La permisividad y complicidad de autoridades militares y policiales venezolanas en la frontera con grupos al margen de la ley, ha sido el caldo de cultivo para que estas organizaciones que cada día toman fuerza y espacios. También se encarguen de mantener un supuesto orden colectivo, resolviendo conflictos y aplicando la justicia a su manera, violando los derechos humanos a los ciudadanos   

Redacción de Frontera Viva

La noche estaba oscura, un apagón eléctrico cubría la zona cercana a Ureña, municipio venezolano, fronterizo con Colombia. Cuando Sofía se percató que un par de hombres la vigilaban, ya era tarde. Trató de retroceder o cambiar el rumbo pero fue interceptada por otros dos más que la obligaron a abordar una camioneta.

Le advirtieron que eran enviados del “Negro”. La mujer sabía a quién se referían porque meses atrás solicitó un dinero prestado al sujeto para concretar un negocio y no pudo pagar la deuda a tiempo. 

“Usted le debe una plata a él (Negro) pero como no la tiene, va a trabajar para pagarla”. Se identificaron como de la guerrilla, dijo Sofía.

Para llegar al lugar donde finalmente estaría secuestrada  por 45 días fue necesario viajar unas horas, cruzar puntos de control militares venezolanos donde los secuestradores se identificaban y sin mayor novedad continuaban el paso, relató.

“Cuando la camioneta se detenía en alcabalas le decían a los guardias: “vamos cargados, llevamos mercancía y seguían”.

El lugar del cautiverio no fue reconocido con exactitud por Sofía que aseguró haber permanecido con los ojos vendados y las manos atadas, salvo en los momentos que era llevada a trabajar.

Pudo darse cuenta que estaba en un espacio amplio y al aire libre. Luego la internaron en una habitación en construcción: paredes sin friso, piso de cemento y techo de acerolit.   

“Estuve en un lugar que era como una finca. La habitación a donde me llevaron parecía un establo pero sin animales”.

Paletas de madera y una pieza grande de goma espuma sirvieron  de cama. A un lado un pote para orinar. La ropa, el bolso, los zapatos y todo lo que llevaba encima se lo arrebataron.

“Quedé solo en pantaletas y sostén. Así estaba siempre a menos que me sacaran a trabajar”.

Entre las 4 o 5 de la mañana la despertaban para ayudar a la cocinera como parte del trabajo que tenía que cumplir para saldar la deuda contraída. Al baño solo se iba una vez al día y por la tarde cuando terminaba  la jornada de trabajo, comentó.

Violencia y prostitución

No era la única secuestrada por los irregulares en el lugar. Con Sofía, convivían 25 mujeres más en edades entre los 17 y 24 años.

Habían sido llevadas a la fuerza y en represalia ante faltas cometidas. También había hombres secuestrados pero en menor cantidad, unos 14, contó.

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“Nos mantenían separadas, sin hablar. Solo nos veíamos en las duchas y cuando había una oportunidad mojábamos un dedo con agua y escribíamos en la arena. Así nos comunicábamos sin dejar evidencia”.

La violencia se exacerbaba cuando el silencio cubría la finca o campamento. Se escuchaban gritos desgarradores de mujeres y hombres y también lloraban. Las marcas que luego se evidenciaban en la piel, eran las huellas dejadas por la tortura,  narró la secuestrada.

Las mujeres vivían bajo amenaza de recibir duros castigos si no se portaban bien y eran expuestas a la prostitución, aseguró Sofía.

“Cooperen para que no les vaya mal”, era una advertencia reiterada que le hacían los captores y la señora de la cocina a las secuestradas.

En dos ocasiones intentaron llevar a Sofía por la noche a otro lugar fuera del campamento pero el cuidador no lo permitió.

“Escuché que él dijo: “el  caso de ella es especial”. Los demás hombres le advirtieron que no me exhibiera porque cualquier día pasaría lo inevitable: me llevarían junto al grupos de mujeres que sacaban a otros campamentos a prostituirlas”.

Durante la celebración del cumpleaños de uno de los llamados “jefes”, ordenaron a las muchachas que se bañaran y vistieran bien para que el cumpleañero escogiera la que él quería, reveló.

“Las prostituyen y nada pueden hacer. Si no aceptan son tomadas a la fuerza, entonces es mejor acostarse con uno solo que hacerlo con cuatro”.

La señora de la cocina era quien elegía a las mujeres que llevaban la comida a la mesa. Les recomendaba no hablar porque “en boca cerrada no entran moscas”.

Los hombres a los que les servían se propasaban con las chicas. Las observaban detalladamente y de acuerdo al motivo que las llevó al campamento, eran tratadas, aseguró la mujer.

También había un bebé de 11 meses, hijo de una secuestrada y una niña con una discapacidad, añadió mientras trataba de sacar de su mente cada detalle de los días de secuestro.

Trabajan con irregulares

Sofía estuvo 45 días en cautiverio en un lugar desconocido de la frontera colombo venezolana. Está totalmente segura que fue “la guerrilla bolivariana que creó Chávez”, quien la mantuvo en cautiverio, lo dijo con voz firme.

Cuando se acercó el momento de la liberación le retiraron la capucha que cubría el rostro. Recuerda haber visto un campo muy amplio con pequeñas casas alrededor. En las paredes colgaban fotos de Ernesto “Che” Guevara y Hugo Chávez. También había marcadas frases que hacen referencia a la revolución. “Fuera paracos, viva el ELN. Vivan los colectivos”, detalló.

Las personas que la rodeaban tenían uniformes militares y sombreros diferentes a los que se usan en Venezuela. En el antebrazo llevaban la bandera de Colombia. “No todos eran colombianos algunos se identificaban por el acento de la voz como cubanos, una mujer entre ellos. También habían venezolanos”.

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Una tarde le notificaron que tenían que liberarla porque “las cosas se complicaron”. La familia no solo denunció el caso a las autoridades. Se encargaron de divulgarlo a través de medios de comunicación y eso no era beneficioso para los captores, declaró Sofía.

“Me amenazaron de muerte a mí y a mi familia. Dijeron que debía retirar cualquier denuncia que mi esposo hubiera hecho sobre mi desaparición y que no diera declaraciones a los medios de comunicación”.

Luego de subirla a otra camioneta y sacarla del campamento, se movilizaron por unos 40 minutos. Al llegar al destino le retiran la capucha y estaba en San Antonio del Táchira, frente a la delegación del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas, (CICPC).

Mientras tanto uno de los secuestradores bajó del auto y conversó con un funcionario, frente a la delegación policial.

“Solo vi que quien hablaba con el funcionario saco dos billetes de 20.000 pesos colombianos, los puso sobre la acera y los tapo con una botella”.

De regreso a la camioneta el captor le dijo: “Te bajas tranquila”.

Territorio sin ley

Para Sofía los cuerpos de seguridad siempre supieron cuál era su paradero. Sabían lo que estaba pasando y no solo por la denuncia hecha por el esposo al momento de la desaparición.

“Ellos (cuerpos policiales venezolanos) trabajan con esa gente. Lo supe desde el momento que quienes me tenían secuestrada me mostraron una foto desde un celular de mi familia cuando fue a poner la denuncia en el CICPC”.

Sofía, (nombre con el que se resguarda la identidad de la secuestrada), salió de Venezuela a los pocos días de ser liberada y haber ofrecido su testimonio a Frontera Viva. Su vida estaba en riesgo, igual que el resto de la familia.    

La zona fronteriza  es señalada por sus habitantes como un centro de operaciones de grupos armados: guerrilla, paramilitares y bandas delincuenciales.

La ley parece que no la impone la fuerza pública venezolana en la zona. Los pobladores denuncian que las autoridades son permisivas y colaboran con los grupos ilegales.

Desde los más sencillos hasta los más complicados acontecimientos son monitoreados por los irregulares. Intervienen en disputas entre vecinos, castigan a quienes no cumplen reglas impuestas por ellos o negociaciones incumplidas entre particulares.

Todo esto ocurre bajo la mirada cómplice de quienes tienen a su cargo no solo el resguardo y soberanía de la nación, también la paz y la seguridad de todos los venezolanos.

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