Carlos Raúl Hernández @CarlosRaulHer

¿Cómo sería la manera políticamente correcta de vestir las mujeres? Grupos radicales condenan el preciosismo, la elegancia, por ser patrones burgueses.  Esta polémica suena estúpida en la posmodernidad de estéticas paralelas todas aceptadas, pero la inicia James Cameron en su histórica embestida contra la Mujer Maravilla dirigida por Patty Jenkins, encarnada por la mega-ultra-diva israelí Gal Gadot. Y  decreta  que es “un paso atrás” con respecto a Sarah Connor, la madre de John, el héroe de Terminator  y  su propia creación. Dice que “Sarah  no fue un ícono de belleza. Era fuerte, angustiada, una madre terrible…y se ganó el respeto por tener agallas… (por lo tanto) toda esta auto felicitación de Hollywood con la Mujer Maravilla es equivocada, un ícono, un objeto (sexual)”. Cameron comete un error monumental cuando olvida inexplicablemente que Gal Gadot es Sarah Connor (Wrong Sarah) en la vida real. Mientras la otra es un parapeto literario o cinematográfico, la bella Gadot es una oficial militar activa de amplia experiencia, entrenadora de combate del ejército israelí, soldado, veterana de guerra.

Cameron pifia terriblemente al plantear que el desideratum de mujer sea un constructo de comportamiento y usos militares, ruda, desmaquillada, tosca, sin sofisticaciones, como Sarah en Terminator, frente a una maravillosa combatiente de carne, hueso y belleza, Gadot ¿Tiene algo de malo ser un brillante y delicado objeto de deseo en una sociedad polimorfamente sexualizada? No asombra un juicio tan absurdo, porque un montón de sociólogos y filósofos desde comienzos del siglo XX dieron cuerpo a la seudoteoría que pretende fundamentar así el ideal femenino. Desde finales del siglo XIX pasando por los hippies del XX, el pensamiento antisistema demoniza las mujeres elegantes, molde kapitalista, producto de diabólicas marcas (Lanvin, Cartier, Chanel, Ives Saint Laurent, Armani) que enajenan su verdadera esencia y la convierten en cosa, como dice Cameron. Por fortuna durante los noventa Gilles Lipovesky, un filósofo merecedor del título, escribió El imperio de lo efímero para bienvalorar la trascendencia de la moda como fenómeno social y descabezar epistemologías tierrúas.

Pero las puerilidades van más lejos, hasta la sexualidad, para darle visos “ideológicosa encamarse. El sexo es uno de los cuatro instintos más poderosos de la naturaleza. Laura Kipnis, una socióloga post feminista norteamericana escribió un curioso librito llamado Contra el amor, al que definió como “la última forma de opresión”, de lo que se desprende que todas las demásque el marxismo endilgaba a la democracia desaparecieron, finalmente un éxito (y nos conmueve que sus experiencias la hayan llevado a la conclusión que expresa el título). Y en esa sanguinaria tiranía del eros, el peor vejamen es la penetración, pero Kipnis no puede dejar de reconocer que según todos los estudios consultados, las mujeres masivamente la desean. Para ella el enamoramiento es una autoalienación en la que dos personas pierden su racionalidad y entran en una fase de cretinismo biunívoco autoinducido. Y subraya que la pérdida de la libertad es uno de sus rasgos esenciales.

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(En algun momento comenté que tenía razón: ¿qué es eso de pasarse tragos de vino o caramelos boca a boca, sino un acto digno de chimpancés?) Durante los noventa comienza la acción cultural de la ultraizquierda con lo políticamente correcto, preámbulo de la presión identitaria actual. Vivimos uno de esos períodos en los que la sociedad tuerce masivamente hacia el ridículo, como Alemania del siglo XVII cuando cualquiera que desempeñara funciones medianamente destacadas, traducía su nombre al latín. La puerilidad de los 90 quedó consagrada para los curiosos en Acoso sexual, aquella película en la que Michael Douglas con una barriguita respetable es objeto de la inexplicable concupiscencia de su jefa Demi Moore –en un momento radiante de su sensualidad- que él, naturalmente, rechaza muy digno porque no quería ascender gracias a un sofá, sino a su profesionalismo.

En esos años de apoteosis cursilógena y de subsecuente erosión del lenguaje, los organismos multilaterales inician empresas espeluznantes. Se gestan monstruosidades lingüísticas que por fortuna a la sociedad le resbalan hasta ahora. De una posición liberal según la cual es sexo de cada quién es personal, pertenece a su espacio privado, y eventualmente a su decisión, cosa que el movimiento gay ha ganado en batalla, se pretende pasar, como la ultra de Kipnis, a un machismo al revés. Y sobre la moda Cameron sabe que sus actrices andan en la mañana con un jean roto y en la noche con un diseño de Lagerfeld. Y es presumible que haya intentado inútilmente rayar a Wonderwoman  porque desplazó a Titanic y Terminator de las marcas históricas de taquilla. Steven Spielberg tuvo una reacción idéntica cuando Cameron con Titanic fue la bestia de ventas que se comió su Tiburón. En los negocios y en el amor, dos conceptos execrables por la ultraizquierda, vale todo.

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