Tulio Hernández.

Que un perro muerda a un hombre, no es una noticia. Pero que un hombre muerda a un perro, sí que lo es. Eso le gustaba decir, con picardía, en sus lecciones de buen periodismo, a Oscar Yánez, el legendario periodista venezolano ya desaparecido.

El argumento vale para el reciente -y confuso- incidente naval ocurrido las cercanías de la Isla de la Tortuga donde, supuestamente, el buque guardacostas Naiguatá resulto hundido por la embestida de un crucero de bandera portuguesa.  

Que una nave guardacostas perteneciente a la Armada venezolana, o de cualquier otro país, detenga y requise un barco de crucero turístico, o que lo obligue a huir, no sería una noticia. Pero, al revés, que un barco de crucero turístico, que supuestamente es encontrado violando aguas territoriales, se resista a ser revisado y sin disparar un solo tiro, solo con una colisión, hunda al buque guardacostas que lo intercepta, eso sí que es llamativo. 

Porque no hay nada más indefenso, e inocuo, bélicamente hablando, que un crucero. En contraste con lo poderoso y eficiente que resulta una nave guardacostas necesariamente equipada con armas para enfrentar amenazas en el mar. Al menos eso es lo que nos ha enseñado el cine y la televisión estadounidense. 

Si de animales marinos se tratara, el crucero es como una ballena plácida. Mide 122 metros de largo y pesa 8.300 toneladas. Y el artillero un tiburón mortal, ligero y veloz, como los de Spielberg.  Al igual que los trenes de Disneyworld, el crucero ha sido diseñado para pasear sin apuros gente desocupada que quiere distraerse. El buque de la armada, en cambio, para defender la seguridad del país y, cuando esta sea violada o esté en riesgo, atacar sin piedad al intruso.

Quien ha visto un crucero atracando sabe cuan lentas son sus operaciones. A diferencia de la  pequeña nave guardacostas en altamar que navega veloz y acrobáticamente cual delfines surfeando las olas. Por eso el suceso genera desconfianza. Porque esta vez las cosas parecen al revés. El crucero ágil frente al buque torpe.  

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De acuerdo a los reportes, luego de que el crucero se negara a detenerse, desde el guardacostas se hicieron unos tiros de fusil al aire. O al mar.  Y en respuesta, dicen los voceros venezolanos, el “Resolute”, así se llaman las ocho mil trescientas toneladas flotantes, parece que haciéndole honor a su nombre, arremetió contra nuestra embarcación patria. Y la hundió. 

Con todo el respeto que se merecen los oficiales venezolanos en servicio, no podemos  evitar la tentación de pensar el asunto más como un chiste malo que como un incidente de guerra. Como una escena de opera bufa o un gag de película de Los tres chifladosque en un acto heroico de defensa de la soberanía nacional.  

No está claro cómo sucedió. Porque como ocurre con la mayoría de los asuntos públicos que comprometen al gobierno dictatorial venezolano la información es siempre brumosa. Secretista. Manipulada. A la defensiva. Y, en algunos casos, risible. 

Maduro declara  que el crucero violador, pirata del Caribe, iba cargado de mercenarios dispuestos a invadir nuestras costas. Nadie ha visto sus fotografías. El capitán del Resolute, afirma en cambio que iba sin pasajeros, con treinta y nueve tripulantes, y que nunca salieron de aguas internacionales. Tampoco se han mostrado sus pruebas.

Tal vez por eso, en el portal Frontera Viva, la periodista Sebastiana Barráez, especializada en la fuente militar venezolana, incluyó en una nota suya la palabra “misterio”. Así tituló: “El misterio del buque que se negó a ser inspeccionado y el guardacostas venezolano que terminó hundido”.

Aunque el incidente y las declaraciones en realidad no debería extrañarnos. Si no fuera por los costos que tiene para nuestras vidas y nuestro destino como país, cada vez que declaran sobre nuestros sistemas de seguridad, los gobernantes rojos producen el efecto de los buenos cómicos. Hacen reír a todo el mundo.

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Ya vimos una vez a un ministro de agricultura promoviendo la producción de maíz porque, según él, cuando arribaran los marines, las tusas lanzadas a las orugas de los tanques de guerra serían un arma paralizante. Y al diputado Pedro Carreño, leyendo en televisión la ubicación precisa de los puentes que cruzan el río Magdalena, como si se tratara de una información secreta decisiva para ganarle una guerra al país vecino.

Son tan risibles como los gallineros verticales; la agricultura urbana en las azoteas de los edificios; el plan de criar cerdos en los apartamentos; las técnicas para compensar con telas caseras la escasez de toallas sanitarias femeninas; la cura del Coronavirus con Interferón cubano, y; otras tantas payasadas echadas a andar por la febril e inocua imaginación anti capitalista de los rojos. 

Lo cierto es que un confuso video presentado por voceros de la Armada se perciben las dos naves casi rozando una a la otra. Especialistas en el tema se preguntan por qué el Naiguatáno respetó el protocolo de seguridad para estos casos. Por qué no cuidó la distancia que debe haber entre ambas embarcaciones y no envió, como aconsejan las normas, dos botes neumáticos ligeros  para transportar a los efectivos que iban a hacer la revisión.

El incidente del Resolute  será olvidado. La denuncia de Venezuela por el hundimiento del Naiguatá pasará como otro chiste malo y prueba de la incompetencia de un patético equipo de gobierno que produce risas cuando el tema amerita seriedad, y trata de ser serio cuando lo que ya ha suscitado carcajadas. El incidente será recordado como “el chiste del guardacostas y el crucero”. Una versión burlesca de la paradoja de Aquiles y la tortuga.  

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