Por Tulio Hernández

El chavismo ya no puede caer más bajo. Ha sobrepasado todos los territorios de la degradación moral. Ha violado flagrantemente la Constitución una y otra vez. Y todos los derechos humanos posibles. Como lo demostró fehacientemente el año pasado el Informe Bachelet.   

Ha entrado en el terreno de la delincuencia, el secuestro, el asesinato, la tortura, la extorsión y la intimidación de sus adversarios políticos. Ya ni siquiera guarda las formas. No pierde tiempo en simulacros. Como los asesinos en serie, hacer rato que cruzo la línea del mal y su psiquiatría patológica está embebida de sangre. Auto hipnotizados por el esfuerzo de mantenerse en el poder sin alternancia, no mira hacia los lados. Como Lady Macbetch, el asesinato es su bandera.

Mientras Hugo Chávez, con el apoyo de los altos precios del petróleo,  lograba mantener el fervor de las masas, el chavismo jugaba a lo que muchos denominamosneo autoritarismoo totalitarismo del siglo XXI. Un régimen híbrido que apuntaba al control político total, como las dictaduras, o como los estatismo comunistas, pero manteniendo la máscara democrática que ocultaba el rostro autoritario. 

Utilizando ventajistamente todo el aparato de Estado a su favor, se daba el lujo de convocar a elecciones en apariencia libres y las ganaba cómodamente. Permitía el funcionamiento de los partidos opositores. Hostigados, acosados, intimidados judicialmente, inhabilitando a sus lideres, es verdad. Pero aún funcionaban con cierta libertad.

Hasta que la realidad fue mostrando un creciente deterioro de la calidad de vida colectiva, las ofertas retóricas de un mundo mejor y una sociedad mas justa y equitativa no pasaban de ser eso: ofertas. Retórica. La corrupción se fue haciendo cada vez mas notoria y el prestigio del Comandante en jefe fue cayendo al mismo ritmo que los precios del petróleo.

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En las últimas elecciones presidenciales, 2012, cuando compitió contra Henrique Capriles, ya no era el hombre que ganaba cómodamente y aumentaba en cada nueva elección la diferencia con sus adversarios En el 2006 había sacado 26 puntos porcentuales por encima de Manuel Rosales. Pero en el 20012, esa ventaja se redujo a 10 punto de diferencias. Había perdido 16% de electores.

La caída del chavismo en el favor de las masas  había comenzado. Y ya era imposible detenerla. La muerte del líder aceleró el proceso. En las elecciones presidenciales donde compitieron Henrique Capriles y Nicolás Maduro se produjo un empate del que Maduro, Tibisay Lucena de por medio, salió victorioso por una mínima diferencia. Maduro, 50.61%, Capriles 49.12%. Poco más de un 1 punto porcentual de diferencia. 

Hasta que en el 2015 llegó la debacle roja en las elecciones legislativa. 

Ese año las fuerzas de la resistencia democrática lograron un triunfo contundente. La oposición obtuvo  la mayoría absoluta del Parlamento y el chavismo quedó convertido en minoría. Entonces el neo autoritarismo llegó a su fin. La máscara democrática que ocultaba el rostro autoritario se cayó al piso. Y el gobierno de facto entró en escena. 

El simulacro de gobierno constitucional se hizo insostenible. Y el secuestro del Parlamento; la creación de la espuria Asamblea Nacional Constituyente para sustituirlo; las elecciones presidenciales espurias de mayo 2017; la inhabilitación de los partidos; el encarcelamiento arbitrario de Leopoldo López, Antonio Ledezma y centenares de otros dirigentes y autoridades electas en cargos públicos; las torturas y asesinatos de militares y civiles acusados de sedición, dejaron claro que habíamos entrado de lleno en un gobierno de facto.

Más de cincuenta países desconocieron a partir de enero de 2018 el gobierno de Maduro y reconocieron como presidente interino, a quien la constitución establece en caso de vacío de poder, al Presidente de la Asamblea Nacional. Y desde entonces Venezuela ha vivido en la paradójica situación de tener dos presidentes. Uno ilegal, inconstitucional, pero apoyado por las Fuerzas Armadas Nacionales convertidas en guardia pretoriana. Y otro, legal, constitucional, pero no reconocido por las Fuerzas Armadas, lo que le impide el ejercicio pleno del poder.

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Pero ahora, el día 5 de diciembre, cuando la Constitución ordena la elección de la nueva directiva de la Asamblea Nacional, las armas de la Guardia Nacional, desconociendo a los legítimos representantes que el pueblo eligió, han impedido la entrada al Palacio Federal de Juan Guaidó, presidente de la Asamblea y Presidente interino de Venezuela, y al resto de los representantes populares que representan la resistencia democrática. Fusiles contra votos. Otra vez.

De nuevo, a través de una operación delicuencial, y una descarada compra de la voluntades de un pequeño grupo de parlamentarios electos en las listas de los partidos democráticos, el partido de gobierno ha conducido una macabra operación, desvergonzada, burda y bufa,  que siembra caos, intenta despojar al parlamento legítimo de sus sede constitucional.

Por suerte, en una estrategia que ha resultado exitosa, la mayoría de la Asamblea Nacional no se dejó intimidar. Sesionó fuera del Palacio Federal y, con una mayoría evidente e incuestionable, logro instalarse como manda la Ley y reiterar a Juan Guaidó en la presidencia.

En martes 7, en una jornada valiente, heroica los cien diputados que conforman la mayoría legítima, los que nos se han vendido a los dólares del chavismo, recuperaron el Palacio Federal. Es un acto esperanzador. Porque insistir en mantener la vía democrática, seguir haciendo política mientras sea posible, es un camino indispensable. Esta derrota de la operación “Alacrán” es un pequeño aliento de esperanza en medio del infortunio.

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