Por Carlos Raúl Hernández @CarlosRaulHer

Muchos “análisis” sobre una paradoja enjuiciadora: que al lado del campus de Apple en Silicon Valley, y también en Hollywood, coexisten las mayores concentraciones de millonarios y de homeless en EE. UU. La conexión, al revés de ser una paradoja de la desigualdad, es perfectamente comprensible. En momentos de fracaso en sus vidas o negocios, como ocurre en todas partes del universo, es comprensible que algunos afectados se desplacen donde están la riqueza y los millonarios, a ver si cambia su fortuna, cosa que puede ocurrir. Pero para la burda sociología del resentimiento, más bien expresa el aumento de la “desigualdad”. Vibra un odio profundo en académicos barbudos que fuman pipa y usan chaquetas de ante (auténticos fósiles de los 70) contra las grandes empresas informáticas, motejadas no por casualidad GAFA y GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft). Pero es muy difícil cuestionar a estos gigantes, que comenzaron como microbios y en una generación cambiaron la historia del mundo, ante el entendimiento ciego de los profes que no se han dado cuenta

¿De qué se puede acusar a Apple, que comenzó en 1977 en un garaje de 10 metros cuadrados con un capital de 1300 dólares, supero todos los obstáculos imaginables y hoy es la primera empresa del mundo? De qué se le puede acusar, aparte del crimen más imperdonable de todos: el éxito. Jeff Bezos es otro ejemplo. Amazon estuvo casi quebrada desde 2000 por diez años y su triunfo no se basa en marketing ni en grandes inversiones, sino en una reforma organizativa que logró la máxima eficiencia en articular un masivo conglomerado empresas. para hacer su trabajo de delivery. Por mucho resentimiento o envidia que se tenga, las críticas contra el milagro de Amazon, dan risa: oportunismo para “reducir al mínimo el tiempo que tardan los envíos”.  Las empresas tecnológicas crearon en una generación un mundo inimaginable, milagroso, mágico, transformaron para bien al propio ser humano, la sociedad y sus costumbres, y la actitud de los profes frente a eso es punitiva. Aumentaron la productividad por miles, redujeron el costo de la vida y la pobreza a su mínimo histórico mundial, y superaron la pandemia.

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Ejemplo: 35 años atrás una llamada telefónica a Europa desde Latinoamérica costaba cien dólares; hoy es gratis por WA. Las críticas barbudas son ideológicas y decimonónicas y no guardan ninguna relación con la realidad, porque viven en el mundo de la lucha de clases. Acusan a las empresas de ser monopolios, pero no se han dado cuenta de que estas son pioneras, crearon actividades antes inexistentes, telefonía celular, internet, chats electrónicos, y a partir de ellas se generó una nueva competencia mundial en el resto del mundo. Samsung, Huawey, Lenovo, Tick Tock, Tencent, Ali Baba, y muchos no saben que el I-phone es un teléfono chino. Las empresas tecnológicas producen masas extraordinarias de riqueza, miles de millones que se distribuyen por la pirámide social, con la que se pagan “los maestros, las enfermeras, los fontaneros, las cuidadoras, que si dejan de trabajar, la sociedad se derrumba”. A nadie parecen ocuparle entender sus políticas para llevar el desarrollo a poblaciones remotas. Facebook instala una planta en Prineville, Oregón, en crisis por la quiebra de su industria maderera y de apenas 8.500 habitantes, “en medio de la nada” dice DW.

El espacio tiene 650 mil metros cuadrados, para construir instalaciones por 250 millones de dólares, que producirán 180 mil dólares anuales de impuestos. Según el contrato la remuneración de los trabajadores estará 150% por encima de la media. Además, financia el mantenimiento de la infraestructura vial, las escuelas y realizará cursos permanentes de formación profesional para que la comunidad se incorpore a la empresa. Ante las críticas de Greenpeace, esta explicó que utilizará 100% de energías limpias y para los efectos compró una planta termoeléctrica que servirá a toda la población. Cuando yo estudiaba sociología, la academia estaba, como siempre, frontalmente contra los medios, por su influencia alienante, porque nos rellenaban la cabeza de falsedades que distorsionaban nuestra mente y se hablaba de la utopía del medio participativo, biunívoco, que surgiría en el socialismo.

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Un filósofo coreano alemán, Byung Chul Han, autor de unos libros de anticapitalismo para leer en el baño, descubre que la verdadera alienación está en las redes participativas, que propician el narcisismo y discusiones intrascendentes y hacen olvidar los auténticos dramas. Resulta que la opresión capitalista está en los chismes de Facebook o en las fotos de gente vanidosa en Instagram. Shoshana Zuboff autora de El capitalismo de la vigilancia, nos presenta una perspectiva más paranoica, también de toillete. El deseo de torcer la realidad los lleva “culpar” a los medios del asalto al Capitolio por Trump, como si hubieran sido ellos y no el Presidente el protagonista de la acción. Y como si no nos hubiéramos enterado de las entretelas dolosas de ese episodio y la falsa denuncia de fraude, igualmente por los medios. Detrás siempre el autoritarismo de los profesores radicales. Solo hay libertad de expresión cuando se publican las cosas con las que estoy de acuerdo.

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