Frente a la gran competencia que persiste, muchos se las ingenian para estar en los negocios de La Parada, una vez el puente es abierto por las autoridades de ambas naciones

Frecuentar La Parada, en Colombia, es tropezarse a menudo con gran variedad de trabajadores informales, la mayoría de ellos venezolanos que buscan sobrevivir frente a las pocas oportunidades de empleo que hay en la frontera. Los carrucheros, uno de los oficios más comunes, han experimentado, en los últimos meses, el incremento de integrantes mujeres.

Lucía Rodríguez, de 44 años, llegó a la frontera aproximadamente hace año y medio como consecuencia de la crisis que atraviesa Venezuela. “Dejé Maracay y me instalé en San Antonio en busca de mejores ingresos”,  rememoró quien empezó vendiendo torta de piña y refrescos, tanto del lado venezolano como colombiano.

Al principio, dijo, todo iba bien, vendía las tortas por porciones. Sin embargo, con el tiempo “el trabajo se hizo muy pesado y me tocó dejarlo por la competencia. Muchos se dedicaban a lo mismo y no era rentable”, puntualizó.

El escenario empujó a Rodríguez a ir detrás de otras oportunidades y vio en los “carrucheros” una posibilidad de obtener ingresos. “Ya llevo cinco meses en esto. Tengo mi carrito y mi carretilla, trabajo con las dos”, señaló, al tiempo que aclaró: “aquí también hay mucha competencia, tanto de mujeres como de hombres, pero se consigue más”.

En el momento en el que las autoridades abren el paso por el puente internacional Simón Bolívar, Lucía se activa. “Hay que madrugar si uno quiere conseguir rápido los clientes. Hoy, por ejemplo (martes, 9:00 a.m.), le estoy pasando las bolsas de tomate que compró un señor”, explicó.

Un viaje desde La Parada y hasta la redoma del cementerio, en San Antonio del Táchira, lo cobra en 5.000 pesos.  “Ya los guardias me conocen. A veces me revisan, otras veces no. Todo depende de quién esté allí”, indicó, para luego soltar: “ahí el dueño de la mercancía suele pagar para que no le pongan problemas”.

Durante su recorrido por el tramo binacional, diversos conductores se le acercaban para preguntarle si el cliente deseaba trasladar esa mercancía a San Cristóbal o Rubio. Lucía Rodríguez no contestaba, pues la orden era que dejara las bolsas de tomate en la redoma del cementerio. “Es normal que nos pregunten”, arguyó como si tratara de explicar una práctica que es habitual. “Así es el rebusque”, sonrió, dibujando en sus labios una curva agridulce.  Más adelante, iba otro compañero, un joven, quien llevaba más tomates para el mismo cliente.  

Los huevos, el producto que más trasladan

Muchas de las féminas que se dedican a esta labor, y hombres también, suelen frecuentar los puntos donde mayoristas buscan a grupos que le trasladen decenas de cartones de huevos hacia Venezuela. Allí, es donde los “carrucheros” aprovechan y hacen varios viajes.

Y es que la venta de huevos colombianos en Venezuela, se ha convertido en un negocio que beneficia a comerciantes y a trabajadores informales.  “Yo paso cartones casi todo los días, pero hoy me buscó tempranito el cliente de los tomates”, aseveró.

En dos días, y si la suerte lo acompaña, en uno, un “carruchero” suele hacer el salario mínimo integral actual que devenga un venezolano: 300.000 bolívares soberanos.

Por: Jonathan Maldonado

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