¡Volvieron los malditos…!

Y como jauría de perros rabiosos persiguiendo su presa, los guardias regresaron. Llegaron derecho a la casa pintada de blanco y rojo, que se abrió como débil caja de cartón al recibir en su puerta el fogonazo de las armas que disparaban los militares, dejando marcados muebles y paredes con líneas de agujeros. Ventisquero de tornado que iba despedazando a punta de plomo, todo lo que encontraban, hasta el gran afiche del comandante eterno, que el barrio se había acostumbrado a ver desde la calle, sobre el sofá rojo, y que ahora se difuminaba en  el humo de las bombas lacrimógenas.

Carmen no imaginó, que a pesar del reumatismo que la detenía con dolorosas punzadas, y la hacía caminar con lentitud, tendría a sus ochenta años la agilidad felina para correr por el solar y ayudar a huir por la calle de atrás, al estudiante que ella misma le había arrebatado unos horas antes, a su sobrino, el sargento de la Guardia Nacional, que al oír la voz de su tía maldiciéndolo, sorprendido se distrajo unos segundos, lo necesario para que las ancianas del vecindario lo rodearan, mientras ella  ayudaba a escapar por la puerta roja, abierta en franca solidaridad, al muchacho casi ciego por la golpiza.

Carmen selló ese día la  reconciliación con sus vecinos, al  ayudar  al médico que disfrazado con el uniforme del policía de la clínica, vino a curar al herido en la misma moto que los muchachos le habían quitado al teniente que gritaba con acento cubano, mientras huía a pie con su escuadra de motorizados, protegiéndose como podían de la lluvia de piedras y basura, bañados en cuanta agua sucia les arrojaban.

Le puede interesar.  La muerte es una maestra que vino de La Habana 4 Relato: Katherina

Carmen se sorprendió a sí misma al ver  como  el afán de salvarse del peligro de muerte, le inyectó velocidad para escapar,  alentada por el miedo a caer en manos de esos asesinos, y cómo el miedo fue también el detonante que la hizo ser ágil para salir por la ventana del patio trasero, remontar el gallinero como gata veloz, y meterse  al  tanque de agua en donde se escondió envuelta en una toalla blanca, para escurrirse tendida en el piso, temblando como bandera derrotada, en silencio, llorando y rezando mientras en sus oídos retumbaban disparos y golpes que le describían  rasgaduras de muebles y cuadros en la sala; el romperse al caer de los santos de su altar; el sonar de platos y ollas en la cocina y después los disparos seguidos del horrible chillido del perro.

Carmen comenzó a rezarle a las ánimas benditas, al sentir que se deshacía en un llanto tibio de niña indefensa, escuchando el escándalo que hacían  las gallinas, el loro y los perros, mientras los fusilamientos iban apagando sus cacareos, chillidos, ladridos, y ella, impotente, tenía que seguir escondida en el techo, rezando, estremecida por los gritos  de los estudiantes en  la avenida Ferrero Tamayo, que rotos y sangrantes, llena la piel de perdigones, corrían como locos, buscando cobijarse, pidiendo auxilio mientras huían por los solares.

Carmen no supo en qué momento de las explosiones que retumbaban a su lado, comenzó a estar sorda,  ni en cuál de las horas entró en ese limbo subterráneo, desde donde escuchaba como si estuviera sumergida en su propia sangre, su respirar ahogado y el desacompasado latido de su corazón, que rebotaba en las venas de sus sienes. Tampoco supo cómo llegó hasta el jardín de la casa del frente, ni como se vio sentada en la cama de doña Eugenia, mientras miraba sin lágrimas, como le untaban en el rostro para apagar el ardor de las quemaduras, la emulsión blanca diluida con cristales de sábila, y se aliviaba la quemazón de su boca con el dulzor tibio de la aguamiel que le daba la señorita Magdalena, arropándola en abrazo franco mientras la ayudaba  a sostener en sus temblorosas manos el pocillo de porcelana.

Le puede interesar.  El pacifismo cubano o las lechugas del Sahara.

Carmen no acataba a recordar cómo comenzó todo, pero si supo que ellos volverían a vengarse. Entonces dijo en voz bajita a su vecina: Magdalena, usted tiene que ayudarme a salir de San Cristóbal.  La única protección que puedo tener será huir, cruzar el río y llegar a Cúcuta. Si vuelven a buscarme me matarán. Es hora de partir.

Leonor Peña

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí