Tulio Hernández @tulioehernandez

Afirmar que Nicolás Maduro, el presidente usurpador de Venezuela, es un funcionario público más mentiroso aún que el teniente coronel Hugo Chávez, es un atrevimiento. Porque todos sabemos que hasta el momento de su aparición en la escena pública no había existido en la historia de Venezuela un jefe político que tuviese tan grande pulsión a mentir y tan grande facilidad al hacerlo como el líder golpista del 4 de febrero de 1992.

Fue García Márquez el primero en advertir al demagogo gigante que se preparaba a gobernar a Venezuela. En una entrevista que le realizara de regreso de La Habana, en diciembre de 1998, un mes antes de que el presidente recibiera la banda presidencial, el Premio Nobel escribió que, durante las cuatro horas que había durado el viaje, tuvo la incómoda sensación de estar frente a dos hombres distintos. Uno, “que tenía la posibilidad de ser el salvador de su país”, y otro, que “podría convertirse en un demagogo y un déspota más de los muchos que con frecuencia aparecían en América Latina”. La crónica se tituló “Los dos Chávez”.

Dejó el dilema abierto. Pero el lector avezado entendió la alerta que Gabo no quiso sugerir abiertamente para no confrontar a Fidel Castro, ya para entonces mentor ideológico de Chávez, por quien el Premio Nobel sentía un gran afecto personal.

Chávez gobernó por catorce años consecutivos y pasó de ser visto como un exitoso vendedor de ilusiones –un inspirador– a ser percibido (obviamente no por sus seguidores hipnotizados) como un demagogo del tamaño del Aconcagua, una promesa ambulante de cosas asombrosas –acabar con la pobreza, eliminar las desigualdades, crear una economía próspera, convertir a Venezuela en una potencia energética– que por supuesto no hizo esfuerzo alguno para cumplir.

Igual era un gran levantador de falsos testimonios. Para destrozar a enemigos políticos era capaz de inventarles los más espantosos delitos. También era un gran simulador que sufría de mimetismo compulsivo: con Evo Morales, en La Paz, se volvía indígena aymara; con Cristina Kirchner, por la Plaza de Mayo de Buenos Aires, era un militante peronista.

Cuando Chávez se fue todos creíamos que era insuperable mintiendo. Pero apareció Nicolás Maduro y rápidamente lo dejó atrás. Es obvio que no lo hace con tanta gracia como su mentor, pero Maduro miente con mayor aplomo, cinismo y sin pestañear. Y, además, no le tiene miedo alguno a hacer el ridículo, ni a las burlas, que seguramente ya vienen incluidas en las cuentas de sus estrategas antes de ponerlas a circular.

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Estrambótica e inverosímil fue su declaración en octubre pasado acerca de que Venezuela ya tenía lista la vacuna contra el coronavirus; los animadores de televisión españoles se carcajeaban. O las fake news de los sucesivos planes de asesinato en su contra; los medios colombianos ya bostezan. Igual con las aseveraciones sobre cómo Venezuela tiene el mejor sistema electoral del mundo o el más acabado sistema hospitalario. Más bostezos.

Un resumen de todo esto lo vimos en la presentación de la Memoria y Cuenta 2020, la pasada semana, ante la Asamblea Nacional usurpadora. Un acto bochornoso, ópera bufa, circo barato y una confesión del miedo a la democracia.

Desde el año 2107 el gobierno rojo se había negado a presentar lo que la Constitución le ordena como informe anual ante la Asamblea. La razón es evidente. La AN legalmente constituida le era absolutamente incómoda al chavismo porque el PSUV es una minoría. Y obviamente una Memoria y Cuenta llena de falsedades, como la que ellos están condenados a hacer, hubiese sido impugnada como en cualquier parlamento decente.

Entonces Maduro, haciendo honor a su condición de usurpador, simplemente decidió no presentarla por años. Y ya. Decide hacerlo de nuevo solo cuando tiene una AN forjada a su medida. Un parlamento que –sin importar lo que diga el farsante–, le aplaudirá de pie haciendo sus miembros honor a su condición no de parlamentarios sino de mandaderos del gobierno cívico de base militar. Porque Maduro y su equipo saben que da igual presentar la Memoria y Cuenta que no hacerlo. Sabe que no hay fuerza ni poder, nacional o internacional, que pueda penalizarlo por esa omisión legal. Que no lo van a presionar los militares de quienes es un peón y mucho menos el Tribunal Supremo de Justicia que es otro club de mandaderos con toga sin ninguna autonomía y dignidad personal.

Y allí está el problema de fondo de la naturalización de la mentira, de su conversión en moneda de común circulación en la gestión de gobierno, en la comunicación de los medios, y en la actividad de los tribunales. Porque en realidad no es un problema moral, ni religioso, ni de buena educación –aunque también lo es–, sino un problema político, jurídico y ético profundo.

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Si Maduro se permite decir en la Asamblea Nacional un exabrupto tan grande, una mentira tan obvia, como que la pobreza en Venezuela apenas llega al 18%, y nadie puede levantarse a contradecirle o por lo menos ponerlo en duda o exigirle pruebas (es decir, si está diciendo que comparado con la información que presentó en 2017, la pobreza en Venezuela ¡ha descendido! en los últimos cuatro años); si se concluye, además, que nuestra pobreza es muy inferior a la de Colombia, casi la mitad de acuerdo a los datos oficiales del país vecino; si lo dice y hay gente dispuesta a creerle, y una Asamblea Nacional que le aplaude, y unos medios oficiales que lo ratifican; entonces Venezuela ya no es una nación sino un manicomio, o una estricta escuela militar donde los alumnos deben asentir todo lo que digan los maestros so pena de ir a calabozo, o un burdel donde las meretrices aplauden lo que digan los clientes siempre y cuando el pago sea bueno.

La escena es bochornosa. Impresentable. Cualquier gobernante decente se sentiría avergonzado, no de mentir – hasta el más honesto de los gobiernos tiende a maquillar sus cifras– sino de hacerlo de manera tan descarada, enfermiza, impune y grotesca como lo hace Nicolás Maduro.

La mentira usada de esta manera es, primero, un delito que se penaliza con cárcel. No en Venezuela, por supuesto. Segundo, un atentado contra cualquier capacidad de planificar y desarrollar políticas certeras dentro de un gobierno o empresa. Tercero, una degradación moral de quienes han perdido todo mínimo de respeto por la palabra, condición necesaria para la convivencia humana pacífica y para el funcionamiento de instituciones de justicia que regulen los conflictos.

Pero por encima todo, la mentira política usada de modo totalitario es una forma de suspensión de la razón, detiene la búsqueda de certezas, aúpa la tentación de no pensar, es un vacío que subestima al otro y se burla de él. A los adversarios los convierte en mentirosos por dudar de las verdades oficiales, y a lo seguidores, en acríticos robots obligados a creer todo lo que diga el tirano como única forma de ser fiel a la causa. Contra la causa, nada. La causa es el todo. El todo, la verdad.

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