Tulio Hernández

Los sajones y sus descendientes americanos tienen la tentación de medirlo todo. Desde la velocidad con la que llega al guante del catcher cada lanzamiento de un pitcher en las Grandes Ligas hasta el número de veces por hora que un ciudadano promedio toma el celular entre sus manos.

Por eso en nada extraña que la cadena CBS News haya medido con exactitud el número de veces que, en el debate electoral del pasado miércoles 29 de septiembre, Donald Trump, el candidato republicano, interrumpió a su contendor, John Biden. Setenta y tres veces en total. Todo un récord.

Los latinoamericanos somos en eso un poco menos obcecados. Pero si tuviésemos la misma pulsión seguramente tendríamos una cifra descomunal de las veces que Hugo Chávez interrumpió, frente a las cámaras, a otros ciudadanos. No en debates electorales, a los que sistemáticamente se negaba, sino en reuniones cotidianas o en encuentros con otros gobernantes.

No por casualidad en una de esas, el rey de España, exasperado y perdiendo el aplomo que se supone caracteriza a la realeza, por las veces sucesivas que el entonces presidente venezolano interrumpía a Aznar, el presidente español, le espetó: “¡Por qué no te callas!”. Y Chávez, por fin, quizás porque su ADN colonizado se doblegó pavlovianamente ante la sangre azul del borbón, no solo acepto el regaño sin chistar, sino que, milagrosamente, hizo silencio.

En ese sentido las mediciones pueden ser útiles. Un “índice de interrupciones por encuentro” por ejemplo, nos sirve, como en el debate presidencial estadounidense, para identificar los niveles de impertinencia, patanería, irrespeto a las normas y mala educación que definen a un personaje público. Y en estas categorías tanto Trump, aún vivo pero enfermo de Covid, como Chávez, que descansa no sabemos si en paz, son auténticos paradigmas del irrespeto y la desconsideración. Dos atorrantes.

Quizás Hugo Chávez, en orden cronológico, no haya sido el primero. Pero desde que arribó al poder en la clausura del siglo XX, y luego lo siguió Putin, a los venezolanos se nos hizo visible que una nueva estirpe de líderes políticos y de gobernantes estaba ganando elecciones presidenciales.

Demagogos con audiencias ávidas de que les mientan. Populistas prometiendo lo incumplible. Amorosos y galantes con quienes les siguen, despectivos y crueles con sus adversarios. Irrespetuosos de las normas y desconsiderados en el trato de los demás. Dueños de una petulancia extrema y supremacía moral: “águila no caza moscas decía” Chávez, los puertorriqueños son sucios y pobres, dice Trump. Machistas impenitentes: “Si era famoso, puedes coger a las mujeres por el coño” le grabaron a Trump. “Esta noche te daré lo tuyo”, le anunció una tarde del 2001, en un mitin multitudinario,Chávez boconamente a su esposa María Isabel. Son la estirpe de los Atorrantes del siglo XXI.

Uno tras otro: Chávez en la desgraciada Venezuela, Putin en Rusia, Correa en Ecuador, Trump en Estados Unidos y la guinda fue puesta cuando entró en escena Bolsonaro. El atorrante carioca. Militarista. Racista. Depredador del Amazonas. Homofóbico y defensor de la pena de muerte sin juicio previo.

En este peculiar club, del que se puede formar parte independientemente de la ideología –hay atorrantes de derecha y atorrantes de izquierda– el rasgo decisivo es una profunda vanidad, un gran descreimiento en las instituciones, y un odio casi visceral por la prensa libre, que hace comportarse a sus miembros egregios, en vez de estadistas, como Hooligans.

Si la patología conductual fuese solo un asunto de personalidades y normas de etiqueta no habría problema alguno. Pero resulta que estas conductas van acompañadas, a la vez que son síntomas, de una tendencia clara de estos gobernantes a desconocer las normas de convivencia, violar la institucionalidad, saltarse por capricho los muros de contención que regulan el ejercicio del poder y garantizan la democracia. Son una amenaza. Cortados con el mismo molde.

Chávez, cada vez que se acercaba un proceso electoral, decía amenazante: “Recuerden que esta es una revolución pacífica pero armada”. Putin se carga a sus adversarios sin titubeos, a tiros a unos, mediante  pócimas venenosas, a otros. Correa nunca titubeó al perseguir sin piedad ni pudor a la prensa que cuestionaba sus decisiones. Bolsonaro desde los tiempos de campaña hizo una defensa activa de la dictadura brasileña y en su alto tren de gobierno ha nombrado doce ministros militares. Y ahora Trump amenaza con desconocer los resultados electorales si llega a perder en las próximas elecciones presidenciales de los Estados Unidos de América.

La decimonónica clasificación heredada de la Revolución francesa entre derechas e izquierdas ya no explica nada. Más se parecen en su actuar cotidiano Bolsonaro y Maduro, izquierda y derecha, que Hugo Chávez y Obama, supuestamente de izquierda ambos, o Trump y Ángela Merkel, supuestamente de derecha los dos.

Cuando en septiembre de 2008 apareció la primera edición de Cómo mueren las democracias, el libro de Steven Levitsky y Daniel Zaiblatt, me sorprendió que las frases con las que se iniciaban sus poco más de trescientas páginas fueran: “¿Está la democracia estadounidense en peligro?”.  Una pregunta que nos resultó exagerada, algo que pensábamos jamás escucharíamos”.

Dos años después, mientras vemos a Trump oficiando su falta de ética en el debate con Biden, y amenazando con una suerte de golpe de Estado si pierde las elecciones, constato que la pregunta de Levitsky y Zaiblatt no era para nada descabellada. Ni para los Estados Unidos ni para el mundo occidental en general. De la venezolana solo quedan ruinas precoces. De la rusa, igual. Turquía ya es una dictadura. Y Nicaragua también. Los atorrantes crecen y se multiplican al mismo tiemo que las democracias se reducen en el hemisferio.

Si nos ponemos rigurosos no deberíamos dejar fuera, no a Daniel Ortega, el títere, sino a Rosario Murillo, la Cruela de Ville hecha de bananos, para que la lista de atorrantes quede completa.

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