El chavismo y el orteguismo, que no es igual al sandinismo originario, han terminado convertidos en una especie de leprosos siglo XIX que amenazan de contagio todo lo que tocan. De haber sido en sus orígenes movimientos políticos inspiradores de la posibilidad de construir sociedades más prósperas, justas, democráticas y equitativas han terminado construyendo países Frankenstein. Sociedades represivas. Hipertrofiadas. De cabeza deforme y rostros sembrados de cicatrices que delatan su inmensa capacidad para violar los derechos humanos mas elementales. 

Hay algo en común en los personajes que han conducido ambos procesos: el militarismo. Son hombres de uniforme que no conocieron otro registro que la voz de mando sin derecho a réplica. El de Hugo Chávez, formado en la academia militar venezolana que, desde su fundación, ha tenido un núcleo de oficiales golpistas. Y el de Daniel Ortega, gestado en la lucha guerrillera contra la dictadura de Somoza y en la guerra civil que, por su obstinación totalitaria y el guerrerismo del gobierno Reagan, desoló a Nicaragua a finales de la novena década del siglo XX. 

Por esa vía, chavismo y orteguismo se han convertido en un lastre y una condena para la izquierda democrática latinoamericana. Tanto, que una revista como Nueva Sociedad, auspiciada por la socialdemocracia alemana, a quien nadie puede acusar de ser vocera de la derecha, o del “Imperialismo”, han terminado abriendo sus páginas a textos abiertamente cuestionadores de ambos experimentos totalitarios. 

“Venezuela acabó por ser un peso político para las izquierdas” afirma Pablo Stefanoni en un artículo titulado “La izquierda latinoamericana frente a Venezuela”, publicado en la edición de febrero de la revista auspiciada por la Fundación Friedrich Ebert. En ese texto el autor desarrolla dos argumentos para explicar por qué el legado de Hugo Chávez ha sido un factor decisivo para la pérdida de credibilidad y el extravío ideológico de la izquierda en la región. 

El primer argumento es que el chavismo se convirtió en una especie de coronavirus de la política latinoamericana. El viejo truco de “ahí viene el lobo”. Si votas por la izquierda terminarás como Venezuela, ha sido la amenaza básica de las campañas electorales de las derechas.

Para poder ganar las elecciones, Ollanta Humala, en Perú, y López Obrador, en México, tuvieron que abjurar de sus simpatías chavistas. Y, a pesar de que a última hora Gustavo Petro también lo hizo en Colombia, la fórmula mágica que puso a ganar a Iván Duque fue la consigna «Petro traerá consigo al castrochavismo».

Uno a uno fueron cayendo los protagonistas de la llamada “marea rosada”. A Zelaya en Guatemala lo sacaron de juego los mismos militares que lo habían llevado al poder. Fernando Lugo fue destituido en 2012 en Paraguay luego de un controversial juicio político. José Ignacio Lula Da Silva terminó preso. Dilma Rousseff igual fue expulsada del poder. Rafael Correa convertido en prófugo de la justicia del Ecuador. Igual que Evo Morales a quien la derecha boliviana le está aplicando los mismos métodos que el chavismo administra en Venezuela contra los opositores. 

La derecha chilena con Piñera al frente desplazó a Bachelet. Cristina Kirchner se salvó de la cárcel gracias al peronismo intravenoso inscrito en el ADN político de la Argentina. Y, por si fuera poco, el Frente Amplio, la izquierda uruguaya, una izquierda indudablemente democrática, pero cómplice de Ortgea y Maduro, luego de 15 años en el gobierno acaba de perder las elecciones de mano del candidato de la derecha Lacalle Pou.

Pero el segundo argumento de Stefanoni es más importante. Tiene que ver con la incapacidad de las izquierdas para haber desarrollado antídotos analíticos que dieran cuenta rápidamente de que el proceso venezolano se había ido alejando a gran velocidad de la promesa de construir un socialismo democrático para convertirse en, cito textualmente, “un sistema crecientemente ineficiente y poco pluralista, y las semillas militaristas que contenía desde el comienzo, terminaron por capturarlo”. 

Es así. El chavismo construyó un modelo político totalitario, corrupto, moralmente degenerado, aliado de los capitalismos salvajes de Rusia y Turquía, y de la teocracia iraní, que nada, o poco, tienen que ver con un pensamiento occidental de izquierda democrático.

Pero la solidaridad mecánica de muchas izquierdas de la región, ancladas en un esquema de la guerra fría, o enamoradas de los petrodólares que recibían, les impidió ver lo que estaba ocurriendo y terminaron haciendo de alcahuetas de uno de los más espeluznantes fenómenos de violación de los derechos humanos desde los tiempos de Pinochet y Galtieri, y de uno de los procesos de destrucción de una democracia joven, un aparato productivo y una boyante industria petrolera como nunca antes había ocurrido en América Latina.

En el prólogo de un libro de obligatoria lectura para quienes todavía se asumen como “progresistas”, La izquierda como autoritarismo en el siglo XXI, Gisela Kozak, una de su compiladoras, dejó caer esta idea fuerza: “Una izquierda acorde a las exigencias de nuestro tiempo podría crear un contrapeso a una derecha que (…) ha intentado imponer una agenda cultural conservadora. Por ello es indispensable que América Latina tenga una izquierda democrática. Pero, lamentablemente, la región está lejos de tenerla”.

De haber sido las víctimas de la represión obscena –la de las dictaduras militares sureñas de los años 70 y 80 del siglo XX apoyadas por los Estados Unidos– la izquierda latinoamericana se ha convertido en el baluarte de los gobiernos más represivos del siglo XXI. 

Para ser honestos habría que denominarla así: la izquierda Pinochet.

Por Tulio Hernández

1 COMENTARIO

  1. Excelente artìculo de Tulio Hernàndez que explica con sencillez la tragedia ocurrida en Venezuela y sus repercusiones en el pensamiento polìtico de Amèrica Latina

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