Sofos de Mileto

Hay dos realidades incuestionables. Cada ser humano es el producto de una carrera y un encuentro que ocurre una sola e irrepetible vez. Un espermatozoide, entre millones, fue el que ganó en velocidad, por ser el más apto, el más capaz, el mas rápido en la caza de un óvulo determinado, y su conjunción formó una célula triunfadora, con una información genética particular. La otra realidad es que ese diseño biológico luego dio lugar a lo que llamamos la personalidad, el cuerpo de elementos psíquicos y su organización interior, en sentimientos, en pensamientos, en actitudes, y en repertorio conductual que distingue a una persona.

 De tal manera que somos únicos y exclusivos. No hay otro ser como cada quien. Cada uno tiene sus razones para ser diferente. Al Dios sapientísimo, entonces, le gusta mucho la variedad. Cuando él crea una persona, rompe el molde. Así que no habrá dos personas iguales jamás.

De allí que, aunque suene extraño, los defectos de la gente contribuyen a que haya una variedad provechosa en la vida. Nadie ha alcanzado la perfección. (Habría primero que saber en qué consiste la perfección). Tal vez algunas personas están más cerca de un manto totalmente lleno de virtudes, pero nadie lo ha logrado.

Es aquí cuando surge el concepto y el alcance de la diversidad. La diversidad es parte de la sociedad. Los seres humanos que formamos los diversos grupos sociales, a pesar de nuestras semejanzas, tenemos muchas diferencias. Estas diferencias nos hacen fraccionarnos y dividirnos cada vez más sin tener en cuenta que las mismas pueden enriquecernos. Vivimos una época crítica a nivel mundial con males como la corrupción, el autoritarismo, la exclusión y la pobreza, entre otras, los cuales son un reflejo de la falta de solidaridad e integración, amistad y solidaridad entre los seres humanos.

La diversidad le sirve al ser humano para que tenga más horizontes para nutrirse en una mayor cantidad de experiencias, para humanizarse más, para sensibilizarse, todo lo cual le permite un desarrollo más pleno y provechoso.

Pero la diversidad no solo es individual. También existe la diversidad cultural o interculturalidad. No en vano se ha formulado la Declaración Universal de la Unesco sobre la Diversidad Cultural, adoptada en noviembre del 2001, que se refiere a la diversidad cultural en una amplia variedad de contextos, así como el proyecto de Convención sobre la Diversidad Cultural elaborado por la Red Internacional de Políticas Culturales, en conjunto con entidades, como ENCATC y diferentes representantes de diversos continentes, los cuales prevén la cooperación entre las partes en estos asuntos.

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La diversidad de culturas refleja la multiplicidad e interacción de las civilizaciones que coexisten en el mundo y que forman parte del patrimonio común de la humanidad. Según la Unesco, la diversidad cultural es para el género humano tan necesaria como la diversidad biológica para los organismos vivos. También se manifiesta por la diversidad del lenguaje,​ de las creencias religiosas, de las prácticas del manejo de la tierra, en el arte, en la música, en la estructura social, en la selección de los cultivos, en la dieta y en otros atributos de la sociedad humana.

En el plano individual, claro que uno no tiene que aprobar ni menos aguantar los defectos de otro, pero tampoco hay que tenerle antipatía por ser así. Él tiene derecho a pensar distinto de uno. Tiene derecho a profesar una fe distinta, a militar en un partido distinto, a tener gustos diferentes a los nuestros.  No queremos -sería aburrido- que todos sean hechos por un mismo molde.

No seamos eternos reformadores, que queremos cambiarlo todo y no nos contentamos con nada de lo que hacemos porque los demás lo hacen distinto. Hay un lema que deberíamos practicar con frecuencia y hacerlo con tolerancia: “Vive y deja vivir”.

A la gente le gusta las personas que les entienden, que no los critican abiertamente, aunque sí están dispuestas a recibir un buen consejo. A la gente le gusta las personas que saben que uno puede cometer errores, y acepta con agrado que se les pueda hacer ver que una equivocación se puede enmendar. Aceptemos a cada uno como es: ni 100 % malos, ni 100 % buenos. Todos con muchos defectos, pero deseosos de ser mejores.

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El autor Schwartz, citado por Eliecer Salesman en el libro “Secretos para triunfar en la vida”, menciona: “Antes acostumbraba a disgustarme por muchos detalles. Ahora me divierto con esas cosas porque veo que hacen más variada la vida. Si dejamos nuestro pensamiento incontrolado, vamos a encontrar defectos y antipatía en toda la gente. Pero si lo dirigimos a lo bueno, vamos a encontrar muy simpático a todo el mundo y gozaremos mucho más de la vida.”

Jesús nos habló de las diferencias y de los errores: “¿Cómo es que se dedica a mirar la basurita que hay en el ojo ajeno, si usted tiene una viga en su propio ojo?”

En el plano global, el concepto de diversidad reconoce a cada persona, a cada grupo, a cada comunidad, su necesidad de hablar de lo que es, de sus haberes, de sus recursos, de sus historias y proyectos, en suma, de su identidad.

Pero la diversidad lleva a otra faceta complementaria. Hablamos de la inclusión. Son términos diferentes, pero están integrados. Diversidad es que te inviten a una fiesta. Inclusión es que te saquen a bailar. En otras palabras, diversidad es únicamente estar ahí; mientras que inclusión implica, además, que cuenten contigo.

La inclusión es un enfoque que responde positivamente a la diversidad de las personas y a las diferencias individuales, entendiendo que la inclusión es necesaria si queremos:

• Un mundo más equitativo y más respetuoso frente a las diferencias.

• Beneficiar a todas las personas independientemente de sus características, sin etiquetar ni excluir.

• Proporcionar un acceso equitativo, haciendo ajustes permanentes para permitir la participación de todos y valorando el aporte de cada persona a la sociedad.

Si en nuestra mirada, en nuestra mente y en nuestros sentimientos somos capaces de percibir los variados matices, disfrutaremos de la vida, de las relaciones, de las actividades, y más de nuestros gustos, con un esplendor sin igual. Por eso Umberto Eco afirmó: “La belleza del universo no es solo la unidad de la variedad, sino también la diversidad en la unidad.”

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