Tulio Hernández

Cuando le pregunté, desde Bogotá, a Nelson Rivera, director del Papel Literario de El Nacional, cuál era el impacto en España del Premio Cervantes otorgado a Rafael Cadenas, me respondió que muy grande. No solo por la importancia del poeta y su obra, sino por el hecho de que se trataba de un escritor venezolano, lo que significa, agregó, que se trata también de un premio a un “país herido”. Y las dos cosas iban a quedar asociadas.

De la justicia literaria y lo bien merecido del Premio, independientemente de la nacionalidad del laureado, nadie que conozca la obra de Cadenas, puede guardar duda alguna. Pero la idea de un premio a “una nación herida”, además de un excelente título para un artículo, me pareció una definición exacta de la manera como nos miran desde afuera, como nosotros mismos —quienes no aplaudimos al militarismo— nos sentimos, y del modo como la situación actual iba a marcar la percepción del premio.

No es casual que los titulares utilizados en algunas crónicas, artículos y noticias de la prensa española hagan referencia a este cuadro. Por ejemplo, dos notas que aparecieron en El Mundo, el pasado viernes 11 de noviembre de 2022, titulaban, una: “Un Cervantes para la dignidad de Venezuela”; y la otra: “Una figura moral que combate con la belleza de sus versos”.

Algo semejante ocurrió en el año 2017, cuando Sergio Ramírez, el gran novelista nicaragüense, fue designado como Premio Cervantes de esa edición. La monumental obra por la que se premió a Ramírez poco tiene que ver directamente con la política. De hecho, Ramírez siempre aclara que las novelas “no hacen revoluciones”. Pero como el premio le fue concedido en medio del striptease totalitario realizado por el dúo terrorífico Ortega-Murillo, además en los días de la entrega ocurrían las manifestaciones estudiantiles contra la tiranía sandinista y centenares de jóvenes caían muertos en las calles, y Ramírez —junto al ya desaparecido poeta Ernesto Cardenal y la narradora Gioconda Belli—, era y es una de las voces críticas al régimen represor, pues resultaba inevitable conectar la tragedia nacional con el premio.

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Por supuesto que en los centenares de notas publicadas por estos días nadie deja de resaltar los valores literarios de Cadenas, lo prolífico de su obra, la saga de premios que ha recibido y, sobre todo, el énfasis que nuestro autor ha colocado en la defensa y valoración del lenguaje  como un organismo vivo que requiere del mayor cuidado.

Ha sido uno de los temas recurrentes que desarrolla con  precisión en su ensayo En torno al lenguaje (1982). En sus páginas sostiene que el lenguaje es la forma suprema de la expresión del pensamiento y, en consecuencia, su empobrecimiento implica la degradación del acto de pensar. Décadas después, otro de nuestros grandes poetas, Eugenio Montejo, en presencia del fenómeno autoritario que el chavismo comenzaba a desarrollar en Venezuela, lo decía de otra manera: “lo primero que hacen los totalitarismos es enrarecer el lenguaje”.

El Cervantes 2022, hay que decirlo, es como un peldaño más en la cadena de reconocimientos que nuestro poeta ha recibido. Al menos solo en el siglo XXI, en el año 2009, fue declarado ganador del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances que se otorga en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara; en 2015, del Premio Internacional de Poesía García Lorca, ofrecido por el Ayuntamiento de Granada; en 2018, del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, en cuyo acto de recepción hizo una pieza oratoria memorable y conmovedora. Y ahora, en el 2022, que está punto de concluir, recibe el Cervantes, considerado unánimemente como uno de los más importantes de las letras hispanoamericanas. Una distinción que ahora Cadenas, a sus 92 años de existencia, comparte con figuras fundamentales de nuestras letras latinoamericanas como Jorge Luis Borges, Octavio Paz y Mario Vargas Llosa.

Sería muy largo enumerar sus publicaciones, pero es pertinente recordar que su capacidad de escribir y publicar ha sido persistente a lo largo de casi siete  décadas. Desde 1946, cuando publicó Cantos iniciales, se van acumulando títulos sugestivos: Los cuadernos del destierro, Falsas maniobras, Intemperie, Memorial, Amante, Sobre abierto, En torno a Basho y otros poemas, Réplicas.

También, que existe un número importante de antologías que van desde una que podemos considerar pionera y visionaria —Obra entera, un tomo voluminoso editado inicialmente en España por la editorial Pre-Textos— hasta una compilación recientemente presentada por los poetas venezolanos Néstor Mendoza y Arturo Gutiérrez bajo el título Las paces. Antología poética (1958-2016).

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Hacía mucho tiempo que no era testigo y partícipe de una alegría colectiva tan intensa entre los venezolanos y no solo del mundo de los lectores y la cultura. Cadenas ya no pertenece solo al espacio literario, sus intervenciones precisas; su presencia pública hecha casi desde el silencio y el recato; su posición contundente ante toda forma de autoritarismo, no importa la ideología que lo sustente; una cierta actitud austera, monacal y desprendida en un país que ha estado signado —tanto en la era democrática como en los gobiernos de facto, los anteriores y el presente— por sectores y liderazgos posesos por  la ostentación, la logorrea y el populismo; lo han convertido no solo en un clásico de nuestra literatura, sino en una rara avis, una referencia moral a la que tendremos que apelar para la reconstrucción nacional.

Hace años, en 2009, cuando Cadenas recibió el Premio en Guadalajara, escribí en El Nacional un texto similar en su entusiasmo y admiración a este que ahora concluyo. Lo cerré citando unos versos por entonces recientemente publicados en el Papel Literario (El Nacional, Papel Literario, 30.05.2009), titulado “El diálogo según un dictador”. Hoy volveré a ellos como quien quiere tatuarlos en la frente del tirano de turno, de cualquier tirano:

“Versión originaria: Cuando yo dialogo no quiero que me interrumpan. Versión segunda: Yo dialogo, pero advierto que no cedo en mi posición. Versión tercera: En diálogo, los que me contradigan deben reconocer de antemano su error. Versión cuarta: Después de cavilar, dictamino humildemente que el diálogo es innecesario”.

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