Carlos Raúl Hernández

El progreso es una categoría de la teoría social forjada durante el Renacimiento, pulida en la Ilustración y hoy en cuestión: consiste en que la “sociedad mundo” mejora automáticamente al paso de la historia, y teoría y acción práctica deben partir de eso. Según el progresismo del siglo XIX, la evolución obedece a “leyes objetivas, inevitables, naturales”, y los hombres son barquitos de papel en el oleaje. “La rueda de la historia” va, según Hegel al triunfo de la razón, para Marx al comunismo, y según Comte a la sociedad positiva, tres futuros bañados por “ríos de leche y miel”. El Manifiesto comunista es un ditirambo al progreso de la “sociedad burguesa” y el capital, en vías al inexorable comunismo. En síntesis, para los diversos deterministas, el progreso es un hecho indiscutible, mientras para posmodernos y reaccionarios teóricos, no existe, es una auto justificación capitalista. Los, los dadaístas, surrealistas, neogóticos, posmodernos, hippies y demás antisistema ultras, rechazan el “consumismo”, la corrupción moderna y abrazan las comunidades tradicionales.

El Romanticismo de los XVIII y XIX, y discípulos de Rousseau, plantean una revolución reaccionaria, antiprogresista, contra la modernidad, el conocimiento científico y la Ilustración. La ciudad es la nueva Babilonia, engendro de corrupción, maldad, perversión que inficiona “la pureza” del pueblo, las tradiciones, la poesía, el arte, la mitología, y Wagner se dedica a restaurarlos. Para la visión crítica actual, el progreso no es una ley natural, no es indetenible, ni irreversible, sino producto de la acción y la voluntad humanas, aleatorio, que se crea y destruye. En cada período hay uno o varios centros dominantes de poder. Los imperios akkadio, egipcio, persa, mongol, romano, musulmán, sacro-romano, español, británico, ruso-soviético, norteamericano, salvo éste que tiene apenas cien años, cumplieron su ciclo, decayeron y desaparecieron.

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Dejaron vacíos, retrocesos civilizacionales y cedieron paso. El progreso es desigual, combinado, no es a perpetuidad sino a plazo fijo. El medioevo sucede a Roma, se perdió gran parte de los conocimientos, infraestructura de teatros, acueductos y carreteras, que todas conducían a Roma. Tuvo en el siglo I un millón de habitantes, que solo iguala Londres en 1800. En el siglo XX, caído el imperio soviético, resurge la revolución reaccionaria, ahora posmodernidad, pos-estructuralismo, marxismo cultural o posmarxismo da ultra izquierda identitaria que asume las tesis maoístas, camboyanas y africanas, de regresar a los orígenes, ahora con el progreso de rehén, porque con gran astucia se denomina progresista. Desprecia a “occidente”, se arma de diferencialismo cultural, racial, religioso, sexual, no para defenderlos, sino con la tesis de que son grupos “oprimidos”.

Gracias a la sociedad abierta, lesbianas, heterosexuales, homosexuales, a diferencia de religiones fundamentalistas hacen con su cuerpo lo que les viene en gana, pero para Judith Butler “es una tesis liberal, no revolucionaria”. Aspira que la revolución-Estado decida el sexo y odio entre sexos (exalta la pedofilia, el incesto, la necrofilia como hacen Beauvoir, Foucault, Sartre, Lyotard, Deleuze, Millet, Singer, Firestone y muchos más). No importa la amputación de clítoris a niñas islámicas, ni que las casen con ancianos: hay que comprender “su cultura” y no afecta “la política de género” (sic). El feminismo real logró que las mujeres sean líderes en las democracias, mientras países islámicos les imponen horrendos trapos medievales y andar “representadas” por un varón.  Son directivas en 80% de las mil empresas de punta mundial, pero proponen leyes monstruosas contra el Estado de Derecho. Yo si te creo (remember Amber Heard).  

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El culto a los “pueblos y culturas oprimidos”, localismos, nacionalismos, justifica el terror de ETA, Ira, Sendero Luminoso y del islamismo, ecofundamentalismo y bioterrorismo. La ruptura marxista es ahora más radical porque pretende destruir los valores de la cultura: la utopía arcaica, el pasado como proyecto. Ante la duda tienen la batería de ridículos insultos “islamofóbico”, “misóginos”, “transfóbicos” y otras lenguaradas de ignorancia, confusión o mala fe. “Cancelan” las grandes teorías de la historia, los “macro relatos”, “narrativas”, según la nueva latiniparla ideológica, pero lo que se hundió realmente fueron los “relatos” específicos del socialismo y el comunismo, no de la democracia ni la economía abierta, ni la libertad y pretenden cubrir el cadáver con un sudario colectivo.

Según Marcuse la lucha de clases ya no movilizaba las masas “opulentas” y para Michel Foucault destruir “el capitalismo” parte de minar los “micropoderes”. La pareja heterosexual, la familia, la empresa, la escuela, la iglesia, el trabajo, la oficina, nódulos de dominación que debían implosionarse desde dentro. Felix Guatarí plantea la táctica exitosa, la “revolución molecular disipada”, descomponer la sociedad a partir de sus células básicas, invenciones opresoras y burguesas. Ante el vacío conceptual de los partidos democráticos, las ideas de la ultraizquierda sesenta-setentosa hoy disfrazadas de progresismo cautiva desprevenidos. ¿Progreso en cuestión?: la llegada China-Rusia a compartir al escenario económico mundial pudiera concluir con una guerra nuclear; y la siguiente podría ser con palos y piedras). @CarlosRaulHer

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