El documental de Anabel Rodríguez Ríos, Érase una vez en Venezuela, logra desde el primer momento una atmósfera casi literaria, haciendo inevitable sentir cierto realismo mágico cuando los fotogramas comienzan a proyectarse en la retina. 

La imagen muda del relámpago del Catatumbo abre el relato, es ineludible el componente fantástico, a pesar de ser un hecho natural que está en constante estudio científico. Pero una serie de rayos y centellas que nunca paran en un área específica, tiene cierta patina surrealista, inmediatamente una melodía nos ubica en un pueblito venezolano, el Congo Mirador, la cámara se desplaza desde las lanchas, es cómo si pudiera flotar y nos mostrara superficialmente aquel inhóspito escenario.     

Anabel Rodríguez Ríos, directora de Érase una vez en Venezuela.

La trama y el conflicto

Érase una vez en Venezuela es un documental centrado en las desventuras de los aldeanos del Congo Mirador, un pueblo sedimentando a punto de extinguirse, pero, la solada no es la única sustancia que condena al pueblo, la política, el caciquismo, la cada vez más deteriorada economía nacional, e incluso aquella realidad más violenta que el documental evita presentar por motivos más que razonables, lo consume desde adentro. Las fuerzas narrativas son monopolizadas por dos mujeres Tamara Villasmil, líder del pueblo y partidaria del régimen chavista y Natalie Sánchez, maestra en la comunidad.  

El conflicto entre estas dos mujeres funciona como primer hilo conductor, donde se perciben rasgos que definen a la sociedad venezolana de los últimos 20 años. La viveza criolla es claramente uno de estos principales atributos, pero a pesar de toda esa celeridad por la trampa, de fondo subyace una profunda inocencia. A medida que avanza el documental los sueños y aspiraciones de los protagonistas se ven cada vez más frustrados sin importar que tan justo o villanesco fueran las acciones de este, mostrándolos a todos como víctimas de la ilusión del leviatán.   

El verdadero antagonista

El clima político abarca las elecciones parlamentarias donde las promesas de acceso a nuevas tecnologías, alimentos de primera necesidad y la posibilidad de salvar al pueblo son utilizadas de las formas más descaradas, casi como una naturalización de la corrupción. En este punto el ciudadano común solo le queda recibir cualquier soborno por parte del poder.

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En el Congo las migajas son filtradas por Tamara, una figura que encuentra sus paralelismos en la vida de gran parte de los venezolanos, pero gracias a la destreza de Anabel Rodríguez la directora del documental, se rompe el estereotipo y vemos a la persona, una mujer que se enamoró de Chávez, o al menos de la ilusión que se formó en su mente por el carisma y la publicidad que rodearon al ex mandatario. Embelesada por la figura sin nuca haber conocido al hombre cumple los designios del partido, como una forma de subsanar aquel amor no correspondido.

Pero Tamara es solo una víctima más, nos puede parecer de lo más deleznable su accionar, pero su intención es salvar al pueblo y frenar la migración de sus vecinos. Vive atrapada en el timo de la ideología, las únicas herramientas que tiene para cumplir sus objetivos es el caciquismo y la viveza, sin embargo, es indispensable la intervención del Estado para lograr aquellas aspiraciones.

El Congo Mirador

La devastación

Un paisaje devastado es el Congo Mirador, la contaminación se suma a la lista de problemas, a medida que el documental avanza, la zona se vuelve cada vez más inestable. En este punto es necesario hablar de la desolación en el cine. Ciertas películas han logrado trasmitir solo con una imagen, la caída al abismo de sus personajes, el derrumbe absoluto de sus metas, escenas como el desplome de Furiosa en medio del desierto en Mad Max: Fury Road 2015, es un ejemplo de esto.  

Érase una vez en Venezuela tiene las composiciones más desoladoras que he visto dentro del cine venezolano, sea documental o no. Tamara es presentada como una diva en su hamaca mientras le hacen pedicura, pero esto es contrastado cuando se hace presente en el relato uno de aquellos hombres que elevó a pedestales míticos. La melancolía le invade al ver cómo se comportan aquellos políticos, el desinterés hacia los problemas reales que tiene su comunidad y las promesas vacías son más que notables. Tamara termina sentada con las piernas estiradas totalmente sola en medio de la nada navegando de regreso hacia aquel lugar que acaba de ser condenado.   

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El realismo mágico es simplemente magistral dentro del film, parece ser que la realidad venezolana fuera inseparable de la fantasía y lo ilusorio, como si el cine de Federico Fellini se materializara y al más puro estilo de 8½, los paisajes y situaciones se tornaran surrealista. Cada gran imagen de esta película comparte elementos fantásticos, desde las casas que se van navegando buscando un nuevo pueblo, una mujer que decide creer en una mentira y va perdiendo todo de a poco, hasta quedarse sola, mientras una joven profesora se debate qué hacer con su futuro al mismo tiempo que vive una realidad que se desborona.

Datos técnicos

El documental no contó con grandes equipos para la producción, apenas disponían de cuatro cámaras, la mayoría más especializadas en fotografía, pero con un sensor lo suficientemente potente para capturar metraje con la calidad deseada. Las limitaciones técnicas son tantas que solo se puede decir que este es el verdadero cine independiente.

La película dispuso de un reducido equipo técnico, apenas entre cinco a siete personas durante todo el rodaje y se extendió por cinco años. Se realizaron en total 14 viajes al Congo. Según John Márquez director de fotografía: El film no pudo haber existido si no hubiera sido por la colaboración de gran parte de la población de aquella localidad, la cual se involucró profundamente en la realización del trabajo cinematográfico.   

 Érase una vez en Venezuela es una pieza que no debe dejarse de lado, definitivamente una obra de arte y toda una clase de periodismo alejado del amarillismo que se acostumbra. Se ha centrado en conocer la vida de aquellos que sufren la tragedia de un país que atraviesa una crisis humanitaria compleja. No hay exponente más digno y talentoso que represente la tragedia que viven los venezolanos en la premiación de los Óscar.  

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