Nacido en Caracas un 11 de septiembre de 1913, su vida fue un ejemplo de dedicación a la medicina, la investigación y docencia, desempeñando labores hasta el último día de su vida a la edad de 100 años.

Jacinto Convit es un venezolano para recordar. Los aportes en materia de salud, que trascendieron las fronteras nacionales, lo llevaron en 1988 a ser nominado al Premio Nobel de Medicina.

Egresado de la Universidad Central de Venezuela en 1938, con el título de Doctor en Ciencias Médicas, Convit desempeñó labores en la Leprosería de Cabo Blanco, ubicada en el entonces departamento Vargas, bajo la tutela de los médicos Martín Vegas y Carlos Gil Yépez, como se narra en el artículo Dr. Jacinto Convit: un siglo de dedicación a la salud de la humanidad, de la Fundación Bengoa.

El médico pudo profundizar estudios sobre la lepra en Sao Paulo, Brasil, donde fue enviado en 1945 por el Ministerio de Sanidad y Asistencia Social (MSAS). Su experiencia en esta área, según sostiene su alumno Martín Sánchez, lo llevó a convertirse en 1946 en el primer director de los servicios antileprosos del MSAS, que posteriormente derivaron en la creación de toda una red de leproserías a nivel nacional, desde donde se efectuaban trabajos de tratamiento, investigación y prevención de esta enfermedad.

Y casi en simultáneo, según comenta Gabriela Contreras en su artículo Un extraordinario ser humano. Jacinto Convit García, el médico caraqueño fungía como director ad honorem de la Cruz Roja, seccional La Guaira, entre los años 1940 y 1943.

Los conocimientos de Convit en el campo de la dermatología, en el cual tenía una especialización, le permitió que junto a su citado profesor Martín Vega, constituye el dos de noviembre de 1960, la Asociación para la Investigación Dermatológica, que como se puede leer en el portal de la Fundación Jacinto Convit, fue creada para “organizar, mantener y administrar los diversos laboratorios de investigación dermatológica” del país.

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Esta asociación dará pie para que en 1971 se cree el Instituto Nacional de Dermatología, que ahora existe bajo el nombre de Instituto de Biomedicina, en el cual llevó a cabo la labor de director hasta el día de su muerte.

El sostenido trabajo en dermatología llevado a cabo por Convit y otros médicos, llevaron a que la Cátedra de Dermatología de la Escuela de Medicina José María Vargas y el servicio de Dermatología del Hospital Vargas, fueran acreditados por La Junta Estadounidense de Dermatología (American Board of Dermatology), distinción que hasta la fecha solamente poseía el St. John Hospital for Skin Diseases de Londres.

Más adelante, para 1968, es nombrado presidente de la Asociación Internacional de la Lepra, y la Organización Mundial de la Salud (OMS), le confiere en 1971 la responsabilidad de ser director del Centro Colaborador para la Referencia e Investigación en la Detección Histológica y Clasificación de la Lepra. De igual forma, en 1976, pasó a ostentar el cargo de director del Centro Panamericano de Investigación y Adiestramiento en Lepra y enfermedades Tropicales (CEPIALET), como comentan Ana Zulueta y Bailde García en el trabajo titulado Jacinto Convit: vida, obra ya ccionar para el control de las endemias.

La Organización Panamericana de la Salud (OPS) en su portal web, resalta su contribución a nivel regional en la “prevención y el tratamiento de la lepra, la leishmaniasis, la oncocercosis y la micosis”, razón por la cual, a su vez, recibió en 1987 el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica.

Así mismo, recibió reconocimientos como: la Soberana Orden de Malta en Grado de Caballero Religionis (1969); la Medalla Armand Frappier del Instituto Armand Frappier de Canadá (1979); Individuo de Número de la Academia Nacional de Medicina (1990); Héroe de la Salud Pública de las Américas de la OPS (2002); la Legión de Honor de Francia (2011), entre otros.

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Jacinto Convit trabajó hasta los últimos días de su vida, porque como lo dice en el artículo: ´Un extraordinario ser humano´jubilarse para él hubiese sido acelerar su muerte, y “el secreto de la longevidad” es precisamente mantenerse siempre ocupado. Es por ello que, al momento de fallecer, el 14 de mayo de 2014, se mantenía a sus 100 años, trabajando arduamente en investigaciones sobre inmunoterapia del cáncer.

Su alumno Martín Sánchez, en el artículo Jacinto Convit: ´Más que un prócer de la salud, un ciudadano ejemplar´, expresa el siguiente mensaje que muestra cuán hondo calaba el médico en quienes lo conocieron:

“Me siento orgulloso y privilegiado por haber sido uno de los discípulos del doctor Convit, las enseñanzas del maestro, su don de gente, esa calidad humana al servicio del prójimo, así como la exigencia y rigurosidad en la investigación científica son lecciones aprendidas en un transitar nada fácil en pro de la salud de los más vulnerables”.

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