Desde su reapertura, en junio del 2019, los puentes binacionales siguen registrando masiva circulación de venezolanos

Fachada del comedor Casa de Paso Divina Providencia, ubicado en La Parada, Colombia

Por Jonathan Maldonado

Doce meses han trascurrido ya de aquel 23 de febrero en la frontera, día en el que los puentes internacionales Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander, se convirtieron en el foco de la prensa nacional y foránea. El principal objetivo, el ingreso de la ayuda humanitaria, no se dio. A un año de aquel episodio, los tramos binacionales siguen reflejando un peregrinaje masivo, con diversas necesidades.

Durante casi cuatro meses, tras los sucesos del 23 de febrero, los pasos estuvieron cerrados por orden del gobierno de Nicolás Maduro. Desde ese instante, la ciudadanía hizo de las trochas, tanto en San Antonio como en Ureña, la única opción para cruzar a Colombia y adquirir los productos de primera necesidad, o ir al médico.

Al principio, cuando no se había aprobado el paso humanitario, niños de todas las edades, pasaban por tan peligrosos caminos para poder cumplir con sus jornadas de clase en los colegios de Villa del Rosario. Además, muchos pacientes, algunos en camillas, por su estado, otros en sillas de rueda, fueron trasladados de emergencia por esos senderos irregulares.

Centro de Salud Margarita, ubicado en La Parada

En ese ir y venir, los venezolanos han sido empujados por diversos objetivos: comprar alimentos — ya sea para el rebusque o consumo propio –, adquirir medicinas, recibir algún tratamiento médico de urgencia o, simplemente, por razones migratorias. Esta imagen sigue vigente, pero por los pasos legales.

“No entró la ayuda humanitaria y nosotros seguimos viajando hasta estas zonas a buscar ayuda sanitaria o alimentaria”, afirmó Desiré Rodríguez desde La Parada, en Colombia. “Este país, con sus aciertos y defectos, se ha convertido en una mano solidaria”, dijo en referencia a la vecina nación.

Rodríguez, antes del 8 de junio, día en el que fueron restablecidos los pasos binacionales, logró pasar en cuatro oportunidades por la trocha. “Prácticamente, crucé una vez al mes”, indicó quien calificó de traumática la primera vez que tuvo que atravesar los “caminos verdes”. “Al ver a civiles armados, como si nada, casi me quedo petrificada”, rememoró.

Atención gratuita para venezolanos

La Parada, en Colombia, no solo es la primera gran vitrina comercial neogranadina con la que se tropiezan los venezolanos una vez cruzan el puente; también es una zona en la que varias organizaciones brindan atención sanitaria y alimentaria a miles de ciudadanos, provenientes de la nación del oro negro.

Al lado de las oficinas de sellado de Migración Colombia, está el primer módulo de salud. Allí  prestan servicio organizaciones como Acnur, Consejo Noruego, Unicef, Cruz Roja Colombiana, Organización Panamericana de la Salud (OPS) y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).

La Cruz Roja está enfocada en el servicio de psicología, módulo de primeros auxilios y toma de signos vitales, así como ofrecer facilidades de comunicación. Uno de los servicios más demandados, el de vacunación, fluye de la mano de la OPS, OIM y Unicef. Más de 100 infantes pueden pasar a diario para obtener el beneficio.

Primer punto de migración con el que se tropiezan los venezolanos una vez cruzan el puente internacional Simón Bolívar

Entretanto, Acnur tiene la tarea de orientar al migrante o retornado, mientras el Consejo Noruego lidera lo concerniente a la protección de los niños y adolescentes. Todos estos servicios son gratuitos.

Ya en el corazón La Parada, cerca de la cancha que se ha transformado en el hogar de decenas de migrantes, se encuentra el comedor Casa de Paso Divina Providencia. En esta estructura, que fue remodelada en el mes de enero, se brinda más de 5.000 almuerzos a venezolanos que viven cerca de la localidad.

El padre de la Diócesis de Cúcuta, José David Cañas, funge como el encargado del lugar, el cual sigue contando con la colaboración del Programa Mundial de Alimentos y Acnur, dos organizaciones que proveen los insumos que se requieren.

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La prioridad la tienen las mujeres, niños y personas con discapacidades, considerados los grupos más vulnerables. Dan tanto el desayuno como el almuerzo, registrándose a diario largas filas que van avanzando conforme la comida es repartida.

El Centro de Atención Primaria Margarita, también ubicado en La Parada, brinda jornadas de vacunación, odontología, prevención sexual y psicología. A una cuadra de distancia, se encuentra otro puesto de salud, un apéndice del Hospital Jorge Cristo Sahium, donde también ofrecen consultas para migrantes.

Viajo desde Barquisimeto por las vacunas de mi hija

Yelitza Guédez, madre de 37 años, se vio en la obligación de viajar desde Barquisimeto hasta la frontera, junto a su hija de meses y su esposo, para poder vacunar a la pequeña en uno de los puestos de atención gratuita para venezolanos, ubicado en La Parada.

La travesía duró 14 horas. “Es la primera vez que acudo al centro de salud”, dijo la progenitora mientras hacía la cola para pasar a las instalaciones. “En mi ciudad, por ejemplo, una vacuna contra el neumococo cuesta 150 dólares, mientras la rotavirus sale en 120 y la hepatitis B en 80. En total, se gastarían cerca de 400 dólares”, apuntó.

De este servicio gratuito, Guédez se enteró mediante otros vecinos que han hecho lo mismo. “Llegué a casa de un familiar en San Cristóbal y hoy bajé en la madrugada para poder estar entre el grupo de los 15 que pasan al día”, recalcó mientras cargaba en brazos a su hija.

Yelitza Guédez, 37 años

La dama agradeció al vecino país por permitir que organizaciones internacionales aporten estos beneficios desde suelo colombiano. “Vamos a aprovechar el viaje para comprar los pañales de la niña y otros productos que allá no se consiguen, o son muy costosos”, remarcó.

“Es difícil hacer estos viajes, ya que no contamos con un carro particular. Se gasta bastante: un pasaje puede costar hasta 520.000 bolívares, y vine con mi esposo”, prosiguió mientras avanzaban en la cola bajo el llamado de atención del personal de seguridad: “señores, este servicio es gratuito, si alguien viene a cobrarles para pasarlos, denúncielo”.

Yelitza Guédez, como la mayoría, se rebusca en varias áreas. Como profesora trabaja tanto en instituciones públicas como privadas. Además, “cualquier otro oficio que me salga, y que yo sepa hacer, le digo sí, pues la situación está muy apretada”, enfatizó.

Guédez y su esposo no tienen pensado irse de Venezuela. “No está nada fácil allá, pero ahorita hay mucha xenofobia como para inventar irse a otro país. Latinoamérica, para nosotros, no es viable”, relató para luego sentenciar: “Sé que vendrán tiempos mejores”.

“Llevo seis meses viniendo al comedor”

Aunque Guillermo Antonio Caicedo, de 63 años, nació en Norte de Santander, en Colombia, gran parte de su vida ha transcurrido en Venezuela, específicamente en San Antonio del Táchira, ciudad fronteriza que siempre le ha permitido estar muy cerca de sus raíces.

“Desde muy joven me vine con mi familia a Venezuela. Vivimos en el barrio Simón Bolívar”, detalló al tiempo que indicó: “con los años, logré nacionalizarme. Soy tanto colombiano como venezolano”, soltó con el orgullo reflejado en su mirada.

Caicedo aún vive en la frontera, lado venezolano. A diario, cruza el puente Simón Bolívar, con la ayuda de sus muletas, para poder llegar al comedor Casa de Paso Divina Providencia. “Solo vengo para el almuerzo. Nunca he asistido a la hora del desayuno”, acotó.

Guillermo Caicedo, 63 años

A juicio del sexagenario, el beneficio “es grandioso, ya que nos ofrecen almuerzos balanceados. Está la proteína, el carbohidrato, los vegetales y el jugo natural”, enumeró mientras dejaba claro que lleva seis meses haciendo esta travesía por necesidad.

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Su progenitora, de 93 años, quien también vive en San Antonio, recibe la comida. “Yo se la llevo hasta la casa, pues por la edad y su salud, no puede echarse ese viaje por el puente para llegar al comedor”,  relató mientras, con bolsa en mano, iba recogiendo algunos desperdicios dejados por otros migrantes. “Es para el perrito”, dijo.

Caicedo rememora, con algo de angustia, los más de 15 días que estuvo cerrado el comedor, por vacaciones decembrinas. “Nos tocó muy difícil. Somos muchos los que dependemos del pan diario que reparte la Diócesis de Cúcuta en La Parada”, aseguró.

El caballero aprovechó la oportunidad para hacerle un llamado a las personas que diariamente usan las instalaciones: “debemos portarnos bien, ser agradecidos, ya que por uno a veces pagamos todos”, enfatizó.

“Nos regalan hasta los pañales”

María Toscano, de 50 años, suele acompañar a su hija cuando viaja desde San Cristóbal (ciudad donde reside), hasta La Parada, en Colombia, para brindarle atención médica a los gemelos (niño y niña). “Llevamos el control gratuito en el centro de salud Margarita”, soltó en tono de agradecimiento.

Toscano aclaró que el puesto atiende tanto a niños como a adultos. “Eso sí, hay que madrugar si uno desea agarrar número”, advirtió quien a las 5:00 a.m., hora venezolana, ya se encontraba, con su hija y nietos, montada en la buseta que la traía a San Antonio.

“Hay muy buenas atenciones. Si uno quiere, puede pasar a una sala donde nos dan los pañales para los niños y agua filtrada, todo esto con el fin de que uno esté más cómodo”, indicó mientras cargaba a uno de los infantes. “El niño está con la mamá, quien está en el otro centro, a una cuadra de acá”, aseveró.

María Toscano, 50 años

La quincuagenaria manifestó su agrado por el espaldarazo que ha recibido de Colombia. “Estoy muy contenta, pues nos han atendido muy bien aquí en La Parada. Todo es gratis. Nos tratan bien, con respeto”, reiteró quien lamenta la situación en la que se halla Venezuela.

“Una vez terminamos con la consulta, nos vamos para que los niños no sufran de calor”, especificó Toscano con la certeza de que ese día lograría el objetivo de vacunar a sus nietos. “Ya estamos en la lista y creo que van a ser más de 15 niños, pues me he fijado que han anotado a otros”, destacó.

Según dijo, en San Cristóbal se hace cuesta arriba conseguir estos servicios de forma gratuita. “A veces, aunque dicen tenerlo, no está completo. En otras ocasiones, cuando se trata de un ente privado, los precios son imposibles de cubrir, ya que los montos son manejados tanto en pesos como en dólares. Al bolívar ni lo quieren ver”, subrayó con un dejo de tristeza.

Las historias de Yelitza, Guillermo y María engloban las situaciones de miles de ciudadanos que, a diario, atraviesan los pasos binacionales en busca de medicinas, atención médica y alimentación. El 23 de Febrero de 2019, la ayuda no entró, pero el venezolano sigue saliendo de su país para encontrarla.

EL DATO

En total, en La Parada hay tres centros atención sanitaria para los venezolanos

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