@ArmandoMartini

El Viejo Testamento, narra cómo Dios envió plagas aterradoras para castigar a los egipcios dada la perversa testarudez de su Faraón en no dejar libres a los hebreos. Así como hoy, fanfarrones niegan libertad a los venezolanos. 

Fue Dios quien escarmentó a Ramsés II, al no obedecer sus órdenes transmitidas por Moisés. La chulería política, presuntuosa e insolente se cree todopoderosa, pero se sabe en su postrimería. De repente en las cercanías apareció quien los ve como cucarachas repugnantes e indeseables, que no las aplasta, aunque fuerte y gritón teme a su propio dios; el fantasma difuso, confuso pero real y poderoso, llamado Opinión Pública.

Precisan tiempo para organizar, conscientes que no poseen la fuerza ni habilidad para evadir la persecución implacable de la justicia. Aguas enfurecidas amenazan con desbordamientos sin que puedan siquiera nadar. Afirman cruzarán, pero la mayoría conoce su alarde, son aguajeros, aunque persisten inventando, ocultando y disimulando el pánico de ahogarse. 

Como al porfiado Faraón egipcio, Dios lo sancionó con desgracias que el monarca no sabía ni podía evitar; similar al patiquín con problemas existenciales y serviles lacayos desconcertados, en vez de recibirlas como advertencias, reprimendas, las profundizan. Los pedantes enceguecen, se ponen lerdos cuando los sorprenden maldiciones no controladas e implantadas por ellos. 

Anda mal la sede oficial del socialismo del siglo 21, pocos saben su significado, pero lo perciben como la madre de las tragedias cuando miembros de los poderes electoral, judicial, moral, ejecutivo y legislativo, están siendo investigados por el imperio lejano pero vigilante, ubicados en una lista de actividades ilícitas que deshonra. Claro indicador de toxicidad que algún fumigador espontáneo podría purificar. En la firmeza de la potencia como en otros reinos están advertidos, no ingresaran, presionaron el botón de alerta e instalaron la cuarentena. 

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Señal espantosa por las secuelas y consecuencias de la plaga siglo XXI, que otros miembros de la casa, encargados de los diversos asuntos que interesan al palacio faraónico como acumular denarios y riquezas, vigilar, manejar millones de esclavos tiranizados, proteger al reino de hostiles enemigos como hititas, marines y filisteos, cometen infracciones a la vista y hasta alguno podría enseñarle vías clandestinas para salvarse. De todo hay en la viña de Osiris, dios de los infiernos.

Las aguas del Nilo se convirtieron en sangre por voluntad de Dios. Las calles venezolanas se tiñeron de rojo, gases y violaciones a los derechos humanos por órdenes del presuntuoso fanfarrón. En Egipto sucumbieron peces, en Venezuela murieron jóvenes.

Angustiados, tienen miedo, pero convencidos de componer entuertos. El mundo está al corriente que ni pueden ni saben, pero tratan y desesperan. Sin embargo, los desastres continúan y nada logran. Cruzan mares para visitar, consultar, recibir órdenes; y también, delirantes, solicitan inspiración del huésped depositado en su sepulcro. Los difuntos no hablan, aunque en vida se sintieran dioses.

En el patio trasero, los azotes se extienden, ninguno parece tener el remedio para la cura. Reunieron una colección de súbditos manejables obedientes para que se les ocurra algo -fieles garrapatos automáticos que tallan en barro y aprueban-, afirman que ahora sí, el reino está bajo control y todo irá de maravilla. 

Mientras enjambres de enchufados cómplices y nocivos depredadores consumen todo a su paso, nada dejan. Sapos hurgan en la basura, croando estolideces para parecer eficientes. Rufianes, bandoleros, que roban, ocultan para ellos y sus crías. Liendres oportunistas que emponzoñan, infectan, pican y dejan marcas; sin contar el bichero importado desde territorio comunista allende el proceloso mar.

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Aparecieron moscas mentecatas que afirman enfrentaran poderíos que, según, enviará el leviatán, pero mientras se preparan, contaminan y engullen desechos. Así está el protectorado, consternado, abarrotado de suciedad, enfermedades, desesperación y miseria, justo lo que intendentes dóciles querían encubrir, ocultar. Pero los habitantes se hartaron de dar tiempo, confiar, ser engañados y burlados. Decidieron fumigar con pesticida a sembradores y reguladores.

Arribó la turbulencia final que afecta a todos, que llena de terror a regentes y al profano fanfarrón. La tormenta perfecta, que estremece, deja desnudos, jamaquea sin consideración ni piedad a corruptos, encubridores, testaferros y cooperantes ricamente acicalados, que barre con gases y amenazas, ensordece, deja ciegos y neurasténicos a las defensas pretorianas.

Súbditos despertaron de su letargo ilusorio, y trasmutaron en ciudadanos, son el verdadero torbellino, furiosos contra el castrismo venezolano, que no sólo ha sido un perjuicio por sí mismo, sino porque representa calamidades que nos han dejado sin calidad de vida, hambrientos, enfermos, inseguros, sin trabajo y más grave aún, sin futuro.

Entretanto, a pesar de sirios y troyanos, la libertad tiene en su poderío lo que Ramsés II no poseía para combatir plagas: insecticida y plaguicida que comienza a rociar, sólo que no paraliza sistemas nerviosos de insectos, gorgojos, sabandijas, alimañas, larvas, sino que actúa directamente en sus bolsillos y finanzas, donde de verdad les duele y los atormenta. 

Y como los hebreos al final los venezolanos seremos libres.

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