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Ha llegado el momento de hacer las paces entre nosotros mismos. De reconocernos como parte de la solución, como la luz, como el brillo de humildad necesario, para acogernos, querernos y respetarnos como sociedad

Orlando Viera-Blanco @ovierablanco

Es una novela maravillosa del autor norteamericano Anthony Doerr [2014] premio Pulitzer [2015] y medalla Andrew Carnegie en la modalidad de ficción.

La novela ambientada-durante la historia durante la II Guerra Mundial-cuenta de una niña ciega que vive en París y de un niño alemán, durante la ocupación Nazi…Un título que me lo apropio por minutos, para invocar una de nuestras más sensibles carencias grupales. Más adelante vuelvo con la historia, pero por lo pronto quiero rescatar lo que la poesía es capaz de hacer en medio de la política o la guerra…

La luz de lo vivido y nunca visto…

Hay muchas maneras de vivir en la oscuridad. No basta ser ciego o caminar en espacios sin luz. Vivir sin conocimiento, vivir en la anomia, vivir sin valores, sin referencias morales, sin inspiración, sin motivos; sin identidad, vivir sin esperanza, sin fe, embriagados de rechazo, es vivir es una profunda noche. Quizás una de las peores experiencias, es ser desquerido, que es ser ignorado…

Marianne Williamson siempre me ha impresionado por su pensamiento profundo y genuino. No olvido aquella madrugada gélida y oscura hace muchos años, estudiando en MONTRÉAL [2005], cuando me preparaba para un examen final de cátedra. Estaba como lo estaba hoy frente al ordenador: bloqueado. No sabía qué historia relatar, qué contar o cómo compararla con nuestra realidad. Era parte del ejercicio cultural. De pronto me conseguí con el discurso que pronunció Nelson Mándela el día de su proclamación como presidente de Sudáfrica [1994], tras 27 años de prisión:

“Nuestro miedo más profundo no es ser inadecuados, nuestro miedo mayor es nuestro poder inconmensurable, es nuestra luz, no nuestra oscuridad lo que nos aterra. Optar por la mezquindad no sirve al mundo, no hay lucidez en encogerse para que los demás no se sientan inseguros junto a ti, nuestro destino es brillar como los niños, no es el de unos cuantos, es el de todos, y conforme dejamos que nuestra luz propia alumbre, inconscientemente permitimos lo mismo en los demás y al liberarnos de nuestro propio miedo, nuestra presencia automáticamente libera a otros.”

Es una cita de la escritora Marianne Williamson de su prosa “mi miedo más profundo”. ¿Cuál era la virtud que intentaba Mandela ilustrar a través de este texto? Por qué esa referencia al decir, “nos preguntamos, ¿quién soy para ser brillante, maravilloso, talentoso y fabuloso? En realidad, ¿quién eres para no serlo? Sois los niños de Dios…”. De pronto la luz. El mensaje es la grandeza de no sentirse pequeño. Es emanciparse del sentimiento herido e inferior de ser ignorado y agredido por la exclusión…Es imponer nuestra existencia, no por querer ser un adulto que merece respeto o aquiescencia, sino por conservar ese niño que llevamos por dentro que “permite que nuestra propia luz brille, por lo que inconscientemente le damos permiso a la otra gente para que haga lo mismo” …

Por alguna extraña razón los adultos actuamos con engreimiento. Y esa autosuficiencia nos encoge. “Si actuáis de forma pequeña de nada le sirven al mundo”, por lo que pareciera que siendo más niños-que es ser más genuinos y sencillos-brillamos más porque nos sentimos menos maravillosos, menos talentosos y fabulosos, para poder compartir esa luz…Y salimos de nuestra ceguera con el tacto de la humildad, que nace de quien, aun siendo ciego, multiplica su visión con sus dedos, con sus manos, con su corazón. Es la luz de lo vivido con el alma, pero que nos negamos ver con la razón y con los ojos, la que hace que algunos de nosotros estén en todos…

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Marie-Laure, la niña ciega, pero con voz…

Marie-Laure es el personaje central de la ficción de ANTHONY DOERR. Una joven ciega que vive con su padre en París, donde él trabaja como responsable de las mil cerraduras del Museo de Historia Natural. Cuando los nazis ocupan la capital, padre e hija deben huir a la ciudad amurallada de Saint-Malo, llevándose con ellos la que podría ser la más preciada joya del museo…Desde niña fue instruida por su padre, quien hizo una maqueta del barrio donde vivían para que, a través del tacto, ella reconociera cómo recorrerlo. Aficionado a la radio, contaba historias cada noche inspiradas en lecturas de clásicos como Julio Verne…

Todo un constructo inspirador, alegórico, épico de libertades, del bien y la justicia, en medio de la ocupación nazi y la guerra, ¡aún a ciegas! Me emociona sentir como Marie-Laure, siendo una niña de 5 años, palpaba y reconocía los diamantes del museo, no por su “dureza” y valor, sino por la luz que imaginaba, irradiaban a través de sus cristales… ¿Acaso existe alguna luz a través de cada ser que no logramos o queremos ver?

DOERR contrasta su novela con Werner, un muchacho huérfano criado en un pueblo minero de Alemania y fascinado por la fabricación y reparación de aparatos de radio, propio de las Juventudes Hitlerianas. Siguiendo al ejército alemán, Werner deberá atravesar el corazón en llamas de Europa. En la última noche, antes de la liberación de Saint-Malo, los caminos de Werner y Marie-Laure por fin se cruzan…Un momento sublime donde el corazón-que no es ciego-es capaz de sanar y doblegar cualquier herida, cruzar de palmo a palmo, la humanidad del sentimiento correspondido.

Volviendo con “mi historia”, aquella madrugada de 2005 escribí mi relato en el examen “nos acostumbramos a vivir así”. Me apoyé brevemente en la historia “Los hijos de Sánchez”, [del Antropólogo Oscar Lewis-1961] que relata la historia del sentir de una familia humilde Mexicana, de sus carencias, apartamiento y falta de oportunidades por vivir en el barrio…Es la historia de Manuel y su resentimiento por haber sido reprobado por un profesor a quien quería mucho. “No soy culto, pero tengo el rigor de ser un gran lector. Entonces me gustaría escribir las más bellas historias así se inspiren de las más bajas pasiones…[sic]”. También es la vida de sus hermanos Roberto, Consuelo y Marta.

Roberto, el segundo hijo, que es un rebelde de gran corazón que relata sus vivencias en el ejército mexicano, así como en sus viajes por el país y cómo se enfrenta a la discriminación, incluso en su núcleo familiar, “por tener la piel oscura diciendo él algún momento a su padre «tú no me quieres porque soy negro, porque tengo el cuero negro”. Consuelo que relata la desdicha de la pobreza, la denigración, la humillación por lo que quería marcharse, pero la detenía su amor por México y su misma gente. De Marta, quien después de mucho ahorrar logra comprar un lindo vestido, pero debe ocultarse de vestirlo cuando venía el cobrador de la renta. Muchos reían de “la huida”, y ella se preguntaba, ¿de qué se ríen?

El tema no era hablar sobre el qué de aquella historia, sino el por qué y sus consecuencias. De cómo evitar y superar la indiferencia o la vergüenza por el solo hecho de ser pobre…La gran carga de violencia no resuelta desde México hasta la Patagonia. La violencia pasiva. La que deriva del rechazo y la deshonra grupal. La pobreza como asunto que dejamos en manos del estado, siendo un tema inmensamente colectivo y ciudadano. En esa “ceguera” hemos vivido sin luz ni tacto para redimirla. Porque siendo adultos, nos sentimos fabulosos, libres de ignorar o si acaso, recriminar ¿Y quiénes somos nosotros para hacerlo? Es la humildad que aún no germina. Es acostumbrarnos al rechazo del otro, evadiendo, eludiendo, evitando sufrir cerca, el dolor ajeno. Es endosar a Dios, el Estado o el destino, la liberación del prójimo, por pensar que nosotros estamos muy ocupados pagando nuestras cuentas…

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Y sentenció Mándela: “Ha llegado el momento de curar las heridas. El momento de salvar los abismos que nos dividen. Nos ha llegado el momento de construir. Al fin hemos logrado la emancipación política. Nos comprometemos a liberar a todo nuestro pueblo del persistente cautiverio de la pobreza, las privaciones, el sufrimiento, la discriminación de género, así como de cualquier otra clase […]” A veces me pregunto: ¿Cambiando el modelo de poder o el liderazgo, realmente resolveremos el problema social?

Ha llegado el momento de hacer las paces entre nosotros mismos. De reconocernos como parte de la solución, como la luz, como el brillo de humildad necesario, para acogernos, querernos y respetarnos como sociedad. No podemos seguir encogiéndonos frente al reto que nos pone la patria herida…Reconstruir un destino en medio de la violencia, de la guerra no declarada pero que está, en medio de la noche. No estrechemos nuestros hombros sinuosamente, ocultando el verdadero diagnóstico social, que es redimir una sociedad lesionada por un rencor injusto. También escribiremos bellas historias de dolorosas reprobaciones y anatemas.

Y se hizo la luz…para escribir y querer…

Dice Marianne: “Es sorprendente con cuanto positivismo responden los demás cuando se sienten respetados por su forma de pensar y sus sentimientos. Aprender a tener ese respeto—y a demostrarlo verdad—es clave para el poder de un hacedor de milagros”. Cuando se haba de lecciones aprendidas y de tiempos de sanar heridas, es hablar de amor y nobleza en medio de las más fuertes diferencias. Los pueblos no aman ni odian decía Mandela. Se les enseña a amar o a odiar. Los pueblos son vírgenes y ávidos de conocimiento e información, por lo que es deber de aquellos que leen y escriben, infundir buenos sentimientos a los suyos…

Ése es el significado de toda situación: “no lo que nos pasa, sino lo que hacemos con lo que nos pasa y en quién decidimos convertirnos como resultado de lo que nos sucede. El único fracaso verdadero es no ser capaces de crecer como resultado de nuestras experiencias…”

Sin duda hemos acumulado por muchos años experiencias muy dolorosas, inimaginables, inconmensurables, injustas. Es hora de crecer. No nos podemos habituar a ellas. Debemos convertirnos en “niños luminosos”, y emanciparnos del sentimiento herido. Dejar de empequeñecerse, de liberar nuestros miedos y deponer nuestros miedos, para que como Marie Laure, la niña ciega y Warner, el joven buen oyente, juntemos nuestros corazones con la voz de una luz, que atraviesa cálida y coloridamente el prisma de nuestros corazones…Luz que será nuestra inspiración, para salvar abismos, redimir la violencia y comprometernos más, con tacto y humildad…

Y escribió Manuel, el hijo mayor de Sánchez: «Puede que esto cause risa, pero si pudiera encontrar las palabras apropiadas me gustaría escribir poesía algún día. Siempre he tratado de encontrar la belleza aún entre la maldad en que he vivido, para que no me sienta desilusionado por completo de la vida. Me gustaría cantar la poesía de la vida…grandes emociones, amor sublime, poder expresar hasta las más bajas pasiones en una forma hermosa. Los hombres que son capaces de escribir de esas cosas hacen el mundo un poco más habitable, levantan la vida a un nivel diferente…”

Pues trato de escribir, suavemente…la luz que no puedes ver.

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