viernes, febrero 23, 2024
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Las niñas de 13 años aún escriben cartas a Santa Claus y mantienen la ilusión de abrir los regalos en navidad. Ningún deseo parece inalcanzable para alguien tan joven que sueña con ser una gran profesional o incluso convertirse en la gobernante de una nación.

Hacer las tareas, ordenar la habitación y cuidar sus mascotas es la principal responsabilidad de muchas niñas con una vida normal y estable. Los días se desvanecen rápidamente entre estudiar, divertirse y disfrutar la maravillosa sensación de tener los amigos más graciosos que alguien pudiera tener.

Pero la realidad de algunas niñas desborda las fronteras de lo inaudito.

La sonrisa se desdibuja cuando en la nevera no hay nada para comer y ven la desilusión de sus padres por no poder ofrecerles una mejor vida. Lo normal es un privilegio en lugares donde los niños se ven obligados a tomar decisiones que corresponden a los adultos.

Este infortunio afectó el hogar de la familia Seijas en el estado Aragua, uno de los tres estado más importantes de Venezuela, ubicado en la región centro norte.

La desaparición de dos primas en Maracay capital del estado Aragua, provocó el sobresalto de dos madres que al no encontrarlas, inmediatamente, temieron lo peor. Una llamada desde Colombia reveló que las menores escaparon huyendo del hambre que abruma a gran parte de los venezolanos.

Caminar de Venezuela hacia otro país es una travesía que conduce a lo incierto. Las hermanas Seijas no dudaron en ir tras los pasos de Jasmín y Yusneidy, dos menores de 13 y 16 años que burlaron los puntos de control de seguridad de seis estados del país, hasta llegar a Colombia con un propósito inusual para alguien tan jóven como ellas: el deseo de trabajar.

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Sin duda alguna, los motivos por los que cada caminante decide salir de Venezuela son más fuertes que los obstáculos a enfrentar en los largos trayectos que recorren. La cruda realidad, lleva a interrogantes sobre las circunstancias extremas de pobreza que se viven en los hogares venezolanos, la razón que principalmente impulsa a mujeres, niños y hombres a irse del país en precarias condiciones.

Provenientes de distintas ciudades, unos con mayores posibilidades económicas que otros, algunos con destino definido, otros sin plan alguno; cientos caminan junto a familiares, amigos o vecinos, a otros tantos se los llevan en el recuerdo. Lo cierto es que el duro recorrido no logra condicionar el sentimiento de hermandad que los une.

A cada paso los grupos van acogiendo a más y más paisanos que persiguen el mismo objetivo: Llegar a la frontera para dejar atrás la preocupación causada por la crisis humanitaria que les ha dejado hambre, enfermedades y el abandono educativo.

El grupo liderado por “Pure” y Marbelys, representan un claro ejemplo del instinto de protección que forjan unos venezolanos con otros.

Al compartir sus historias personales durante el camino y reconocer en el otro las necesidades propias, se crea un vínculo de ayuda que se refleja en pequeños gestos que en el momento valen oro, como compartir un pan, completar entre varios el pago exigido por las autoridades venezolanas para permitirles cruzar un punto de control y a quienes los acercan un poco más a la frontera en auto. Cargar a los hijos del otro cuando la madre no puede más por el cansancio, e incluso, llegar a ofrecer cobijo a quienes se topan caminando sin rumbo fijo.

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