Carlos Ramírez López   @CarlosRamirezL3

Siendo un niño la abuela me llevó a visitar a mi padre que estaba preso en una cárcel en Maracaibo, yo tenía tiempo sin verlo y preguntaba por él. Recuerdo la dolorosa vivencia del encuentro, una de esas que nos quedan a grabadas para siempre. Él estaba golpeado, su rostro barbudo mostraba dolor, la abuela le quitó la camisa y le vimos la espalda rota con las marcas de planazos, estaba descalzo porque no podía ponerse zapatos, se lo impedían las heridas en los pies causadas por las filosas orillas de rines en las que lo obligaban a pararse por horas. La abuela lloraba y yo con ella. Eran tiempos de Pérez Jiménez, de Pedro Estrada y de su tenebrosa policía política, la Seguridad Nacional. Mi padre era un activista de la resistencia, recobró la libertad aquel glorioso 23 de enero de 1958.

Esas reminiscencias me dejaron marcado y vienen con fuerza en estos momentos al ver dolorosas declaraciones que te mueven el alma, entre otras, las de Antonia Turbay y Enrique Perdomo, personas de bien, abogados ambos, saliendo de una terrible temporada en prisión sin causa alguna, sin debido proceso ni derecho a la defensa, disminuidos en su salud. Y como ellos las de muchos otros privados de libertad injustamente, sin cometer delito.

Es la terrible realidad de nuestra patria cuya historia va en trompicones de dictadura en dictadura interrumpidas por destellos de libertad y cortas temporadas de democracia.

Ahora atravesamos una orwelliana temporada de desinformación de un régimen que por mantener el poder va de matanza en matanza dejando a su paso la brutal huella de un horror dictatorial que usa entre sus herramientas lo que llaman “la puerta giratoria” que consiste en la constante privación y restitución de la libertad personal, así como la tortura y el asesinato, todo en brutal burla a las leyes, tanto las del hombre como las de Dios.

Ahora, de 386 presos políticos el tirano abre las rejas a 50, algunos de los cuales tiempo atrás habían sido beneficiarios de medidas provisionales de libertad dictadas por tribunales, pero burladas por él.

Esta “gracia presidencial” también ha abarcado a otras 60 personas que andan huyendo, muchos de ellos, aunque legalmente protegidos por inmunidad parlamentaria, se han visto forzados al exilio.

En las mazmorras quedan 276 personas, militares y civiles, hombres y mujeres pagando su amor a la libertad. En el máximo del horror también quedan presos hasta dos perros, Arpa y Oso, allí enjaulados para tortura complementaria contra sus dueños, el coronel García Palomo y el Sargento Mayor Gilberto Martínez Daza. También hay presos desaparecidos como el caso del empresario Hugo Marino, y continúan con la macabra política de llevarse presos a familiares de perseguidos, entre otros está el caso del General Baduel y sus hijos como también el de la señora madre del diputado Armando Armas. En un máximum del horror “suicidaron” al concejal Albán. También, para simular un proceso judicial, llevaron agonizante ante un juez al Capitán Rafael Acosta Arévalo quien allí no podía ni articular palabra porque tenía rotas las costillas punzándole los pulmones por lo que el juez horrorizado sólo mandó a que se lo llevaran a morir en otra parte. Un examen médico forense una vez practicado al cadáver certificó que “no hubo área anatómica que no fuera tocada por la tortura”.

Todo este capítulo de esos mal llamados “indultos presidenciales” que no son ni lo uno ni lo otro, sino la liberación de rehenes, hecho que constituye la irrefutable prueba de la comisión del delito de secuestro cometido contra estos liberados que vienen a ser las víctimas de tal hecho punible. Todo un grotesco drama que se inscribe dentro del claro propósito del tirano de aparentar una falsa apertura democrática para el simulacro electoral que prepara a los fines del zarpazo final contra el parlamento y así extender vida a ese régimen macabro e infernal.

En resumen, estos fulanos indultos solo constituyen un elemento más de prueba de los delitos de lesa humanidad que sin pausa se ejecutan en Venezuela ante la increíble pasividad del mundo que estando en la obligación de intervenir para cesarlos incluso por defensa propia dada la irradiación hacia ellos del narcoterrorismo que amenaza a su propia seguridad interna, no lo hacen, y su apoyo se disuelve en floridas declaraciones de prensa, acuerdos y comunicados “enérgicos” cuyos efectos son lo mismo que suspiros a la luna.

Yo me contento de ver a estos rehenes liberados regresando a sus hogares.

Yo me entristezco de ver que esas medidas puedan lograr el objetivo de estimular la farsa electoral.

Yo juro que lucharé porque al restablecerse la democracia se organice un sistema de justicia transicional copiando el modelo de Núremberg y que bajo un estatuto especial se dicten castigos proporcionales a estos horrendos crímenes que van mucho más allá del listado que se tipifica en nuestra legislación penal.

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