Por Rosalinda Hernández

El drama que vive Lisbeth Pérez se compara con la tragedia que ha obligado a movilizarse a cada uno de los 107.723 migrantes de origen venezolano que hasta el 3 de octubre de 2022, había cruzado la Selva del Darién, de acuerdo a datos del Proyecto Migración Venezuela con la única intención de escapar de la crisis y llegar a los Estados Unidos de Norteamérica.

Lisbeth no para de llorar, dice que no está comiendo ni durmiendo bien, mientras los estragos de la frustración, el estrés y los nervios hacen menoscabo en su humanidad. El hijo menor de la mujer venezolana, oriunda del fronterizo estado Táchira, partió en una caravana con rumbo a Estados Unidos.

El grupo lo conformaban 16 jóvenes de la parroquia El Palotal del municipio Bolívar, en la frontera entre el estado venezolano de Táchira y Norte de Santander en Colombia. El mayor de estos muchachos con 24 años y el menor, Juan Carlos, el hijo de Lisbeth con apenas 18.   

“Se fue solo con la cédula porque él no tiene pasaporte”, dijo la madre desconsolada. Y esto representa otro de los problemas que a diario enfrenta la población venezolana: grandes dificultades para obtener o actualizar sus documentos de identidad, bien sea la cédula o el pasaporte.

Juan Carlos cruzó junto a sus compañeros de viaje el Puente Internacional Simón Bolívar, vía que une a Venezuela con Colombia, y por donde se estima que ha salido del país el 76%  de los venezolanos migrantes, que de acuerdo a los últimos datos ofrecidos por la Organización de las Naciones Unidas -ONU-  ya suman  7.1 millones.

El día de la partida los muchachos se mostraban optimistas y alegres al emprender el viaje que en un primer momento los llevaría desde Cúcuta hasta Medellín, vía terrestre, luego al municipio Necoclí, colapsado por la llegada de gran número de migrantes, para desde allí desplazarse en lancha a la puerta de entrada del infernal Tapón del Darién.

Algunos familiares los acompañaron hasta el corredor fronterizo, allí entre abrazos muy apretados y lágrimas los despidieron. Sus figuras que resplandecían bajo el incandescente sol fronterizo se fueron desvaneciendo en el horizonte.

La vida de Lisbeth es apenas una muestra de la tristeza, el dolor y la desintegración familiar que está dejando la migración en los hogares venezolanos. Los otros dos hijos de la venezolana con 21 y 23 años también están preparando viaje (a pesar de las circunstancias adversas que hoy se presentan) a los Estados Unidos a través de la tenebrosa selva del Darién, de concretarse se quedaría sola con su hija de 15 años, el drama continúa.

En un lapso no mayor a los 15 días, un total de 60 personas de la parroquia El Palotal habrían salido de la zona con rumbo al Darién, según un censo que manejan los habitantes de la pequeña población fronteriza. 

La familia agoniza

La mamá de Juan Carlos no es la única que sufre el dolor de ver a su hijo marcharse, tal vez sin retorno, son decenas de familias en la frontera entre Táchira y Norte de Santander que están pasando por la misma situación. “Amigos, vecinos, familiares les tocó migrar porque aquí no hay vida, el país cada día se hunde más y nos estamos quedando solos”, afirmó Lisbeth.

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El hermano de María Salas, José Armando de 28 años, también salió de Palotal rumbo a la selva del Darién y de allí aspira llegar a Estados Unidos. Se fue por falta de oportunidades, “no hay empleo, no hay trabajo. Él es un muchacho joven y quiere superarse”, dice la mujer con tono de tristeza.

En la frontera, José Armando se dedicaba a realizar trabajos en el área de la construcción, también descargaba mercancías de contenedores. “No tenía un trabajo fijo”, comenta María.

“La familia se puso triste cuando él dijo que se iba por la selva, no sabemos cuándo lo volveremos a ver. De esta zona se están yendo muchos jóvenes, cada rato salen en grupos numerosos, pero todos son jóvenes, algunos ya con hijos. Las mujeres se están quedando solas, guerreando, las esposas, las madres e incluso los niños sin el calor de un hogar, sin el amor de papá”.

La abuela de Juan Carlos es otra de las mujeres que lleva el corazón roto. Su nieto consentido se marchó y ella a sus 76 años asegura que no lo volverá a ver. Le consiguió una carpa para el viaje, “él se debe proteger por las noches de cualquier animal”, dice. También le compró unas botas pantaneras con los pocos ahorros que tenía. 

“Trato de no llorar delante de mi mamá porque ella sufre de la tensión y está muy triste por la ida de Juan Carlos. Ella le compró cositas para que llevará para el viaje, no mucho porque entonces la plata no le alcanzaba para apoyarlo en la travesía”, dijo Lisbeth.

En la ruta del Darién

La ruta del Darién ha sido revelada al mundo con los sinsabores y amarguras que lleva impregnado el trayecto. El camino ha sido visto por miles de personas a través de los medios de comunicación social, incluyendo las redes sociales, pero esto no ha logrado amilanar ni siquiera a los más vulnerables para evitar tomar el arriesgado camino a los Estados Unidos que ahora ha sido truncado por la disposición del gobierno de Joe Biden de retornar a México a los venezolanos que ingresen de manera ilegal a su país.

José Armado Salas fue militar, llegó a un grado medio y trabajó en trochas (pasos ilegales entre Venezuela y Colombia por donde se transportan mercancías) “está preparado para enfrentar la selva”, dice la hermana, pero igual el temor a lo que le pueda pasar no desaparece.

Para el camino José Armando llevó en su morral con poca ropa, medicamentos, chimú, comida enlatada, unas botas para caminar en el lodo, pastillas de cloro y nada más, él iba liviano, acotó María.

“Mi hermano no llevaba mucho dinero para el trayecto, solo lo que pudo recolectar y reunir de su trabajo, eran unos $200 o $300 dólares. El sueño de él es igual al de muchos: trabajar para superarse y poder ayudar a sus familiares”.

Lo que se ve del Darién, en los videos que circulan en las redes sociales no es nada comparado con estar allí, dijo Lisbeth. “Juan Carlos me llamó hace unos días, había llegado a una zona en donde pudo usar el Whatsapp. Me dijo: ́ mamá ya subí la montaña, “la llorona”, el barro me llegó a la cintura. Aquí no se ve nada bien, es peor a lo que uno ve en videos´, me comentó, fue muy breve”.

Al menos 18 migrantes venezolanos han fallecido en esa selva y 29 en distintas rutas migratorias de la región en los últimos dos meses, según David Smolansky, Comisionado de la Secretaría General de la Organización de Estados Americanos (OEA) para la crisis de migrantes y refugiados venezolanos. Las cifras ofrecidas por el funcionario de la ONU, no incluyen a los venezolanos desaparecidos en la riesgosa vía selvática.

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La huida y un responsable

Los familiares de los jóvenes migrantes coinciden en señalar que la crisis económica y falta de oportunidades de progreso y desarrollo en Venezuela es lo que empuja a millones de personas a huir del país.

Señalan que las erradas políticas de administración del régimen han socavado no sólo los cimientos de la libertad y la justicia en el país, también han llevado a la sociedad a una profunda crisis de sobrevivencia o huida sin retorno que pocos países han logrado comprender, lo que complica aún más la vida del venezolano que huye en busca de mejores oportunidades para la supervivencia.

El flujo no se detiene

Las restricciones y deportaciones ejecutadas por el gobierno de Estados Unidos en los últimos días no han representado hasta ahora un freno para los venezolanos que huyen de la Emergencia Humanitaria Compleja que se vive en ese país y que mantiene al 94% de la población en pobreza, de acuerdo a Encovi.

Al pasar el puente Simón Bolívar, en el corregimiento colombiano La Parada, los vendedores de “travesía” no dejan de ofrecer sus paquetes hacia Estados Unidos, mientras los hospedajes de la zona están abarrotados de pasajeros venezolanos esperando salir con destino a Medellín.

“Los pasajes hacia Medellín están escasos, no solo por lo colapsada que se encuentra la terminal del norte y Necoclí, también las lluvias han dañado carreteras aquí, lo que hace el viaje más largo”, dijo Fernando Arias, un promotor de viajes en la zona.

Los pasajes Cúcuta-Medellín hasta hace dos meses atrás se conseguían en 80.000 pesos colombianos ($18), ahora oscilan entre 180.000 y 200.000 pesos ($42 y $46), por la gran demanda que se ha generado, dijo el vendedor.

Los planes de viaje a Estados Unidos que ofrecen los llamados “arrastradores” siguen en pie: “Por la selva sale más económico y pasas sin documentos. Te puede salir entre $3200 y $3500. De aquí te montamos en el autobús a Medellín, luego te llevamos por tierra a Necoclí y luego en lancha hasta la entrada de la selva”.

Pero hay pasajeros que buscan mayores comodidades y si tienen pasaporte vigente se les puede apoyar para tomar la ruta Cúcuta-San Andrés- Nicaragua, explicó el promotor de viajes.

“Esa vuelta te incluye los boletos aéreos a la isla de San Andrés, tres o cuatro días de estadía, -eso va a depender de la disposición de los lancheros para llevarte hasta Nicaragua-, luego te ayudamos a gestionar el pase en México para que llegues a USA, si se están pasando. El costo va entre $3800 y $4200”.

Ante este panorama se evidencia que no va a ser fácil para Estados Unidos ni para los gobiernos de Centroamérica, detener la movilidad humana que huye de Venezuela a diario a través de la frontera con Colombia.

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