Salir del país de origen con apenas lo necesario para emprender una nueva vida en otra nación, no es cosa fácil. Pero es el destino que le ha tocado afrontar a millones de venezolanos que buscan sobrevivir a la crisis humanitaria que enfrenta esa nación y procurarse una mejor vida en otras tierras. Frontera Viva, presenta testimonios de cuatro jóvenes venezolanos que han sorteado dificultades fuera del país, sin embargo, su espíritu valiente no deja de brillar y los sueños se mantienen indelebles en la mente y el corazón de cada uno de ellos

Por Rosalinda Hernández 

Escuchar las voces de Gregoria, Leidy, Andreina o Juan Marcos, cuando cuentan sus experiencias como migrantes, más allá de mover los sentimientos, sentir admiración y respeto, es estar oyendo a personas adultas con un cúmulo de experiencias y anécdotas con las que se pudiera escribir una larga historia.

Nadie puede pensar que a los 15, 17 o 21 años se ha vivido tanto, y precisamente es está condición la que convierte a estos cuatro venezolanos en inspiración para muchos.

Han avanzado en medio de caminos escabrosos, han tenido limitaciones, contratiempos y seguramente frustraciones, pero nada los ha amilanado en la búsqueda de su bienestar y superación.

El camino no lo han transitado solos, siempre junto a sus seres queridos las cargas las han podido sobrellevar, pero también han hallado en personas ajenas a su entorno familiar, el bálsamo necesario para aliviar el camino.

Comparte por una Vida

Comparte por una vida Colombia, es una fundación cuya misión principal es contribuir a la estabilización de comunidades con altos flujos migratorios en Colombia, por medio de modelos que buscan la restitución de los derechos, el bienestar y la inclusión de las comunidades provenientes de Venezuela y colombianos retornados.

Lala Lovera, es directora ejecutiva de la Organización Comparte por una vida Colombia. Es una docente venezolana, radicada en Bogotá que ha visto muy de cerca lo que viven los migrantes, especialmente los más jóvenes y se ha dedicado junto a un gran equipo de personas que la acompañan y apoyan sus proyectos, a hacer más livianas las cargas de los más vulnerables.

La organización trabaja en todas las locaciones con concepto de flujo migratorios que en realidad ya es toda Colombia o flujos migratorios mixtos, es decir, migración pendular, personas que viven en Venezuela pero que se desenvuelven en Colombia.

El equipo de trabajo que dirige Lala Lovera, monitorea día a día cada proyecto que ejecutan pues parten de la premisa de “acciones sin daño”, basándose en datos recabados de las evidencias reales y esto es posible solo viajando al campo de acción y atendiendo personalmente a las comunidades.

“En Comparte por Una Vida Colombia estamos enfocados en modelos a mediano y largo plazo que restablezcan los derechos y generen inclusión”.

La fundación culminó a finales del mes de mayo, el primer proyecto de doce meses, donde dos donantes internacionales aportaron recursos económicos para generar acciones: “logramos recuperar a 300 niños de la desnutrición con el proyecto Quédate en la Escuela”.

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El modelo “Quédate en la Escuela”, busca la estabilización y evitar la deserción escolar. La idea es garantizar la permanencia del niño o joven en el sistema educativo consolidando un espacio seguro y saludable dentro de la escuela.

La directora de la organización, comentó que iniciaron el trabajo con una medición antropométrica de la población que estaría involucrada en el programa, aplicado al Megacolegio “La Frontera” del municipio Villa del Rosario, frontera con Venezuela.

“Hacemos medición antropométrica para poder establecer el estado nutricional de los niños e identificar quienes están en riesgo de desnutrición, quienes tienen seguridad alimentaria y cuál es la característica de los núcleos familiares”.

El flujo migratorio y la movilidad humana proveniente de Venezuela lleva casi ocho años, desde que se generó una crisis y cambió el movimiento en cuanto a flujo demográfico. “Las características del migrante: enfermedades crónicas, mujeres embarazadas, niños desnutridos, empezaron a migrar también”, dijo Lovera.

Muchos de estos jóvenes y sus familias han encontrado en el programa “Quédate en la Escuela”, un soporte determinante para continuar con el proyecto migratorio que han iniciado al salir de Venezuela.

Aliados y amigos

Más que una organización que proporciona ayuda a los jóvenes migrantes, Comparte una Vida, se ha convertido en la mano amiga más allá de la frontera que no solo se queda con ofrecer un aporte, va conociendo a cada familia, involucrando aliados para atender necesidades prioritarias como alimentación, suministro de agua potable y atención a la salud mental, entre otras.

“Le cambiamos la cara a la salud mental, pensamos que eso solo es para las personas que tienen problemas mentales y no es así porque la pandemia nos mostró que la salud mental es más importante que la física, tenemos que estar bien, estar tranquilos”.

La población proveniente de Venezuela y las comunidades de acogida en Colombia, viven bajo mucho estrés y ansiedad lo que las convierte en vulnerables. Más del 32% de los beneficiarios de Comparte una Vida, presentan algún pico de ansiedad, rabia, ira, no han sabido manejar sus emociones, explicó Lala Lovera.

“Estamos entendiendo cuales son las necesidades de las familias. Se ha podido identificar gracias a los proyectos pilotos que están siendo financiados por dos organizaciones internacionales”.

Las acciones desarrolladas por la organización están generando un espacio seguro para crear estabilidad, lo que significa que cualquier acción que atente en contra de los derechos fundamentales de los niños o atente contra su permanencia en la escuela va a recibir una respuesta de la mano de las organizaciones aliadas.

Los estudiantes venezolanos que se han beneficiado con los programas de Comparte una Vida, dan testimonio de lo importante que ha resultado tanto para ellos como para sus familias el apoyo de la fundación.

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Juntos somos más

Las acciones ejecutadas por el grupo de trabajo de Comparte una Vida Colombia, apuntan al objetivo 17 del desarrollo sostenible: “juntos somos más”, precisó Lala Lovera.

El modelo de Comparte una Vida Colombia, nació hace dos años en el colegio Frontera y está en proceso de extenderse a otras zonas de Cúcuta, Bogotá, Cartagena y donde existan aliados que puedan unirse al proyecto.

El tema de la migración venezolana en Colombia tiene que dejar el diagnóstico, se debe ir a la acción. Para qué generamos capacidades si no estamos generando oportunidades para incluir a la población a la vida activa”.

Un llamado a la cooperación internacional presente en Colombia, a las organizaciones aliadas para buscar las acciones sin daño, basadas en evidencias desde la comunidad, acciones aterrizadas en campo de la experiencia, hizo la directora del programa de apoyo a la población migrante venezolana.

“Las historias dolorosas o exitosas que escuchamos a diario, no son para darnos aplausos sino para descubrir que vamos por buen camino y la responsabilidad más grande es llevar esas voces con dignidad y el respeto a sus vidas por rutas adecuadas”.

Cada historia contada lleva impresa la solidaridad, la ayuda otorgada que en muchos casos se convirtió en el pilar fundamental para salir adelante, iluminar el camino y alimentar la esperanza de muchos jóvenes que a pesar de las circunstancias, siguen apostando a los sueños y a concretar un mejor futuro para ellos y su entorno familiar.

Todos ellos tienen una historia en común: son migrantes y han recibido una mano amiga que los ha ayudado a avanzar.

En Comparte una Vida Colombia, siempre se está apostando por el bienestar de los más jóvenes. Ahora adelantan un programa que está siendo financiado por la embajada de Nueva Zelanda, consiste en contrarrestar la deserción escolar por medio del conocimiento y apoyo a la salud sexual, reproductiva y menstrual de las jóvenes.

Por un periodo de seis meses, se ofrecen módulos para el conocimiento del cuerpo y la salud sexual. Teniendo en cuenta que la menstruación para las jóvenes provenientes de familias vulnerables, se convierte en “pobreza menstrual”.

Para estas muchachas tener la menstruación significa dar un golpe duro al presupuesto familiar, lo que provoca ausencia escolar al no tener los insumos suficientes. Para esta población se está logrando un espacio saludable y seguro dentro de la comunidad educativa por medio de aliados, puntualizó Lala Lovera.

“Queremos cerrar la brecha que existe entre la menstruación y la salud sexual de nuestras niñas y adolescentes con aliados expertos en el tema de salud sexual y reproductiva”.

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