Por Carlos Raúl Hernández @carlosraulher

Luego de dos años de desvaríos, habrá elecciones presidenciales en Chile este domingo. Después de 45 baños de crecimiento económico, producción y distribución de la riqueza, y de escalar la condición de primer país desarrollado de Latinoamérica, corre el riesgo de comenzar la reversión de esos logros, el regreso al tercermundismo y el subdesarrollo. Luego podrían pasar 20, 30 o 40 años en lucha contra el capitalismo para terminar de nuevo como Allende.  Todo comenzó con una horda de rufianes de clase media que saquearon, incendiaron, aterrorizaron en las calles. Un síndrome de agotamiento de las élites, parecido al de Venezuela hace treinta años, que las puso a buscar “nuevas rutas”. Pintaron país más próspero y equilibrado de la región como si fuera Haití, Uganda o Venezuela. Para ciertos observadores, los violentos son arcángeles iracundos, víctimas de la pérfida sociedad democrática encarnada en trabajadores, políticos, profesionales, empresarios, los ricos, “el neoliberalismo”, la gente aterrada en sus casas y cualquier otro ridículo chanchullo argumental.  Alonso Quijano destruye los molinos.

Caballeros andantes que apelaron al brazo de la justicia callejera para decapitar la serpiente gigante del metro, autobuses, comercios, mercados, panaderías, tiendas de alta tecnología. Naturalmente se disfrazan con el desvarío tercermundista de la “constituyente”, la vara mágica para destruir países. Como es difícil atribuir la acción antisocial a la pobreza en un país que la redujo a 7%, se esgrime el jocker de buen gusto sociológico posmodeno: la “desigualdad”, la envidia como política sublime. Chile es un “infierno” en el que se refugian los venezolanos que huyen de la igualdad. La misma truculencia y deshonestidad expandió la mentira de que Cuba era un paraíso pero la gente huía a Florida. No se trata de facinerosos, hoolligans, que derraman sus bajos instintos, igual que sus pares en Cataluña o los chalecos amarillos, que irrumpieron contra la democracia y Macrón en Francia, sino víctimas irredentas, según la trapisonda estadística y seudo académica de esta tesis.

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La brújula del posmo cuantitativo es el Coeficiente de Gini para medir la desigualdad, que culpablemente usan los organismos multilaterales. La trampa ideológica del contrahecho coeficiente, consiste en evaluar la calidad de vida de la mayoría comparando los ingresos de los dos sectores sociales extremos minoritarios. Contrastan el pequeño grupo que más gana con el pequeño grupo que menos gana. Solo que ignoran un detalle: 80% de la población es el abrumador contingente de las capas medias. De acuerdo con esta cachicorneta estadística, el país más “desigual” del mundo sería China, que en cuarenta años creó una micro élite de supermillonarios “neoliberales”, que a su vez convirtió en ciudadanos de ingreso medio a 600 millones de campesinos que comían una taza de arroz al día.

Cualquier gobierno socialista podría jactarse de su Gini, porque no hay ricos y 90% de la población es pobre. Es interesante seguir develando la novela de las Agatha Christie metodológicas. Se escandalizan de que 20% de la población chilena perciba 60% de los ingresos porque se imaginan unos cuantos jeques en Cadillacs de oro, pero la respuesta es mucho más simple. Ese 20% corresponde a las grandes y medianas empresas  (entre ellas nada menos que fondos de pensiones y jubilaciones)  Y no es que “se quedan con la riqueza”, sino que la producen, y como sabe cualquier estudiante de economía, la distribuyen a través de salarios, capital variable (CV) inversiones en tecnología e instalaciones, capital fijo (CF) e impuestos, sobre todo en un país de inversión creciente. 

50% de la mano de obra gana 560 dólares y otro 25% recibe 730 dólares, el salario más alto de América latina (no estamos hablando de Noruega, sino del Tercer Mundo) ¿Desigualdad? Si olvidamos la paparrucha sociológica de que todo fenómeno social lo explica la pobreza: ¿qué mecanismo falla para que una sociedad normal de repente estalle en pillaje? Nuestro sustrato animal induce a apropiarnos de personas o cosas que nos gusten y a descargar la ira a través de la violencia, pero la ética, las leyes y el aparato coercitivo mantienen la convivencia pacífica. Y la investigación indica que el sindrome hooligans tiende a desenfrenarse cada vez que el Estado no responde, o lo hace mal, ante una alteración del orden público, un parpadeo de las barreras inhibitorias de la conducta colectiva. Tumulto que no se reprime a tiempo, genera un levantamiento. La violencia es instintiva humana y también con frecuencia parte de planes políticos subversivos. Y aparece en las urbes más ricas del planeta, por la misma razón. La democracia reprime dentro de la ley. En la dictadura no hay.

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Scorsese relata en Pandillas de New York cuando los Conejos muertos, los Pendencieros y los Nativos del “Carnicero” Cutting destruyeron la ciudad en 1863 y la marina tuvo que terminar a cañonazos desde el Hudson el levantamiento en Five Points. Para no ir tan lejos la misma New York tuvo saqueos masivos en 1965 y 1977, Montreal (no se dirá que una sentina de injusticia social) su disrupción tanática en 1969. En 1992 un tsunami de bandolerismo incendia Los Angeles.  Apenas en 2011, reductos de maldad y esclavitud, Londres, Birmingham, Liverpool y Manchester viven saqueos generalizados. Como los nuevos hooligans cometieron la torpeza de agredir negros, asiáticos, musulmanes, dificultaron a los sociólogos develar la carga “revolucionaria”. Pero leemos que las “causas profundas” están en la “injusticia social”, como si se tratara de Somalia, Etiopía o Cuba. ¿Será Birmingham una especie de infierno de masas hambrientas y oprimidas que devoran una sopa comunal?  ¿O la esplendorosa Barcelona en 2019? ¿Habrá que hacer del mundo un paraíso, que nadie deba pagar un recibo que lo saque de la felicidad absoluta, cada quien con sus sesenta y cuatro huríes y ríos de leche y miel? No hubo riots contra Mao, Stalin, Franco, Ceucescou, Chapita, Pol Pot, Lukashenko, Mugabe, Pinochet, Castro o Kim Yon Un ¿Serían mares de felicidad?”

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