Algunos pagan a los “bicicarga” para trasladar la mercancía que compran en Colombia. Otros, simplemente la llevan en sus hombros o sujetas a su pecho.

Prensa Frontera Viva

Si va en moto, la persona puede tardar, como mucho, 15 minutos desde el centro de San Antonio del Táchira hasta la rampa que da inicio a la trocha bautizada como “Juan Frío”, en la populosa comunidad de Llano de Jorge.

Al descender la empinada cuesta, grupos de venezolanos, dedicados al rebusque, empiezan a ofrecer sus servicios. “Le cuidamos la moto”,  gritó un joven mientras en la entrada de su casa una señora lanzaba su frase gancho: “se la cuido por 500 o 1.000 pesos, todo depende del tiempo que dure en regresar”, recalcó.

Una vez la persona decide con quien deja la moto y entra al “camino verde”, se topa con un nutrido grupo de mototaxistas. “Lo llevamos hasta las cadenas, para que no camine mucho”, profería el joven de turno al tiempo que daba la tarifa sin tantos rodeos: “son solo 3.000 pesitos”.

Algunos toman la oferta, otros simplemente deciden caminar por el sinuoso trayecto: a veces empedrado, otras veces cubierto de una arena que las fuertes ventiscas suele levantar, tapando la visibilidad y ralentizando el paso. También, en un punto en específico, se torna cuesta arriba. 

El camino, vasto y bordeado de sembradíos: yuca, cilantro, tabaco y caña de azúcar, es recorrido en 35 minutos aproximadamente.  “Aquí, cuando hay cosecha de cilantro, venden el kilo en 3.000 pesos”, aseguró una dama que surcaba la trocha en compañía de una chica que no llegaba a los 25 años. Un segundo puesto de mototaxistas se halla en los primeros 500 metros transitados.

La quietud del lugar se interrumpe con los pasos, unas veces acelerados, y otras veces fatigados, de quienes van y vienen de Colombia. De regreso a Venezuela, lo que acompaña a cada quien, varía. La mayoría viene con sus bolsas de mercados. Algunos las cargan en sus hombros, otros pegadas a su pecho. Si son pequeñas, las sujetan en sus manos.

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Además del mercado, están quienes pasan con sus pimpinas. Y es que ante la escasez de combustible venezolano, es común ver en la jurisdicción de Bolívar y Pedro María Ureña, ventas de gasolina colombiana. Se conoce por su color, un amarillo claro, “y hasta por su olor”, dicen los avezados en el tema.

Los “bicicarga” del rebusque

Ya en Colombia, en la conocida zona de Juan Frío, el mismo nombre de la trocha, hay varios “bicicarga”.  Los precios lo calculan por el tamaño de la mercancía. Una vez el cliente acepta el precio (5.000, 10.000 o 15.000 pesos), la carga es atada a una parrilla amplia que posee la bicicleta en la parte de atrás.

Quienes transitan por la zona, los consiguen a la mano. Se estacionan cerca de la entrada a la trocha. Mientras esperan un nuevo cliente, hablan entre ellos, siempre sentados bajo la sombra de un árbol o un techado, pues el calor del sector es inclemente, abrasador.

“A la orden las papas, están sabrosas”, se escuchaba a los lejos.  El flujo de gente que entra y sale de la trocha es constante. En algunas ocasiones, en grupos de tres, cuatro y hasta siete personas. También están quienes van en solitario.

“Carrito por puesto, a 3.000 pesos”

Al finalizar el trayecto de la trocha, lo primero que consigue la gente es una fila de carros por puesto, que ofrecen el trasladado hasta Villa del Rosario en 3.000 pesos. Los que desean pagar más económico, 1.800 pesos, se paran en la sombra para aguardar que pase la buseta.

Del lado colombiano, quien no pretenda moverse de Juan Frío, si solo va por mercado, puede hacer las compras en la zona. Hay varios negocios que ofrecen los artículos de primera necesidad, y la variedad se puede constatar en cada establecimiento.

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El trayecto irregular, según los propios lugareños de la zona, abre desde las 6:00 a.m. y cierra ya entrada la noche. “Se pudiera decir que esta trocha no duerme”, aseveró un vendedor de agua.

“Cruzo cada ocho días” 

Mirtha Cáceres cruza cada ocho días la trocha de Juan Frío. La dama vive en el barrio Simón Bolívar, en San Antonio del Táchira. “Aunque es algo alejado de donde tengo mi casa, prefiero ir hasta allá por la tranquilidad, nadie molesta y la mayoría pasa para comprar alimentos o por razones de salud”, indicó.

Cáceres casi siempre va acompañada. Lo hace de la mano de una sobrina, quien le ayuda a traer las cosas de regreso. “Nunca vengo muy cargada, adquiero lo necesario y me gusta ir hasta El Rosario, por la variedad en los precios”, arguyó.

La dama prefiere ir temprano. Ya a las 8:00 a.m. está arribando a Llano de Jorge. Para trasladarse hasta el lugar, usa buseta. “Hay que esperar un rato, pero llegan”, dijo mientras manifestaba la preocupación que la embargó la semana pasada cuando el representante del Gobierno nacional en la región, Freddy Bernal, anunció que redoblarían la vigilancia de los pasos irregulares.

Sin embargo, ese camino todavía registra normalidad en el paso. Por allí no caminan los connacionales que están retornando de Latinoamérica, quizá por la distancia, solo habitantes de la zona que van al vecino país a realizar sus diligencias.

Ya de regreso, la persona puede tardar otros 35 minutos para llegar hasta la rampa que da inicio y fin a la travesía.

EL DATO: Tres puentes improvisados deben atravesar los ciudadanos, quienes suelen divisar a bañistas refrescándose en los pozos que se forman.

DE INTERÉS: Las trochas La Siete y La Pampas son otros dos pasos irregulares usados. En la actualidad, registran más restricciones.

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