María Leonor Arreaza Peña

En Cartagena, mientras pasa la cuarentena, en las calles desoladas se escucha a lo lejos el grito de los vendedores, se aprecia el trabajo de los mensajeros que llevan los pedidos a domicilio, y se siente en las redes la oferta de los artesanos, todos migrantes venezolanos, que han llegado hasta esta ciudad buscando refugio en las tierras cálidas de la costa colombiana.  Son hombres y mujeres, jóvenes buscando en esta dura crisis de pandemia otra nueva manera de sobrevivir.  Ya una vez habían aprendido a sobrepasar la tragedia de la crisis económica venezolana, ahora estamos aprendiendo a superar la crisis de una cuarentena por pandemia mundial.

Los venezolanos se distinguen en Cartagena por que ofrecen como emprendedores, lo que traen como legado, en su equipaje como un elemento, una prenda más: su patrimonio cultural múltiple, variado, novedoso.  Es una migración creativa, inventora, emprendedora que saca de sus maletas sus costumbres artesanales, sus formas de reírse de la vida, de cantar a la vida, de celebrar la vida, bailando, bromeando y trabajando. En ese equipaje las artesanías, el ser atentos y alegres  son parte de esa presencia que se defiende produciendo lo mejor que conocen como migración productiva y reinventándose con su mayor patrimonio, su memoria gastronómica, o lo que se diría coloquialmente demostrando que tenemos: un gran paladar. Eso nos diferencia no solo de los colombianos sino de todos los suramericanos, que están acostumbrados a comidas más de cocina familiar, más rurales, más locales, menos variadas, al contrario de los venezolanos que gracias a que somos un país frente al Caribe, y a que hemos recibido como puerto de entrada a Suramérica a los emigrantes del mundo, y además los hemos acogido para que sean también parte de nuestro país, tenemos una herencia  multicultural que se refleja en el vestir, en la música, en la manera de ser multiculturales, como es por ello Venezuela: país de emigrantes.

Los emprendedores venezolanos muestran en Cartagena su arte, sus artesanías, sus propuestas utilitarias para la casa, sus ocurrencias e inventivas en moda, en utensillos domésticos, o para  el mejor disfrute de la playa y también sus propuestas  gastronómicas basadas en el variadisimo recetario patrio.  En las calles y en las redes sociales están sus inventos domésticos utilitarios; su creatividad nutrida de tanta experiencia y aporte migratorio de italianos, portugueses, franceses, alemanes, griegos, y muchos otros países que hicieron de nuestra Venezuela su segunda patria.  Estas ocurrencias de los venezolanos en Cartagena no solo les ayudan a mitigar el hambre en su hogar, sino que nos representan muy bien, exponen parte de nuestra cultura y de las ganas de luchar y salir adelante por los caminos de Dios.

La cuarentena por la pandemia, ha traído en Cartagena, esta nueva modalidad de economía informal venezolana, que ha ayudado a que el cartagenero calme un poco sus ansias y angustias, calme sus preocupaciones  comiéndose algo diferente y rico, o comprando una artesanía utilitaria como un tapabocas, un gorro, unos guantes protectores, un delantal, una máscara de protección, que han ido apareciendo para ayudar a cumplir el protocolo de las medidas sanitarias nunca antes vistas. Entonces el venezolano recursivo se presenta como artesano productivo exponiendo en sus artículos una mezcla de saberes del oriente de Venezuela, de Los Andes venezolanos, de Los Llanos y el Centro y sobre todo de nuestra vecina marabina Penísula de la Guajira, que es conocida a nivel mundial tanto por sus hermosas y muy coloridas artesanías wayuu de tejidos y textiles, como por su dulcería tradicional.

La dulcería criolla cartagenera que encontramos siempre en el portal de los dulces, detrás de la típica y emblemática Torre del Reloj, ahora se fusiona con los sabores venezolanos de frutas traídas o redescubiertas por esta migración productiva, entonces junto a los deliciosos postres y dulces que endulzan el día a día de esta  fuerte cuarentena,  que estamos viviendo en este año 2020,  están los dulces tradicionales de Caracas, los dulces y platos típicos venezolanos, altos en calorías y muy, muy ricos, como son nuestros coquitos, panelitas de San Joaquín, aliados y además yoyos, arepas, empanadas, cachapas, llamadas en Colombia  arepas de choclo.  Este emprendimiento creativo gastronómico venezolano ha llegado a la mesa cartagenera para quedarse,  en esas maravillosas  recetas hechas a base de pescado, mariscos, frutos del mar, tan abundantes en esta costa atlántica del mismo Mar Caribe que baña las playas de Venezuela y también las de Cartagena en Colombia.  El mismo  mar Caribe, como nosotros los venezolanos.

De las emprendedoras mujeres venezolanas, mucho hay que contar.  Ahora la producción y venta de artesanías en las calles y tiendas de Cartagena, que desde antes de la cuarentena por el Covid, ya era muy creativa en la fabricación de ropa de playa, exhibe ahora mascarillas, tapabocas, guantes, jabones artesanales, inclusive gel  anti bacterial hecho con aloe vera, la conocida y medicinal sábila, y alcohol. La vitrina es ahora aséptica en las calles, llamativa en los wasaps, creativa publicitariamente en las redes, mostrando una gran variedad de productos de  fabricación manual, casera,  de artesanías que están pasando de ser ornamentales para ser más utilitarias, pues la economía está cambiando, y la necesidad de protección ante la pandemia exige que se tenga como parte de nuestro vestuario y en acato a las medidas sanitarias, estos nuevos productos. 

Las mujeres venezolanas emprendedoras aquí en Cartagena están demostrando desde su invención innovadora, que tratan de adaptarse a los inesperados cambios.  A las situaciones, a la circunstancias, y a las novedades,  que cada día trabajan y se reinventan para lograr llevar a sus hogares lo necesario para sobrevivir, para mejorar la calidad de vida de sus hijos, de su familia. No quieren perder el tiempo, el mercado, el puesto de venta que se han ganado, no quieren perder la oportunidad que habían construido durante meses para ganarse lo necesario, aun arriesgándose a salir a las calles en plena cuarentena para vender los indispensables tapabocas, gorros y máscaras, y también ofreciendo lentes protectores y sus porta lentes, carteras para llevar el gel, los guantes, el gorro, forros de celulares, adornos para el cabello, y los zarcillos ecológicos lavables, tejidos a mano para seguir manteniendo el look de la moda y la gracia femenina aun en tiempos de Covid.  Es increíble la variada oferta de  piezas artesanales tejidas en macramé o en crochet,  con materiales reciclados de telas y fibras. 

En Cartagena el emprendimiento de las mujeres  venezolanas en tiempos de pandemia, es un plan familiar:  es un nuevo tiempo para trabajar como emprendedoras,  involucrando  a toda la familia, y por ello es ahora una tarea enseñar a las más pequeñas del hogar, a las niñas y también a los niños para que aprendan estas manualidades tradicionales, para que aprendan a coser a mano, a bordar, y así viendo a las abuelas fabricar accesorios, en un tiempo agradable para jugar a la costurera con sus muñecas, prácticamente sin saberlo están salvando la memoria viviente, el patrimonio oral de los ancianos, de este mundo del Caribe mar, venezolano y colombiano, en donde el emprendimiento  artesanal de nuestros teje telas, palmas, hilos con técnicas ancestrales, que han permanecido en la memoria gracias a que los paisanos ancianos han mantenido desde el Caribe venezolano con el Caribe cartagenero el patrimonio histórico artesanal compartido,  considerado por la UNESCO, patrimonio de Cartagena de Indias, la heroica.          

Un orgullo para nosotros ver a nuestros paisanos, y en especial a las mujeres sobreviviendo a punta de su emprendimiento artesanal, con creatividad y alegría venezolanas

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