Tulio Hernández

“No es bolivariana. Va a ser venezolana. Y será incontenible”. Eso es lo que comenta, con certeza convincente, un buen amigo con quien converso a través del WhatsApp. Él en Venezuela. Yo acá en Colombia.

Mi amigo alude a la palabra “furia”. Utilizada en las recientes amenazas televisadas proferidas por Maduro, en las que promete desatar una especie de Caravana de la muerte II o una Noche de los cuchillos siglo XXI.

El tirano narco anuncia una estrategia de persecución implacable, intimidación, castigo y si es necesario –así lo sugiere– eliminación de sus adversarios políticos con el pretexto de que persigue “terroristas” involucrados en la intervención militar que, según él, planifican los Estados Unidos y sus aliados –europeos y latinoamericanos– para poner fin a su dominio. “Después no lloren por las redes”, agrega con gesto despectivo. Mientras llegan de los gringos los presos servirán rehenes.

“La furia bolivariana”, ha llamado la operación intimidatoria que raya fachadas y deja mensajes de muerte en las viviendas de los opositores. Tratando de jugar adelantado, en un acto más de la guerra sicológica a la que nos tienen acostumbrados, Maduro y sus laboratorios intentan apropiarse de la palabra “furia” para designar lo que en realidad, entre más días pasan, no son más que coletazos últimos de una fiera acorralada. Respuestas represivas, sin inspiración “ideológica” alguna, de un contingente de matones a sueldo.

Porque en eso se han convertido Maduro y la menguada cúpula de militares y civiles militarizados que lo acompaña en los últimos años, desde que su gobierno perdió el reconocimiento de la comunidad democrática internacional. Y desde que el cerco diplomático emprendido por esos países se va cerrando sobre su cuello como una horca en cámara lenta.

Ya no son un equipo de gobierno. Ni un tren ministerial. Ni siquiera un grupo de trabajo. Su cúpula, en donde ya son mayoría los fugitivos de la justicia internacional, es solo un aparato forajido que dedica y concentra toda su energía y recursos, digamos también que sus destrezas, no a vivir sino a sobrevivir.

No a gobernar una nación, sino a defenderse de un acoso. No a desarrollar un proyecto, sino a impedir a toda costa ser desalojado del poder. Como esos ejércitos moribundos, sitiados por el enemigo, que no se deciden a rendirse y hacen la guerra innecesariamente interminable y cruenta para los pobladores donde ocurre.

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El que capitanea Maduro, con la asistencia de Diosdado Cabello, ya no es un comando político que dirige un proyecto. Menos una revolución. No es siquiera el piloto de una pequeña aeronave conducida con la gracia y la esperanza de quien tiene un plan de vuelo y sabe a dónde y cómo quiere llegar. Con etapas definidas y logros determinados. Unos montos en crecimiento económico inter anual, aquí. Otros en producción petrolera, allá. Y, otros, aunque sea aproximados, en camas de hospitales o en aulas y cupos escolares, más allá.

Imposible. Fijarse metas está fuera de su alcance. Ya ni siquiera en su retórica alucinada Maduro y sus aliados son capaces de decir fanfarronerías como las que desgañitaba el Comandante Eterno en medio de una de sus borracheras de aplausos y vítores: “¡En una década más seremos una potencia mundial!”,“¡En el dos mil tanto eliminaremos para siempre la pobreza de la faz de nuestro territorio!” o “vamos sin pausa por el camino de la independencia nacional”.

En los más recientes rounds lo único que lograr balbucear, como quien trata de emitir un grito feroz pero le sale un quejido lastimero, es “¡No podrán con nosotros!”. Y lo repite: “¡No podrán con nosotros!”, “¡No podrán con nosotros!”. Cada frase pronunciada, una tras otra, con el aire escaseando en los pulmones y una octava menos que la anterior.

Por eso es que el término ya no les funciona. La Furia, así con mayúscula, está en otro lado. La furia se mudó de campo y ahora está encapsulada en el corazón de las víctimas no de lo victimarios. De los violados, no de los violadores. De los expropiados de sus bienes. De los torturados y los moribundos. Y de sus familiares. Y, sobre todo, allá en el cuarto oscuro de la mirada del venezolano emigrante que ahora, en medio de la epidemia del corona virus, regresa forzado, derrotado y adolorido por el sufrimiento, al mismo país del que tuvo que huir víctima de una estafa que le prometió el mar de la felicidad y lo terminó llevando a los océanos hirvientes del infierno.

La furia, la rabia, la ira, el ensañamiento, la vendetta acumulada por años, viaja a pie, en autobús, en avión. O en barcos, portaviones y hospitales flotantes amados de artillería que atraviesan el atlántico desde el norte de América o de Europa central.

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Maduro ya no es un presidente. Es una maquinaria de miedo y extorsión. Porque la bestia herida se ha hecho ahora más peligrosa que nunca y como en las películas cuando el padrino de la mafia está iracundo y acusa golpes bajos, sale de cacería y se ensaña.

Todos los días alguien va preso a manos de la policía política. Un periodista que informó sobre un caso de la enfermedad no reportado oficialmente. Un enfermero que denuncia la ausencia de mascarillas protectoras y de servicio de agua, en el hospital donde labora. Un empleado de la Asamblea Nacional de mayoría opositora que tuitea una opinión sobre la mala gestión de la epidemia. El gerente de un hotel que le da albergue, absolutamente legal, a diputados de la resistencia democrática. Un familiar o un miembro del equipo cercano del presidente Guaidó. Todos los días.

Pero ya no hay salida para la bestia herida. Puede resistir aún más, como hasta ahora. Siempre sobreviviendo. A la defensiva. Gracias a la respiración artificial de las armas del ejército pretoriano. Así lo hizo el dictador Somoza por largos últimos años en Nicaragua. Resguardando en su búnker para protegerse del fuego cruzado del FSLN. Hasta que un día voló por los aires de la República del Paraguay.

Ya no se vislumbra mucha gente heroica dispuesta a inmolarse por su líder. La furia venezolana tiende a mantenerse en el tiempo. Resiste. Sobrevive a víctimas y victimarios. Y no necesariamente se desatará en barbarie. Como la que terminó con los cuerpos de Mussolini y su mujer arrastrados y ahorcados por las calles de Roma. Puede tener un final civilizado, una transición pacífica, como la que le correspondió al franquismo. Sin violencia.

Puede terminar en una muerte humillante como el destino de Gadafi en Libia. O ser salvado por la campana como el general Pinochet y morir en su cama igual que Juan Vicente Gómez. Nadie sabe cómo será, pero la furia –acendrada, masticada, memoriosa– no terminará hasta que no termine. Ojalá y en justicia. O en aquella frase del Informe de la Verdad argentino: “Perdonar sí, olvidar no”.

Viene al caso aquella especie de chiste con la que comienza y termina una película francesa de 2019 titulada Los miserables.Uno de los protagonistas lo cuenta en off. Más o menos así: “Alguien que cae de un edificio de 50 metros repite una y otra vez mientras va en el aire “hasta ahora toda va bien”, “hasta ahora todo va bien”. El problema es cuando se estrelle contra el piso”. Ese es el chiste.

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