Hace casi un año el gobierno colombiano aseguró que era cuestión de horas la salida de Nicolás Maduro, el ingreso de la llamada “ayuda humanitaria” causaría un efecto dominó en el que los militares, la población, la sociedad en su conjunto presionarían para ponerle fin a la dictadura chavista, dando paso a la reconstrucción de Venezuela. Muchas horas han pasado y el gobierno de Maduro se sostiene en el poder, sacrificando a la población y trasfiriendo la responsabilidad de la emergencia humanitaria compleja a las sanciones internacionales, y a pesar de los esfuerzos de la oposición por reposicionarse internacionalmente hoy es poco probable un cambio en el corto plazo.

Maduro juega al desgaste tanto de la oposición, como de sus aliados, prolonga en el tiempo la situación de “empate catastrófico”, donde él cada vez tiene menos capacidad de ejercer el poder y gobernar, pero cede espacios a la criminalidad, trasfiere los costos a la población y espera que la capacidad de resiliencia de los venezolanos normalice el desastre, logrando adaptarse a una situación de zozobra constante en la cual sus adversarios no consiguen derrotarlo.

Internamente juega a la división de la oposición. Mientras Guaidó se esforzaba por lograr el reconocimiento internacional como líder único de la oposición, el chavismo reconocía a Luis Parra como presidente de la Asamblea Nacional y validaba su rebelión de las regiones como una división interna entre la cúpula de la oposición que se mueve internacionalmente, pero que está desconectada de las bases y la Venezuela profunda. Incluso no se puede descartar que el oficialismo esté detrás de las concentraciones que Parra exhibe por sus redes sociales, con camisetas y banderas particularmente nuevas de Primero Justicia.

Mientras paralelamente le da protagonismo a los opositores que hacen parte de la denominada “mesita de negociación” y hasta los sienta con el canciller ruso Sergueï Lavrov, buscando darles algún tipo de reconocimiento ante la baja representatividad que tienen en los sectores opositores, pero a los cuales puede instrumentalizar como adversarios en las elecciones de Asamblea Nacional, que se deben celebrar a finales de este año.

Así mismo, el chavismo continúa en el proceso de carnetización del Partido Socialista Unido de Venezuela -PSUV- y prepara la maquinaria para extorsionar a la población y garantizar su voto, realiza un trabajo de base replicando algunas de las estrategias que implementó en el 2017, y persigue cualquier posible preparación de la oposición ante un escenario electoral.

Internacionalmente el discurso del chavismo se presenta como víctima de la persecución de una derecha irracional liderada por Trump, Duque y Bolsonaro, que le permite granjearse el apoyo de una izquierda romántica que lee el mundo en blanco y negro. Logrando así, que Maduro se refugie en la permisividad o el silencio de las izquierdas latinoamericana y europea, que, con tal de distanciarse de Trump, terminan justificando y hasta apoyando la dictadura chavista y repitiendo sus argumentos. Al final, uno de los grandes problemas de la oposición venezolana son sus propios aliados, no todos los enemigos de mi enemigo, pueden ser mis amigos.

En la relación bilateral con Colombia, juega a deslegitimar la democracia colombiana y aprovecha la debilidad del gobierno del presidente Duque y su incapacidad para resolver la tensión social de un país en proceso de transformación que demanda cambios. Mientras la sociedad colombiana identifica a la corrupción como su peor problema, instrumentaliza a la excongresista Aida Merlano para socavar la institucionalidad democrática y política del país. Y aprovecha que el uribismo secuestró el tema migratorio, que el centro carece de discurso en la materia, y que la izquierda petrista promueve la xenofobia para instrumentalizar la crisis migratoria, mientras succiona dólares de la economía y se vale de la irregularidad en la frontera para sobrellevar las sanciones internacionales.

Pasan las horas, los días, los meses y hasta los años, y el mundo se empieza acostumbrar a una Venezuela colapsada, hundida en una emergencia humanitaria compleja y prolongada, y con la que, para final de 2020, será la mayor crisis migratoria. El retroceso democrático en Venezuela es advertencia para las débiles democracias latinoamericanas que creían superado el pasado autoritario, y lo peor del caso es que nuevamente empieza a crecer el ruido de los que justifican una salida por la fuerza.

Sin embargo, y a pesar del oscuro panorama, en su afán por sostenerse Nicolás Maduro empieza a abrir espacios de oportunidad, como la solicitud de reapertura de relaciones consulares que el gobierno colombiano dejó pasar. ¿Las elecciones para Asamblea Nacional, con acompañamiento internacional de la Organización de Naciones Unidas y la Unión Europea, es una oportunidad que dejará pasar Guaidó?

Ronal F. Rodríguez

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