios públicos concurridos.

Entre compañeros de armas se comunican y han logrado establecer también labores de inteligencia en Cúcuta, que los han llevado a constatar que en la ciudad colombiana existen tanto militares activos como civiles venezolanos haciéndoles seguimiento y vigilancia.

El sargento de la Guardia Nacional Carrillo Quintana, con notable asombro, relató que dos meses atrás, mientras recorría un reconocido centro comercial de Cúcuta, se percató de la presencia de uno de sus antiguos jefes militares en Venezuela.

“Me encontré al Mayor Rodríguez Castro, jefe de inteligencia del Zonal 21 en Táchira. Me le acerqué, me miró y se puso nervioso. Lo saludé con todo respeto: “mi Mayor, buenas noches, ¿cómo está? (…) me respondió el saludo y me dijo: Carrillo vienes muy seguido a este lugar, ¿cómo sabe que yo frecuento ese sitio?”, se preguntó el militar desertor.

En cualquier lugar de Cúcuta -advirtió mirando de un lado a otro- se puede tropezar con funcionarios de inteligencia venezolana. Incluso, insinuó al equipo de prensa que justo en el lugar donde se desarrollaba la entrevista podrían existir personas haciendo labores de este tipo.

Más allá de vivir con prudencia y precaución los militares han tratado de aprovechar el tiempo al máximo y dar un aire de normalidad a sus vidas, aunque no parece fácil.

La austeridad, el recato y las limitaciones han marcado el rumbo en la cotidianidad de los militares. El apoyo y la mano amiga del sacerdote Sergio Enrique Sanmiguel, -quien desde el arribo a Colombia, los alojó, junto a 40 uniformados más en la casa hogar Divina Providencia del barrio Cundinamarca, en Cúcuta-, se ha convertido en bálsamo hasta la actualidad. 

Con orgullo y marcado entusiasmo en su rostro, Carrillo Quintana, comentó que acaba de revalidar estudios y recibió el título de bachiller de la república de Colombia. A pesar de los esfuerzos y el espíritu de superación que lo acompaña, confiesa que las posibilidades de encontrar un buen empleo son limitadas.

Carrillo, de 23 años, dice que trabaja en lo que le salga, siempre y cuando se trate de formas legales y honradas de ganarse la vida.

Por su parte, el sargento Muñoz, se gana la vida en una fábrica de materiales para la construcción. Con los ingresos que obtiene costea su manutención y ayuda a la familia que aún vive en Venezuela. Especialmente a un hermano que padece Síndrome de Down y por manifiesta sentir especial afecto.

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