¡Malditos…! 

Cruzó en silencio la arboleda hasta la reja de hierro, protegida por las oscuras sombras de la noche. Miraba escondida entre las ramas del jazmín, cuando escuchó de nuevo el grito… 

¡Volvieron los malditos! El eco voló tan a prisa como el muchacho que corrió a avisar, golpeando el poste con una piedra.  Magdalena presenció cómo la campanada del improvisado pregón, encendía en alerta al vecindario, que enseguida retumbó a coro haciendo sonar ollas y cacerolas, con vivaz toque de protesta. Escuchó más fuerte aún la percusión comunal que en creccendo acompañaba desde las ventanas, al coro de mujeres que cantaba ante la nueva arremetida de la guardia…    

Si va a caer… este gobierno va a caer

Desde la penumbra pudo ver gente corriendo por los tejados, por los callejones, escondiéndose, y en la última calle, los niños   y ancianos que salían huyendo hacia la iglesia. Se ubicó más cerca, pegada al muro de piedra, y vio cuando la explosión del bidón de gasolina lanzado por los militares, incendió con su fogonazo la casa del frente, convirtiéndola en sombras y humo, mientras los camiones de la guardia nacional seguían detenidos en la avenida, porque les cerraba el paso la fogata de basura, qué como barricada incendiada, iban armando con firme paciencia las mujeres más ancianas del barrio, para atajar a los guardias que venían en busca de los estudiantes

La ráfaga que rebotó muy cerca, en el portón de hierro, la obligó a regresar por el jardín y entrar a la casa, entonces   el espejo de la antesala reflejó   en su rostro la mirada de la abuela, replicada en sus ojos verdes.  En un gesto de temor buscó con la punta de sus dedos el escapulario, talismán de plata que hasta hace unas horas había llevado en su cuello la abuela Eugenia, y que ella tomó del ataúd, como un regalo póstumo

Escuchó nuevos disparos   y pensó que, si pudiera hablar, su abuela le diría que su papel no era esconderse, ni huir, sino ayudar. Ser otra vecina más. Que ahora ese compañerismo de sus juegos de niñez en el vecindario, le debía servir tanto como las enseñanzas en la hacienda, para asumir la hermandad solidaria que la familia había sembrado con raíz tan honda, como la del viejo árbol de pomarrosas que cobijaba la entrada a la casona…  Rotonda vegetal que invitaba al encuentro para la convivencia, bajo la fronda de frescor y sombra. Árbol y eje en el verdor de la redoma, donde   giraba todas las tardes la reunión vecinal, convocada por la amistosa presencia de la abuela, presta siempre a compartir el agua del naciente que fluía en la pila de la fuente.

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Mientras revisaba los armarios, recordó las lecciones de sobre vivencia del abuelo, cuando junto a sus primos, formaba fila detrás del viejo militar, que insistía en que aprendieran la elemental lección de disparar con inteligencia para defenderse. 

Escuchaba en la distancia, alaridos de dolor, gritos de rabia y entonces  el sonar de disparos cada vez más cercanos, le trajo a la memoria, como una baraja de imágenes, el entrenamiento que a escondidas de sus padres recibieron ella y sus hermanos, manejando rifles de cacería con el baquiano capataz del hato llanero, bajo la tutoría vigilante de la abuela, y que ahora  repasaba en su mente mientras pensaba que sí ella viviera, estaría en la calle, al lado de su gente.  Sintió en la inminencia del peligro, que corría por sus venas en un solo río de cause profundo, la sangre siciliana y la sangre mestiza de sus abuelos, y sobre todo la telúrica mezcla, que era el sello de su padre. Fortaleza raizal que hacía de su familia gente de campo y de plaza, viajeros y citadinos, pero sobre todo vecinos afincados como árboles a su tierra.  Ahora sentía más que nunca, la herencia de resistencias del abuelo al frente de sus campesinos, de su peonada, junto a los vecinos en el pueblo, defendiendo con su leonera la invasión. 

El abuelo siempre defensor, aún a distancia desde el exilio, con sus escritos, disparando contra el dictador, el fuego de sus cartas con frases más certeras que armas de guerra.   Esta era quizá la verdadera herencia que venía a recibir, la heredad de resistir con fortaleza femenina al lado de los hombres. Resistir en silencio defendiendo su casa, su vecindario, sus hijos, sus hombres y marcando presencia con su ejemplo cotidiano, tan emblemático como la aromada arboleda de naranjos, sembrada por la bisabuela italiana. Alameda que daba nombre al barrio, y regía la vida colectiva de esa larga calle

Su oscura ropa de luto le serviría ahora para cobijarse entre las sombras, y desde la noche hacer brillar, más que el patrimonio de apellidos que transmitían como un cromosoma de orgullo los hombres de la familia, el valor persistente de la solidaridad femenina que cumplían con bondad en obediencia respetuosa a la abuela, todos en la familia, hasta ella, que aun en otras latitudes, obligada por la amenaza de secuestro, estuvo siempre lejos pero cerca, marcada por su crianza en el vecindario

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Avanzó por la terraza entre los helechos hasta el vivero de orquídeas que se extendía sobre el techo de la panadería, para atrincherarse en la chimenea, y desde allí disparar dardos con el rifle alemán. Su buena puntería le sirvió tanto como los proyectiles, para inmovilizar a los guardias que caían como pesados costales.  Regresó por el mismo camino, y llegó hasta el último árbol para estar más cerca del camión militar y disparó apuntando a las piernas uniformadas del sargento.

El instante fue para Magdalena de un placer inversamente proporcional al dolor, que imaginó producía el pinchazo. Entonces, mientras el blanco móvil saltaba con el aguijón metálico clavado y se revolcaba en el suelo hasta quedar inconsciente, sintió que salivaba como gata cazadora, apreciando en su boca la sensación de miedo y placer que le recordaba el sabor a diluida jalea de mango. Ácido regusto de venganza que la sorprendió, sintiéndose bien pagada por el azar, que le permitió participar para cobrar, vengando el ultraje de la exagerada embestida armada de los guardias, contra el desprotegido vecindario. Se preparó para disparar y también para asumir que después de esto tendría que huir por la frontera.  Que tenía que salvarse huyendo por Cúcuta.

En la oscuridad de su escondite esperó que el último militar, le indicara con su caída, que había hecho efecto su disparo… El guardia mareado, buscando a que aferrarse, terminó de caer, hasta quedar como un gajo más del manojo de uniformados que dormían en mitad de la calle, el sueño provocado por los narcóticos.

Involuntariamente comenzó a acariciar el estuche de agujas, calculando el número de disparos que aún podía hacer, y siguió por el tejado guiada por el sonido del altavoz hasta el edificio, y ahí, ¡¡¡como un trofeo de caza vio el jeep con el general parado al lado… solo!!! Y empuñando el megáfono, gritando con marcado acento cubano, el teniente que amenazaba con mandar a fumigar con bombas lacrimógenas, y “gas del bueno” la escuela y la iglesia si no les entregaban los heridos. Calculó la distancia, se acercó arrastrándose por entre las matas de cayena y enfocó su presa alineada con el cañón del rifle.  Acarició el hierro y pensó casi con alegría que le iba a servir como nunca, saber disparar

La rabia al recordar el rostro del estudiante hecho un ovillo de dolor, que las mujeres del barrio en arrebato de compasiva ira les quitaron a los uniformados, la impulsó a acertar.  Con pulso firme disparó, pensando en atajar al sádico general, que en su prepotencia dejó la comodidad de su oficina en la guarnición para venir el mismo, en busca de sus presas, y terminó tendido en la mitad de la calle, enroscado de dolor, maldiciendo su impotencia, alumbrado por las luces de la candelada reflejadas en sus insignias de poder. Rodeado en círculo de fuegos por la rondalla vengativa de las ancianas del barrio, que le cantaban con renovada fuerza su coro…  ¡Malditos!

Leonor Peña

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