Carlos Raúl Hernández

Varias cosas se desprenden a vuelo de pájaro de los resultados del 21N, que merecerán un estudio detenido cuando terminen de salir los boletines y bajen la adrenalina y el cortisol, particularmente en el nivel de cuerpos colegiados regionales y municipales. La primera de ellas, que el proceso electoral es confiable y todo aquello de las máquinas tramposas, cables submarinos desde Cuba u oficinas del gobierno y hasta enanos escondidos debajo de las urnas, sigue siendo una fábula de mentes alucinadas, digna de Alicia en el país de las maravillas. Más allá de tropiezos e irregularidades que se producen en cualquier elección del mundo, los resultados reflejan fielmente la voluntad de los electores. El CNE merece nuestro reconocimiento por comicios limpios. Con 41% de participación, la votación se distribuye así:  a la fecha, oposición 51.7 % (4.414.874) y el gobierno 46.1% (3.940.335), y otros 2%. Gana la oposición en términos absolutos y relativos, pero obtiene entre 3 y 5 gobernaciones (hay dos en recuento) mientras el PSUV atenaza entre 18 y 20 gobernaciones.

Que, de ir con un solo candidato en cada circunscripción, hubieran obtenido entre 17 y 19 gobernaciones. Eso habla muy bien del sistema de votación y escrutinios y muy mal de los cabecillas opositores, porque contra todas las consejas de trasiego de votos, el gobierno recibió un descalabro contundente. La aplastante derrota en número de cargos opositores obedece a una equivocación política fundamental, incomprensible, y no es imputable al sistema electoral ni menos a las máquinas de votación o cualquier otra variable. El cuadro histórico de la votación de PSUV evidencia el desplome en barrena de sus magnitudes electorales, que caen de 8 millones 184 mil, a 3 millones 940 mil, la mitad de su caudal y difícilmente alguien hace trampa para evidenciar un proceso de decadencia sostenida. También eso desmerece la hipótesis de las trampas electorales o fraudes. En varias ocasiones me he referido a la diferencia entre mayoría social o estadística y mayoría política. Como vemos, la oposición está en mayoría social porque el gobierno exhibe un rechazo abrumador en la ciudadanía, pero no tiene la capacidad necesaria para convertirla en mayoría política, en curules u otros cargos a su favor.

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Existe la fórmula del PPV (proceso de producción del voto) que se mide en la capacidad para hacer que la gente concurra las urnas, y en la eficacia de un aparato de testigos y miembros de mesa para defender los resultados. La oposición malbarató por incompetente su mayoría social y la última etapa de la campaña se dedicó furiosamente en todas partes, y de manera notoria en Táchira, Lara y Miranda, a despedazar opositores que de otra manera hubieran ganado. Lo ocurrido el 21N es producto de una fractura abierta- más que división- de la columna vertebral opositora. Una parte de ella niega y rechaza social y existencialmente a la otra. Así evidenció desde 2017 cuando se dividió entre insurreccionalistas y pacifistas, partidarios de imaginarias intervenciones extranjeras y defensores de la integridad territorial, con una la cadena yuxtapuesta de improperios: tarifados, alacranes, colaboracionistas. Digo fractura y no división, por la dificultad de que cicatricen dos concepciones del mundo, de la política y del país totalmente antagónicas. La “unidad” funcionó hasta 2017, mientras un grupo era ancilla de la claque caraqueña. Cuando en 2018 eso debía cambiar por necesidad política, prefirieron dar el triunfo a Maduro, uno de los errores políticos más monstruosos de todos los tiempos.

Después de sacar ¡por fin! a adecos y copeyanos, no pondrían en la Presidencia un plebeyo. En 2018 les tocaba negociar con el PSUV una salida con garantías, pero decidieron “sacarlo” por las malas sin tener remota posibilidad, y terminaron aplastados, después de una
desesperante secuencia de memeses: R.R, “Maduro vete ya” y el record Guinness de todas las vaciedades: la abstención de 2018. Pidieron invasión extranjera y golpes de Estado, “explosión social”, sanciones económicas. Maduro, Cabello, Rodríguez, Arreaza, plantearon claramente negociar y los que tenían 80% de apoyo popular asombrosamente lo rechazaron sin que nadie pudiera entender por qué lo hacían. Jugaban a ser políticos sin serlo, asesorados por idiotas. Nunca olvidaré a un ilustrado y nefasto aficionado a la política –hoy partidario de “convocar un RR”- decir “solo negociaremos con Maduro qué va a comer en el avión de su exilio”. Después de expresión tan descerebrada, como era obvio, todo se derrumbó. La cohorte consolidó a Maduro como Presidente y jefe invicto del PSUV, y sus oponentes conforman el primer caso que conozco de un grupo de aspirantes al gobierno que se corrompe desde la oposición, hoy aferrado por razones económicas a la llamada “presidencia interina”, descomposición. La historia no es una fatalidad sino una cadena de oportunidades y lo que hemos visto, desde la abstención de 2005 es una cadena de interminable de fracasos que confluyen en el 21N.

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