Por Tulio Hernández

La muerte del general Raúl Isaías Baduel pudo haber ocurrido por un infarto. Como se muere cualquiera una noche durmiendo en su cama. Por Covid-19, como escribió en su cuenta de Twitter esa mentira ambulante llamada Tarek William Saab, el fiscal general de Venezuela. A causa de las torturas que sus familiares y abogados denunciaron. O incluso de tristeza, después de tantos años en prisión. Pero en realidad la causa final ya no importa.

Lo que importa es no olvidar que Baduel era un preso personal de Hugo Chávez. El mismo hombre al que el general había rescatado en la isla de La Orchila, donde estaba detenido por los militares insurrectos de 2002, y luego devuelto en medio de un operativo militar cinematográfico, a la presidencia de la República.

Tampoco olvidar que Baduel murió en cautiverio. Lo que hace al Estado venezolano, según lo explican los expertos, responsable directo de su muerte. El tercer preso político muerto en cautiverio en lo que va de año 2021 y el décimo bajo la responsabilidad de Nicolás Maduro.

La de Baduel era una muerte anunciada. La había cantado con voz clara y firme el teniente coronel Hugo Rafael Chávez Frías cuando ordenó, en el año 2007, luego de su derrota en el referendo para cambiar la Constitución, que su general de cuatro soles, el salvador de su vida y su poder, fuese llevado a prisión por haberlo enfrentado y cuestionado públicamente –a él y a su gobierno– cuando ya estaba claro para muchos que no había revolución socialista democrática alguna sino tiranía militar bananera, corrupta, triste y vulgar.

El general Baduel, que nadie lo dude, es una víctima del tirano. Del odio de Hugo Chávez. De la ira de Hugo Chávez. Que era tan grande como su narcisismo. Lo extraño es que el general no se hubiese protegido. Que se haya expuesto de manera tan poco estratégica. Que hubiese dicho sus verdades a Yo el supremo en un acto oficial y no haya previsto la reacción de la bestia herida.

Verdades incuestionables dijo Baduel en aquel acto de su despedida al ministerio de la Defensa, el 18 de julio del 2007. Frases que revelaban su distanciamiento definitivo con el proyecto político rojo. Dijo que el socialismo no tenía por qué ser enemigo de la democracia. Agregó que no se podía repartir riqueza si primero no se producía. Dejó sentado que los militares no deberían ser una guardia pretoriana al servicio de un hombre y de un proyecto político inconstitucional. No lo dijo así exactamente, pero lo explicó con claridad. Y al final se negó a saludar a sus oficiales con la frase “Patria, Socialismo o muerte”. Es decir, cuestionó el sometimiento a Fidel Castro y a la revolución cubana como ordenaba Chávez con devoción.

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Pero, y ahí viene la duda, muchos no entendimos por qué no se protegió. ¿Por qué no se escondió o huyó del país? ¿Desestimó la maldad del adversario al que se enfrentaba? ¿Estaba ya marcado por el G2 cubano? ¿Creyó que iba a tener un proceso judicial justo? ¿Pensó que otro general, como él lo hizo con Chávez, lo iba a sacar de la cárcel? ¿O tenía unos principios personales que le impedían no enfrentar la condena?

¿Podemos suponer que Baduel no había comprendido a cabalidad que Hugo Chávez era un tirano y el régimen que dirigía una dictadura de nuevo cuño? ¿O, que quizás no se había leído con detenimiento, La fiesta del chivo de Vargas Llosa, Yo el Supremo de Roa Bastos, El otoño del patriarca de García Márquez y comprendido que los tiranos tienen en el lugar del corazón un rollo de alambre de púa con el que cercan la vida de todo aquel que les hace sombra o desafía sus deseos?

Baduel, como la jueza Afiuni, y en realidad como Venezuela entera, es una víctima directa de Hugo Chávez cuyo prefijo favorito era “me lo”: “me lo expropian”, “me lo meten preso”, “me le echan gas del bueno”.

La vanidad del teniente coronel golpista no soportó las verdades de Baduel y como ya se había convertido en un autócrata experimentado “gritó” en Miraflores: “Me lo castigan y me lo hacen sufrir”. Y sus jueces, sus militares y sus policías, lo castigaron y lo hicieron sufrir hasta el último respiro.

Ahora ya no hay nada qué hacer. Baduel no es el primer militar que muere a manos del régimen chavista. Quizás, lamentablemente, tampoco sea el último. Chávez entró en la escena pública a la media noche asesinando compañeros de armas. Bajó sus órdenes, el 4 de febrero de 1992, murieron ametrallados más de medio centenar de militares fieles a la Constitución. En su mayoría soldados rasos. No pudo matar al presidente Carlos Andrés Pérez, como era su proyecto, pero le quitó la vida a un número importante de venezolanos, la mayoría Pablos Pueblo que prestaban servicio militar y, obviamente, eran de origen humilde.

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Es una tradición totalitaria devorar a los propios colaboradores. También es una práctica común entre las mafias. Stalin se cargó a Trotsky. Fidel al general Ochoa. La guerrilla salvadoreña a Roque Dalton. Hugo Chávez a su salvador quien pasó los últimos años de su vida en la cárcel. Torturado. Sometido a largos períodos de aislamiento solitario. Con su familia hostigada y sus hijos también presos.

Baduel apoyó el proyecto Chávez, fue su secretario en Miraflores y su ministro de la Defensa, sin duda tuvo responsabilidades en los abusos de poder de entonces, pero queda claro que tomó conciencia del equívoco y trató de actuar y eso hay que valorarlo en su justa medida. Porque, como dice el título de un libro de Alonso Moleiro entrevistando a Teodoro Petkoff, Solo los estúpidos no cambian de opinión.

Viene al caso la famosa fábula que se le atribuye a Esopo. El escorpión le pidió a la rana que lo cargara para cruzar el río. La rana le dijo, “¿cómo sé que no me vas a picar?”. El escorpión respondió: “Porque haría que ambos nos ahogáramos”. La rana aceptó. Sin embargo, a la mitad del río el escorpión picó a la rana. Cuando la rana le preguntó “¿Por qué lo hiciste si los dos vamos a morir?”; el escorpión respondió: “Es mi naturaleza”.

Chávez murió a los 57 años. Baduel a los 66. Chávez en Cuba, asistido en un centro médico de élite. Baduel en Caracas. En prisión. Sin asistencia médica.

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