Prácticamente 10 meses habían transcurrido desde que el país fue sacudido por el intento de derrocar a Carlos Andrés Pérez, cuando los nuevos rumores de golpe tomaban nuevamente cuerpo, y esta vez con acciones violentas mucho mayores.

Los insurrectos eran fieles militantes del MBR-200 que seguían haciendo vida en los cuarteles. Aquel viernes 27 de noviembre de 1992 los venezolanos despertaban temprano para ver la televisión por medio de la cual los rebeldes transmitían una grabación del teniente Hugo Chávez, quien se encontraba detenido en la cárcel de Yare, y estos mismos se alternaban frente a la cámara para solicitar a los ciudadanos salir a las calles a apoyar el movimiento. Para poder realizar esta acción, se tomaron las instalaciones de Venezolana de Televisión, dejando como resultado el asesinato de sus vigilantes.

De esta manera el golpe iniciaba con una violencia desmedida, Carlos Andrés Pérez consiguió hablar a los venezolanos a través del canal privado, Televen, único que no fue invadido por el grupo de militares alzados. Se supo entonces que había movimiento de tropas en la Base Aérea Libertador (Maracay, estado Aragua), en la Base Aérea Francisco de Miranda (área metropolitana de Caracas), en la sede de la extinta Dirección de los Servicios de Inteligencia y Prevención (DISIP), y en los alrededores del Palacio de Miraflores.

El primer mandatario fue enfático al decir en cadena nacional que desde hacía tiempo los organismos de inteligencia del Estado habían puesto el foco sobre este movimiento el cual esperaban que fuese protagonizado por extremistas civiles que hicieron la guerra en 1960, y que todavía creían que existía la Unión Soviética.

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Las declaraciones dejaban saber que una vez más el golpe le había tomado por sorpresa, y que por más que lo repitiese, existían grandes conflictos en el interior de la Fuerza Armada Nacional, al punto que muchos políticos, periodistas e intelectuales de renombre, empezaban a asegurar que los destinos del país estaban en manos de los militares.

Para siempre volvían a quedar grabadas imágenes de lo que para la mayoría significaba el resquebrajamiento de la democracia. Hombres como Eduardo Fernández, el antiguo rival electoral de Pérez, salía declarando su apoyo al presidente constitucional y a las instituciones democráticas, pero, solicitaba una corrección de las medidas económicas puestas en prácticas a las que consideraba detonantes de los últimos sucesos violentos.

La transmisión de aviones militares que sobrevolaron Caracas, bombardeando la Base Aérea Francisco de Miranda, las sedes de los Ministerios del Interior y de Exteriores, y el Palacio de Miraflores, parecían escenas de una película de guerra hollywoodense. Al cabo de dos días el ministro de la defensa, Iván Jiménez, ofrecía un balance de los hechos donde se informaba que unas 171 personas habrían muerto, y que se detuvieron a 500 oficiales y a 700 soldados de tropa. Los jefes de la revuelta fueron: Francisco Visconti, Hernán Gruber Odremán, Luis Enrique Cabrera Aguirre, y Luis Ramón Reyes Reyes.

Para agregar dificultades, el mismo 27 de noviembre tuvo lugar un motín en el Retén de Catia, según datos aportados por el Ministerio de Justicia, hubo 63 muertos, mientras que el periódico El Nacional decía que la cifra podía estar cerca de los 200.

Todos estos hechos debilitaron gravemente la imagen del presidente quien parecía perplejo todavía al observar lo diferente que había sido su primer gobierno hacía solamente 15 años atrás. Los masivos apoyos dentro de la ciudadanía y en el seno de los partidos, se habían diluido. El nerviosismo y la incertidumbre condujo al gobierno a tomar múltiples decisiones controversiales, entre ellas estuvo la militarización de la Universidad Central de Venezuela (UCV), las sanciones contra Radio Rumbos, y la orden de suspensión del programa televisivo de José Vicente Rangel, desde el cual éste había denunciado el 8 de noviembre una malversación de 250 millones de Bolívares (algo más de 17 millones de dólares a tasa oficial) de la Partida Secreta para la Seguridad del Ministerio de Relaciones Interiores, hecho en el que se involucraba directamente al Presidente. El periodista Andrés Galgo lo secunda desde su columna “Laberinto”.

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