Sofos de Mileto

Desde que el ser humano tuvo conciencia de que podría disfrutar de la libertad, esta esencia suya ha sido deliberada por múltiples disciplinas. Paradójicamente, no poseemos libertad para decidir estar en esta vida, en un tiempo determinado del transcurrir de la humanidad. Pero una vez que hemos sido concebidos y estamos aquí y ahora, comienza todo un proceso en el cual la libertad actúa en diversas formas, determinando nuestra existencia.

Nacemos programados biológicamente, con un código genético que porta muchos aspectos que definirán nuestro provenir. Somos una especie que vive y convive con otras. Sin embargo, hay algo que nos diferencia con los demás seres, y es que como humanos tenemos la capacidad de elegir y hacerlo consciente de sus efectos. Ello va configurando una secuencia de nuestras acciones. Y con ello también activamos otros procesos, que son comportamientos no innatos. Con el cerebro, donde nacen nuestros pensamientos que luego van a incidir en nuestro proceder, podemos elegir, improvisar y hasta innovar. Comienza en este complejo mundo neuronal de la cabeza la posibilidad de conocer, de razonar, de deliberar, de valorar y de decidir. Y aparte de eso, nuestro cerebro es la memoria, el almacenamiento de la información sobre nuestras experiencias que surgieron de nuestras acciones. Entonces, como una primera conclusión, estamos programados como seres, y como humanos podemos ir configurando nuestra realidad con las acciones, para ir dando forma a nuestro mundo. Como quien dice, el hombre piensa y con libertad se supone que elige actos que dirigen su vida.

La libertad de elección es algo que supone los actos de la deliberación y la decisión, lo cual permite que el ser humano pueda tener la libertad para escoger y llegar a la felicidad. En este sentido, se involucra en la toma de decisiones correctas o incorrectas; es decir, como seres humanos tenemos la obligación de entrenarnos en el camino correcto y escoger el camino del bien y la rectitud. También, tenemos la obligación de no sólo pensar en nosotros mismos y en nuestro bienestar personal, cuando elegimos el camino de nuestras vidas, sino que debemos preocuparnos por lo que nuestros pueblos o sociedades necesitan para llegar a su cometido.

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En la sociedad actual se habla de una seria de libertades, tales como: libertad de conciencia, pensamiento, expresión, elección, ideas, acción. Es cuando se recuerda que la libertad nació como un privilegio, y así parece que ha seguido siendo tratada. En la era antigua libres eran quienes no estaban sometidos a esclavitud o los ciudadanos de la polis que no se manejaban bajo el arbitrio de otros. Con la libertad se hacía referencia a la ausencia de coacciones de algún agente con poder. La palabra libertad también se ha usado para señalar derechos políticos y económicos, o para distinguir determinadas naciones del mundo sometidas a una ideología o a una forma de producción y distribución de bienes y servicios.

En el campo religioso una de las vinculaciones más fuertes que ha tenido la libertad ha sido con la escogencia del bien y el mal, de acuerdo a las leyes divinas. Según el Deuteronomio, Moisés advirtió a su pueblo: “Miren, hoy les doy a elegir entre la vida y el bien, por un lado, y la muerte y el mal, por el otro. Si obedecen lo que hoy les ordeno, y aman al Señor su Dios, y siguen sus caminos, y cumplen sus mandamientos, leyes y decretos, vivirán y tendrán muchos hijos, y el Señor su Dios los bendecirá en el país que van a ocupar. Pero si no hacen caso de todo esto, sino que se dejan arrastrar por otros dioses para rendirles culto y arrodillarse ante ellos, en este mismo momento les advierto que morirán sin falta, y que no estarán mucho tiempo en el país que van a conquistar después de haber cruzado el Jordán.”

Pero la libertad también establece diferencias en lo social y en lo político. Porque la libertad en unos casos une y consolida y en otros divide y separa. Parece que obtiene adeptos según sus fines. Atrae con su presencia o ausencia. Y en cualquier caso refleja contrastes entre lo bueno y lo malo, lo procedente y la contraproducente. Y el meollo del asunto es saber encontrar qué incentivos la mueven o la alejan. Pero lo cierto es que la libertad no solo es un ideal. Ella genera acciones y obras. Va dejando su marca, su camino, sus pistas. En lo social y en lo económico establece clases, formas de producción y niveles de desarrollo. En lo jurídico y en lo político la libertad nos vuelve dependientes y vulnerables. Porque si bien se toman decisiones que van más allá del bien y el mal, muchas de ellas generan consecuencias a raíz de la libertad de elegir. Somos soberanos en una concepción republicana, pero acordamos autorizar a nuestros representantes para que regulen nuestras libertades, algunas veces potenciándolas, otras veces limitándolas.

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El problema está cuando las instituciones configuradas en el marco del consentimiento regulatorio de la libertad se tornan rígidas y autoritarias, lo que restringe aquella creación, innovación, rastro u obra que permite esa libertad.

La justificación siempre aparece. Es que en el contexto político se debe organizar y distribuir la libertad humana, porque no podemos hacer todo lo que queremos sino lo que podemos y permiten las reglas. Y a pesar de ello, por mucho que se quiera imponer condiciones a la libertad, se encontrarán diferencias entre los realmente libres y los que están sometidos, así sea en la práctica. Y en algunos casos aquella premisa según la cual tu libertad llega hasta donde comienza la mía se transforma en que soy libre en la medida en que tengo el permiso de mantener a otros bajo restricción. Este es un claro comportamiento o legado no solo de las monarquías absolutas, de épocas coloniales, sino de regímenes comunistas, fascistas y totalitarios que aún rondan por los palacios. Surge la interrogante ¿Es la libertad una utopía? ¿Estará la humanidad en algún momento desprendida de cualquier tipo de esclavitud? La respuesta tal vez ya nos la dio san Agustín: “Nadie puede ser perfectamente libre hasta que todos lo sean.”

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