Tulio Hernández

El día viernes 29 de noviembre Cúcuta estaba a punto de reventar. Las calles del centro parecían el escenario de una de esas manifestaciones de protesta multitudinaria que por estos días sacuden las grandes ciudades latinoamericanas. Ni un alma más podía agregarse. Ni un solo automóvil se movía. ¿La razón? Los millares y millares de venezolanos que, con nerviosismo ansioso, habían atravesado el puente Internacional Simón Bolívar con el propósito de aprovechar las ofertas del Black friday.

No eran inmigrantes desesperados cruzando la frontera huyendo del hambre, el desempleo, la inseguridad o la persecución política generados por el Socialismo del siglo XXI. Tampoco personas a la caza de productos básicos, alimentos y medicinas, que escasean en su país.

Quienes congestionaban desde el jueves por la noche la ciudad capital del departamento colombiano de Norte de Santander ¡eran buscadores de ofertas! Venezolanos que, como ocurre con estremecimiento similar en las ciudades de los Estados Unidos, querían encontrar artefactos eléctricos y electrónicos, ropas, calzados, cosméticos a precios de rebatiña. 

No es una imagen nueva para los habitantes de esta, la más grande ciudad colombiana ubicada casi en la misma raya fronteriza. Desde que la redistribución de la renta petrolera se fue democratizando, especialmente a partir de los años 1960, Cúcuta ha sido a un mismo tiempo el termómetro y el gran lugar de desahogo de la pulsión consumista que, como un gen que impulsa a la adicción, se instaló, no sabemos hasta cuando, en el ADN de los venezolanos.

No fue en Miami. Fue en Cúcuta donde los venezolanos tuvieron su primer entrenamiento, la escolaridad básica podríamos decir, en ese grito de guerra que por años nos definiría en el subcontinente americano como “!Ta barato, dame dos!”. El segundo ocurrió en el Puerto Libre de Margarita, con clímax mayor en los años 1970, cuando la Gran Venezuela.

Los bodegones de la avenida 4 de mayo, las ofertas en el Mercado de Conejeros, los quesos de bola holandeses, los chocolates gringos, las cajas de escocés, champañas y coñacs eran materia obligatoria. Haciendo largas colas, los más acomodados en el aeropuerto, los menos en las estaciones de ferris, hicimos nuestro posgrado. Una caja de escocés muy barato bien valía una cola, no importaba su extensión. Y así nos convertimos en mártires del consumo. 

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Al final, el doctorado ocurrió en Miami y ya sabemos cómo fue. Una parte de la renta petrolera quedó depositada para siempre en las grandes cadenas comerciales de Florida y para que no se nos olvidé allí está “Mayami nuestro”, el documental de Carlos Oteyza que registra el festín orgiástico de entonces.

Pero Cúcuta ha sido insuperable. Siempre ha estado ahí. Aguardando. Lista para atender un nuevo ataque de consumismo colectivo  luego de largos o cortos períodos de abstinencia. La ciudad fronteriza ha visto por medio siglo oleadas cíclicas de venezolanos desesperados, como saqueadores que pagan, arrasando con toda la mercancía existentes en la ciudad. 

Ha visto inmensas, largas, infinitas colas de automóviles esperando pacientemente horas, mediodías, a veces días enteros, para atravesar por el Puente Internacional Simón Bolívar a la busca del bluyín más barato, el televisor de plasma más grande, el salchichón cervecero más certero.

Gracias al diferencial cambiario que nos regaló la renta petrolera para hacer del bolívar la moneda más fuerte de América Latina, los venezolanos en Cúcuta vivíamos, unos más que otros, la experiencia mística de la multiplicación de los panes. Un bolívar llegaba a convertirse hasta en 17 pesos. Lo que en Venezuela hubiese alcanzado para media camisa, en Cúcuta se convertía en dos. Lo de un bluyín, en tres. Lo de una noche de juerga, en cinco.

Ni el chavismo, con la hipócrita retórica de cristiano primitivo oficiada por el Comandante en Jefe, pudo contener la pulsión. Todo lo contrario, apenas comenzaron a entrarle, a partir del 2005, los ríos caudalosos de dólares por la abrupta subida del precio del petróleo, el régimen rojo con frenesí absoluto se dedicó a impulsar el penúltimo ataque consumista.

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El que desquició y mantuvo entretenida a la población durante años a través de las famosas cuotas de dólares preferenciales colocados “generosamente” por el gobierno en las tarjetas de crédito de cada ciudadano que llenara los requisitos. El legendario “cupo Cadivi”. La etapa original del socialismo de consumo fácil. Anestesiante. Entonces Cúcuta amaneció de nuevo invadida de venezolanos ávidos de “raspar” su cupo. No importaba cómo ni con qué.

Fue el penúltimo ataque. Porque el viernes pasado ocurrió otro. El del Black friday. Igual de masas ávida de compras, pero menos comprensible y explicable. Porque, mientras por las carreteras hacia Pamplona suben diariamente unos seiscientos caminantes empobrecidos, mendigando, se calcula que en dos días entraron y salieron unos 150 mil venezolanos en busca de ofertas. 

Es un enigma. “¿Será que todo se acomodó del otro lado?”, “¿Será que ya no son pobres y otra vez son ricos?”, “¿Será que son dos países distintos, uno, el que compra, otro el que mendiga?”, deben preguntarse los cucuteños mientras miran pasar a los viandantes con sus bolsas cargadas de ofertas y sus sonrisas de satisfacción.

Tres cosas quedaron claras este fin de semana. Una, que la pulsión consumista es parte de la identidad cultural venezolana. Y que el chavismo ha ayudado a reforzarla. Dos, que la economía de Cúcuta y de Norte de Santander –uno delos departamentos con mas desempleo de Colombia- sigue dependiendo fuertemente de los golpetazos de dólares en la economía venezolana. Y, tres, pero esto es ya una especulación personal, que –salvo en el caso de los “enchufados” –  los dólares para el consumo de urgencia ya no provienen de la renta petrolera sino de las remesas que los emigrantes mandan a sus familias. Las cifras hablan de 186 millones de pesos diarios remesas.Solo las enviadas precisamente por Cúcuta.

Por Tulio Hernández.

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