Desde el centro, oriente y occidente del país se desplazan miles de connacionales hasta la frontera colombiana en busca de mejores condiciones de vida. Estigmatizados por algunos, respetados por otros, los venezolanos se “rebuscan” cualquier trabajo en el corregimiento colombiano de La Parada, lo importante es garantizarse un techo y comida.

Por Rosalinda Hernández C.

Alberto Figueroa, de 26 años, oriundo de Barquisimeto, hoy carretillero y maletero.

La frontera y Colombia se ha convertido en válvula de escape para los venezolanos, el territorio más próximo para migrar. Cada día al abrir el paso peatonal por el puente internacional Simón Bolívar, (cinco de la mañana hora local de Colombia y seis de la mañana hora de Venezuela), decenas de hombres y mujeres, provenientes de distintos estados del país inician una carrera por la vida.

Corren de un lado a otro de la vía binacional con implementos de trabajo: carretillas, cavas con alimentos y bebidas, mesas de trabajo, entre otras herramientas que les permiten ganarse la vida bajo el inclemente sol fronterizo.

El esfuerzo y la constancia de muchos se palpan en el empeño que le ponen al oficio. Vociferan en plena vía pública ofreciendo servicios, persiguen carros y autobuses en espera de clientes que les permitan ganar unos pesos para honrar los compromisos del día.

“Llevo su maleta, el mercado, se lo llevo hasta San Antonio. Cargo las bolsas por 10.000 pesitos no más”, gritaba Alberto Figueroa, un joven migrante que trabaja transportando mercancía de un lado al otro de la frontera.

Si no hay trabajo se deja de comer, también toca dormir en la calle, es el riesgo que a diario asumen quienes van a trabajar al lado colombiano de la frontera, explicó Alberto.

“Cuando no se hace nada en el día toca dormir en la calle. Si no pagas la renta no te dejan entrar al cuarto. Muchas noches me he ido a dormir sin comer, agregó el venezolano de 26 años, nativo de Barquisimeto, estado Lara y padre de un niño de tres años.

Se le quiebra la voz, salen lágrimas de los ojos y esquiva la mirada al recordar que hace tres meses no visita a su hijo. “Hablo por teléfono con él, se ríe, me cuenta cosas y se le entiende todo. Me hace mucha falta mi tripón”, dice con nostalgia.

Los deseos de reencontrarse con los seres queridos representan un impulso para ir progresando, en el caso de Alberto, adquirió una carretilla para transportar mercancías. Trabajará aún más para juntar el dinero necesario y viajar a Barquisimeto a ver a su pequeño hijo.

No todos son malos

Prestar un servicio, correr detrás de los carros para captar clientes u ofrecer algún producto, son acciones que han satanizado a los venezolanos que ofrecen los servicios de manera informal en la frontera. En ocasiones se sienten humillados hasta por sus mismos compatriotas.

“No todos somos malos, pero por uno pagan todos”, dice Melvin, un maletero quien afirmó que existen algunos compañeros de oficio que tienen vicios y malas costumbres, “hay gente buena y gente mala. Hay quienes si venimos a trabajar de verdad para mantener a la familia porque la situación en Venezuela cada día es más fuerte y quienes vienen a hacer cosas malas”.

Correr detrás de los carros en casi obligatorio, si no lo hacen no agarran el trabajo, detalló.

A veces los policías de Colombia, no dejan trabajar, los detienen y los transportan en un camión hasta el puente internacional Francisco de Paula Santander (Pedro María Ureña) y los obligan a retornar a Venezuela por no tener documentos para estar legales en ese territorio.

“Cuando nos tiran allá (Ureña) los cuerpos de seguridad venezolanos nos detienen, piden el dinero que cargamos, a veces nos golpean y luego que nos liberan regresamos a Colombia por trochas de nuevo”, reveló el trabajador informal venezolano.

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Contabilizar a quienes se dedican a transportar mercancías en carretas o en hombros a través de la frontera es impensable, son muchos, lo que sí es fácil de evidenciar es que se trata de una labor que puede asegurarles el sustento diario.

“Un día bien trabajado puede dejar de ganancias hasta 40.000 pesos colombianos, otros días no se hace nada”, explicó Melvin.

Cinco mil pesos cancelan por noche en la habitación que comparten con al menos 10 personas más. Duermen sobre colchonetas en el piso que también son alquiladas por el mismo monto cada noche. Quienes tienen teléfonos celulares se han podido hacer a una cartera de clientes, se han ganado la confianza y los contactan cuando se requiere el servicio de carga en la frontera.

Los traslados en hombros o en carrucha (carretilla) se cobran de acuerdo al peso de la mercancía, costos que oscilan entre 10.000 y 15.000 pesos colombianos.

Profesionales en todo

Lavo carros, pinto casas, cargo mercancía, así se presenta Martin, venezolano de 40 años que llegó desde Barlovento, estado Miranda, donde se desempeñaba como agricultor. Con seis meses viviendo en la frontera, aseguró que ha tenido que “rebuscarse” en lo que salga para poder ganar el sustento diario.

En promedio los venezolanos consultados por Frontera Viva, que han llegado al corregimiento colombiano de La Parada, viven hacinados en habitaciones donde pueden pernotar cada noche hasta 40 personas de distintos sexos y edades. En ocasiones compartiendo una sola sala de baño.  

Mientras que en Venezuela se desempeñaban diversas profesiones y ostentaban títulos universitarios, en Colombia han tenido que mantenerlos guardados y ejercer la economía informal.

Profesores, enfermeros, licenciados, buscan la manera de sobrevivir porque en Venezuela cada día se hace más difícil vivir.

Milena Camejo, licenciada en recursos humanos quien trabajaba para la estatal Corpoelec en el estado Aragua, hoy vendedora informal en Colombia.

“Nunca imagine que después de trabajar en una oficina con aire acondicionado y tener personal a mi cargo estaría aquí vendiendo agua mineral, café y refrescos en la frontera”, dijo Milena Camejo, licenciada en recursos humanos quien trabajaba para la estatal Corpoelec en el estado Aragua, zona central del país.   

La venezolana tiene 20 meses de haber llegado a La Parada, y a su arribo trabajó como empleada de una agencia de viajes, al caer las ventas redujeron personal y fue despedida. Añora regresar al país, pero “en otras condiciones, no con la necesidad que hay ahora”.

A pesar de no tener muchas ganancias en su pequeño negocio, las ventas le dan a Milena lo suficiente para comer, pagar una habitación que comparte con cinco personas más y algo queda para enviar a la familia en Maracay.

“En Colombia al menos se hace para comprar comida, pagar alquiler y para gastos personales, pero hay que trabajar unas 16 horas al día”, dice Milena, mientras despacha un café de 500 pesos a un cliente.

Perseguidos

El acecho del gobierno de Nicolás Maduro, en contra de los jóvenes disidentes que viven en las barriadas populares del centro del país, es otro de los motivos que alegan algunos inmigrantes, como Alex de 26 años para haber salido de Venezuela.

“Los que hemos llegado no solo lo hacemos por la necesidad. También por la persecución del gobierno que se mete a los barrios y mata a los jóvenes que piensan distinto”, dijo el venezolano.

Hace un año llegó desde Valencia y no ha regresado. La persecución que se desató en los barrios del centro del país luego de las protestas de calle del año 2017, resultó ser un detonante para su salida.

“¿Para qué va a regresar uno, para que lo mate un policía?”, se cuestionó Alex quien se desempeña como maletero.

Es uno de los tantos maleteros que sube a su espalda más de 80 kilogramos para cruzar mercancías desde Colombia a Venezuela, a través del puente internacional Simón Bolívar.

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Las secuelas del manejo diario y constante de los bultos hacen mella en su cuerpo y no hay otro remedio más que trabajar.

“Cuando el puente colapsa uno puede durar hasta dos horas parado con la carga a la espalda. He cargado hasta 120 kilogramos, así tenga la carretilla cuando llego a la casa estoy con dolor de espalda”.

Alex Sandoval, nunca se imaginó llegar a una vida como la actual. En Valencia se desempeñaba como operario de maquinaria pesada para la estatal telefónica Cantv, oficio que no ha logrado rescatar en Colombia. No se arrepiente de haber salido del país y a pesar de no poder estar con la familia, aseguró llevar una vida feliz y tranquila.

“Aquí las cosas tampoco son tan fáciles pero el que viene dispuesto a trabajar, consigue hacerlo y sobrevive. Quien viene con otras cosas en la cabeza no va a conseguir nada bueno”, añadió.

Luis Muños, quien es barbero desde hace 40 años y es de Higuerote.

Un barbero Feliz        

Veredas adentro del corregimiento colombiano de La Parada, cantando y con una sonrisa particular, el equipo de Frontera Viva se encontró con Luis Muños, quien es barbero desde hace 40 años y es de Higuerote, estado Miranda.

Al igual que la mayoría de sus connacionales, la necesidad es el primer argumento que expone como motivo para asentarse en la zona desde enero del año 2019.

Mientras realizaba un corte de cabello, Luis accedió a conversar, dijo que nunca se imaginó tener que llegar a vivir a la frontera colombiana con Venezuela, ante la grave crisis que lo acechaba en su país.

“Allá los reales no me alcanzaban para la comida, para mantener a la familia, por eso tuve que migrar”.  

Se le ve feliz mientras realiza el trabajo de barbero en un anexo a la vivienda donde hoy comparte con todo el núcleo familiar: esposa, hijos, nietos, quienes fueron llegando a medida que la economía del barbero lo iba permitiendo.

Luis, asegura que a pesar de todo se siente feliz y agradecido del lugar donde está ahora y augura que “para un mal momento buena cara”.

Por un momento se pone serio, se corta la sonrisa y se centra más en el trabajo que realiza, luego de una pausa, pasa saliva y dice que su mayor alegría y deseo es que Venezuela “se arregle, que todo vuelva a ser como antes y por qué no, mucho mejor”.

Extraña todo de Higuerote, la comodidad de la casa, la comida, las playas, la gente, dice Luis.

Lo más difícil que ha tenido que enfrentar es levantarse desde muy temprano a trabajar y terminar el día sin haber ganado un peso colombiano para pagar alquiler y comida… “eso es lo más feo, pero nunca he dormido en la calle con mi familia, gracias a Dios”.

Cada corte de cabello tiene un costo de 4.000 pesos, (un poco más de un dólar). La afeitada sale en 5.000 pesos. Tiene buena clientela, venezolanos en su mayoría y algunos colombianos que dicen que el oficio de barbero en Venezuela lo hacen bien.

No le gusta estigmatizar y cuando se le pregunta sobre el trato recibido en Colombia, apunta: “hay colombianos malos y colombianos buenos, es igual que los venezolanos. Cuando uno sale de la casa debe adaptarse a las costumbres de los demás. Las costumbres de uno hay que dejarlas, el secreto es adaptarse porque si no lo haces te trastornas”.

Dice que no se siente más que otros compatriotas por tener un poco más de posibilidades de vida y agregó que cada quien obtiene de la vida conforme el trabajo que desempeña.

Todo está en las capacidades y en lo que se mentalice que quiere hacer. Aquí quien trabaja honradamente puede vivir con su familia bajo techo y comer todos los días”.

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