Sofos de Mileto

El confinamiento, obligatorio o voluntario, durante el Covid-19, ha generado una amenaza y un serio problema familiar, psicológico y social para muchos niños y adolescentes en el mundo. El encierro repentino y prolongado en casa no solo ha alterado los patrones de vida de los adultos, sino de la frágil población infantil, que nota y absorbe los efectos de un cambio brusco en su quehacer diario.

Las rutinas de las familias ahora difieren. Los adultos pierden su trabajo o deben realizarlo virtualmente si aún lo conservan. Hay una convivencia forzada, de mayor presencia y contacto intrafamiliar que en ocasiones no se canaliza con sentimientos de afecto, comprensión y tolerancia, sino que se enrarece el ambiente del hogar. Los muchachos ahora deben proseguir sus estudios con los medios digitales, para adaptarse intempestivamente a las metodologías de enseñanza-aprendizaje en la educación a distancia. Los padres hablan –y los niños escuchan- sobre ese peligroso enemigo invisible que parece ser un monstruo aparecido de repente, que se ha empeñado en atacar despiadadamente y no se tiene claro en la mente infantil cómo es el daño que causa.

Ante este escenario el estrés y la tensión incrementan las conductas violentas y de maltrato en aquellos matrimonios y parejas disfuncionales, incluso en uniones que no tienen historial de agresión, en los cuales la carga negativa recae sobre el eslabón más débil de la cadena: los niños y adolescentes.

De la violencia contra la mujer a la infantil

Para los agresores violentos de la casa y los feminicidas el caldo de cultivo del confinamiento les ha dado una ventaja. Esas condiciones de aislamiento, de paso prorrogado y prolongado, han potenciado en progresión geométrica los daños y sufrimientos físicos, sexuales, psicológicos y la privación de toda libertad, en ese escenario privado de la residencia, infringidos por el macho dominante a la mujer sumisa, temerosa e incapaz de enfrentar tales actos. La intimidación, las lesiones externas e internas, heridas, golpes, hematomas, empujones, el ataque de la autoestima, los tratos humillantes y vejatorios con la palabra y gestos, la provocación de depresiones incluso hasta llevar al suicidio, por parte del cónyuge, concubino o quien mantiene relación íntima, hacia las damas, es otra pandemia social.

Pero resulta que también esta reclusión doméstica ha fomentado con creces los tratos humillantes y degradantes contra los niños y adolescentes, que no solo tienen que lidiar con estos abusos que reciben de sus padres, sino también con la incomprensión de sus propias emociones que no se saben canalizar por quienes son los más directos responsables: sus progenitores. 

La Convención sobre los Derechos del Niño emanada de las Naciones Unidas, en su Artículo 37, estipula que ningún niño será sometido a tratos crueles, inhumanos o degradantes. Similar norma se contempla en la Ley Orgánica para la Protección de Niños, Niñas y Adolescentes de Venezuela, en sus Artículos 32 y 32-A, cuando se establece que todos los infantes tienen derecho a su integridad, física, psíquica y moral, no pueden ser sometidos a esos tratos crueles o degradantes, y que el buen trato a que tienen derecho incluye una crianza y educación no violenta, basada en el amor, el afecto, la comprensión mutua, el respeto recíproco y la solidaridad, prohibiéndose los castigos físicos y humillantes.

Ante este panorama, donde los padres son los agresores, los niños y adolescentes carecen de medios de auxilio, de ayuda y de asistencia integral a los cuales recurrir durante el confinamiento. Esto pasa en hogares pobres como en las familias de mayor poder adquisitivo. En este tiempo los niños maltratados están desprotegidos, no entran en el radar de programas de protección por parte del Estado o de organizaciones especializadas. Es que en muchos casos los niños que se atreverían a contar lo que les pasa, durante esta cuarentena no tienen a la mano ni siquiera sus factores de protección inmediata como son sus abuelos, tíos y maestros, porque conviven las 24 horas con su agresor. ¿Qué les queda? Tal vez solo expresar su frustración a su manera, pataleando, llorando, gritando más de lo habitual, sin poder dormir y comer bien y sintiendo un permanente temor. En los adolescentes, ante los insultos y castigos no físicos sino simbólicos en sus gustos, la frustración se refleja en el encierro intramuros de su habitación y tal vez buscando un respiro, no tan seguro, en las pantallas electrónicas.

¿Cómo son las emociones de los niños?

El problema hay que abordarlo entendiendo y aprendiendo sobre las emociones de los niños. Es un espectro amplio. Aquí solo mencionamos algunos aspectos. Estos conocimientos permiten que los especialistas puedan de alguna manera compartirlo con las personas que pudieran en algún momento entrar en comunicación con esta población infantil maltratada, como sus familiares cercanos, sus maestros vía online, o hasta el mismo padre o madre que no es el agresor sino también la víctima junto con sus hijos.

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Una emoción es algo que una persona siente que la hace reaccionar de cierta manera. No reacciona igual un niño que un adolescente o un adulto. Tampoco es la misma manifestación entre un niño o una niña o entre adolescentes de diferente género. Es que las respuestas varían de acuerdo con los acontecimientos externos o internos. ¿Cuáles emociones pueden experimentar los niños y niñas en su diario vivir? Son muchas pero solo citamos cinco. El enojo o la ira es el primero. Es una reacción de irritación, furia o molestia desencadenada por el enojo de sentir vulnerado sus derechos o lo que el niño piensa que le corresponde. El miedo es otra emoción que se experimenta ante un peligro real e inminente. Se activa ante amenazas al bienestar físico o psíquico. Normalmente se afronta huyendo o evitando la situación peligrosa. Para los niños y adolescentes, esto se hace imposible en estado de cuarentena. La tristeza está en la lista, desencadenada por una pérdida significativa, debido a un suceso pasado o a un recuerdo o nostalgia profunda. Produce pérdida de interés, reducción de actividades, desmotivación y desesperanza.

Es posible que no esté vinculada mucho con las agresiones sino, en este confinamiento, a la perdida de libertad, de movilidad, de recreación en espacios abiertos, de prácticas de deporte y actividades complementarias que no se han podido restablecer. También puede estar actualmente asociada a la separación de un padre o familiar con ocasión de su aislamiento por estar contagiado con el Covid-19. La inseguridad se suma a esta enunciación. Parece que la casa se debe convertir en una fortaleza inexpugnable, porque cualquier cosa animada o inanimada que pretenda ingresar puede traer a ese monstruo invisible del “bicho”. Entonces, en el pensamiento del niño sólo unos padres comprensibles y “poderosos” no lo dejarán solo en su cama. La exagerada discreción de los padres puede afectar la normal curiosidad de los niños. Ellos saben que algo está pasando, oyen, ven, sienten, por lo que preguntan, a veces con insistencia. Unos padres que pretendan cortar toda información o que no sepan cómo administrarla de acuerdo a la edad de los niños, pueden causar desconcierto en ellos. Entonces, hay que atender a sus demandas con una información acorde a su edad. No hay que ocultar la situación, pues ante la ausencia de claridad, los niños pueden usar su imaginación para completar los datos que les falta con ideas más alarmistas y negativas.

La educación emocional

Es preciso involucrase en un proceso educativo, continuo y permanente, que permita potenciar el desarrollo emocional como complemento indispensable del desarrollo cognitivo, constituyendo ambos los elementos esenciales del desarrollo de la personalidad de los niños y adolescentes. No tendría que haberse esperado a una situación tan compleja como este aislamiento y cuarentena, para prever que esta población frágil no está exenta de verse afectada por situaciones del entorno, incontrolables, por lo que el proceso de enseñanza-aprendizaje debe comprender estrategias y herramientas que tanto padres amorosos y el abuelo de confianza,  como maestros y profesores conectados por las vías electrónicas, así como los propios niños afectados pueden utilizar para afrontar estos choques emocionales dentro de un ambiente de violencia o maltrato infantil.

Bajo esta premisa, es útil fomentar en los niños y adolescentes el conocimiento y la práctica de ciertas destrezas que les permita conocer, expresar y manejar sus propias emociones, creando en ellos las competencias necesarias. Una tarea inicial y útil sería enseñarles a tomar conciencia de sus propias emociones, y reconocer que los demás en su entorno también las tienen. El ejercicio permanente para percibir, identificar y etiquetar sus emociones rinde altos puntos. Ello debe ir acompañado del uso de un vocabulario emocional adecuado para designar sus emociones; orientarles de cómo reconocer e implicarse en las vivencias emocionales de sus parientes por medio de la empatía; e instruirles de cómo los estados emocionales inciden en el comportamiento, los cuales a su vez pueden regularse por la cognición. El camino para proseguir en esa educación emocional todavía es extenso desde este nivel. Sin embargo, no se debe olvidar algunos aspectos esenciales en ese proceso, relacionados con el aprovechamiento productivo de las emociones, tales como mayor responsabilidad, menor impulsividad y mayor autocontrol, empatía en la interpretación de las emociones, mayor capacidad para comprender el punto de vista de los demás, la sensibilidad para percibir los sentimientos de otros, y la mejora de la capacidad de escucha. En fin, involucrar activamente a los niños y adolescentes en la captación de estas destrezas puede hacerles notar que ellos mismos son capaces de contribuir a mantener un entorno tranquilo y de confianza ante situaciones imprevisibles.

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Pero cuando los canales de comunicación están cerrados para pedir ayuda en estos casos, el llamado control social puede ser la salida clave. Es importante no callarnos cuando el vecino de al lado le grita a su hijo o se escuchan golpes. Miremos y escuchemos, que esto le puede estar pasando a un niño muy cercano a nosotros.

La UNICEF y la violencia infantil.

El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia o UNICEF, en Venezuela, está desarrollando una promoción dirigida a los padres, que permita prevenir la violencia en casa en la que resulten afectados los niños y adolescentes. Es muy interesante destacar cómo esta Organización ofrece guías y recomendaciones prácticas para prevenir el maltrato infantil durante el Covid-19, las cuales fácilmente pueden activar los padres y cuidadores.

UNICEF sugiere manejar las emociones en momentos de muchas tensiones y cuando se ha perdido la calma, así: 1) Detente y respira profundo; 2) Comenta respetuosamente que necesitas un momento a solas; 3) Ve a un lugar donde puedas tranquilizarte y haz cinco respiraciones profundas que te ayudarán a liberar la tensión; 4) Cálmate y haz una pequeña pausa para pensar de una manera distinta sobre los hechos; 5)  Reflexiona, plantéate algunas preguntas como ¿estoy esperando que mi hijo o hija exprese una conducta acorde a su edad? ¿de qué otra manera, a través de juegos o actividades recreativas, podría transmitirle el mensaje para que pueda entenderlo?; 6) Identifica lo que sientes, puedes escribirlo; 7) Regresa cuando estés tranquilo y retoma lo que estabas haciendo.

También advierte UNICEF que los momentos de estrés y ansiedad durante esta pandemia pueden afectar la comunicación con los hijos en casa. Por ello se indica a los padres: 1) Ten conversaciones con ellos todos los días, pregúntales cómo se sienten, qué hicieron o qué van a hacer, para que la comunicación se vuelva algo normal y sea fácil abordar temas más complejos;

2) Mantente al tanto de sus intereses, qué temas les gustan, qué música escuchan, qué grupos, influencers o artistas siguen; 3) Escucha lo que tengan qué decir, no les interrumpas, respeta sus espacios y sus silencios. Genera un ambiente en el cual ellos sientan confianza para expresarse libremente; 4) Muéstrate comprensivo en la escucha, no juzgues y evita etiquetarlos. Con asertividad, sin alarma o asombro, expresa tu opinión sobre lo que te dicen; 5) Expresa tus sentimientos y pensamientos, así ellos se sentirán confiados para expresar los suyos; 6) Sé respetuoso, no ofendas, ni digas malas palabras; evita alzar la voz y gritar, porque si lo haces les hará sentir miedo y no querrán hablar fácilmente; 7) Refuerza las cosas positivas, felicítalos por haber sacado buenas notas o por cualquier otro logro.

Finalmente, UNICEF aconseja demostrar afecto. En este sentido, señala que abrazar a los niños, niñas y adolescentes, besarlos y decirles todos los días cuanto se aman y lo valiosos que son para los padres, les formará una base emocional fuerte y saludable para poder establecer consigo mismo y con sus pares, relaciones armoniosas y adecuadas. El afecto y el amor son esenciales para cada persona. Si se recibe desde casa, lo disfrutará la familia toda la vida. Expresar a los hijos e hijas constantemente cariño y afecto tanto físico como verbal y aprovechar la oportunidad de hacerles saber cuánto se aman es una hermosa y enriquecedora experiencia para todos en el hogar.

Cuando todo esto pase, habrá que reconocer el esfuerzo de los niños, niñas y adolescentes que se las arreglaron para superar el momento. Son ellos los que se adecuaron a la educación a distancia, los que esperaron que la mamá terminara con la única computadora de la casa, o los que no tuvieron disponible su celular y usaron el del papá para pasarle a la maestra la foto del trabajo que hicieron a mano.

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