Malditos  guardias asesinos…! 

Al escuchar los gritos, siguió andando a prisa por el sendero, pisando con mayor firmeza, alineando sus pasos con la hilera de diosas de mármol, que parecían replicar en piedra las líneas estéticas de su  perfil  griego.  Camino por el sendero de adoquines desde el portal de la calle hasta la entrada de la finca,  y subió por la escalinata hasta su oficina.   Pudo ver a distancia en los jardines del cementerio, la manifestación de los estudiantes que llevaban la urna gritando consignas y maldiciendo a los guardias. 

Sus gritos eran la manera de despedir, al paso del cortejo fúnebre, a sulíder:  

_ Malditos guardias asesinos… Asesinos!!

Katherina  los escuchaba  y pensaba en la paradoja que ahora le permitía agradecer a la vida trabajar con la muerte. Se sintió orgullosa  de ser descendiente de inmigrantes, de los abuelos que durante la guerra en Europa y luego en Venezuela, en plena  dictadura de Pérez Jiménez,  habían puesto al servicio de los presos,   sus conexiones con las agencias funerarias para ayudarlos a huir.  

En ella se repetía la  historia.  Vinculada a la Escuela de Medicina, ayudaba con solidario trabajo a su tutor, Profesor de Patología, haciendo con paciente discreción, la suplantación, el trueque de cadáveres por presos, ya fueran  estudiantes torturados o los jóvenes oficiales de todos los rangos que por  negarse a acatar las viles órdenes de sus superiores, terminaban en los sótanos junto a los presos del movimiento estudiantil, tan perseguidos y maltratados como ellos, por atreverse a desacatar una orden expúrea, dictada por uno de esos extranjeros, verdugos cubanos pagados por el gobierno.  Mercenarios importados para reprimir, masacrando en las cárceles y en la calle a los jóvenes opositores del régimen. 

Pensó escuchando la protesta, que su destino como el de sus abuelos, coincidía  en el mismo albur asertivo  del azar, al lograr  que regresaran a la vida en un ataúd, -suplantando a un muerto-, los elegidos por la ruleta imprevisible de la suerte.

La paradoja hizo que las víctimas de la burda persecución, que la crueldad arrinconaba al borde de la muerte,  pudieran revivir escondidos en una fosa de mármol, en un ajeno ataúd o en una negra bolsa de uso funerario, para volver a nacer.  La disciplina aprendida de sus abuelos alemanes le infundió  el rigor para ser exacta, estricta y seguir supervisando honras fúnebres, cumpliendo el protocolo que exigían los militares en cada visita de inspección a las bóvedas del crematorio, a las capillas fúnebres, a los talleres de la carpintería y hasta al artesanal taller  en donde se tallaban lápidas y monumentos funerarios, esculpidos en mármol.

Volvió la mirada hacia el gran ventanal e intuyó que entre esa cuadrilla de motorizados que hacían rugir sus motos, mientras observaban a distancia el cortejo fúnebre, estaría él, su vigilante carcelero. El joven General del Comando Regional. Cabalgando, como gran gladiador, poderoso, en su caballo de hierro.

Katherina se preparó para verlo aparecer en cualquier momento, como tantas veces, vestido de cuero negro, con el casco bajo el brazo, saludando desde la puerta oculta de la escalera interna, por donde entraba silente como un fantasma, después de haber obligado con educada imposición, al portero que con solo ver  la placa de su vehículo, le dejaba pasar,  sin anuncio.

Llegaba hasta su oficina, en donde ella lo esperaba advertida por la luz de alerta de la cámara de seguridad.

_Katherina! Que grato verla de nuevo.   Siempre es agradable pasar por entre las bellas diosas de mármol, para terminar encontrándome con  la original. Como decimos en mi pueblo: La propia, de cuerpo presente…  

Ella se protegía aparentando serenidad y resguardándose en rezar, mientras se concentraba en el número devueltas de su rosario de anillo, cada vez que él llegaba… 

El guion era siempre el mismo, la misma coreografía. El mismo ritmo en escena. El ritmo que el pautaba imponente, parado frente a su escritorio, con el casco bajo el brazo, mientras le daba en su parlamento,  divagando en metáforas, la  razón de la sin razón de su visita.

Después pedía permiso para sentarse en el sofá, a distancia.  Ella sabía que lo hacía para mirarla lentamente,  mientras hablaba para él en su monólogo. Katherina también lo miraba y remiraba. Era como hablar con el carcelero: Su carcelero… 

_Venía a verla, “a visitarla” a cualquier hora. No preguntaba si estaba. Se aparecía. Simplemente aparecía. 

Una noche el portero la llamó por el teléfono interno y le dijo ingenuo:   

_Llegóel doctor…  Es como si adivinara. Usted que llega y el que aparece.

Lo hacía igual  en cualquier parte, hasta ese domingo cuando las avenidas estaban cerradas por el desfile militar ya ella se le ocurrió usar la moto de su hermano para subir a almorzar en la casa de sus abuelos, en  La Loma del Viento, y al comenzar la avenida se apareció a su lado y le gritó:

 _ La voy a escoltar si me permite…   

_Hacemos buen par motorizados.

Ese día descubrió que él tenía muy bien llevada su estrategia de camuflarse.  Todos, al igual que el portero creían que era el joven médico cirujano de la clínica vecina…  Tenía los mismos números en la placa de identificación de la moto, duplicada, falsificada  por los jefes de la Policía Vial, troquelada por la Dirección de Tránsito.

Nadie lo había visto nunca sin el casco, solo ella… 

_Quise venir hoy. Siempre quiero venir a verla,  pero hoy especialmente, al escuchar en el funeral del loco ese de las guarimbas, al poeta que mencionó a La Diosa de la Guerra, de la muerte, de la sabiduría.

_La recordé a usted, supe en ese momento al escuchar hablar de Athenea, que la había visto antes y reconocí en   usted su mirada… 

En esa mirada suya, está la misma que vi en Viena cuando con mis compañeros del curso en la Escuela de Caballería, en 1998, fuimos a la gran exposición de Klim,  Gustav Klim. 

_Hoy recordé que ella me miró con su mirada.  Usted es esa  Athenea de Viena, de Klim, que me vuelve a    mirar con  sus ojos, diciendo mucho más de lo que calla. 

Usted, Katherina es Athenea, la Diosa.  La gran Diosa de  la guerra, la sabiduría, las artes y la muerte.

Y recalcó sonriendo: _ No. No se sorprenda. No soy el bruto que pintan los periodistas. No… no se confunda. Algo he estudiado y también como usted se consagra de artista esculpiendo, o como sus amigos poetas gritando sus versos, yo también ejerzo un arte.

Soy un artista. O no me cree? 

Por algo he sido siempre el mejor de mi promoción en la academia, en la Escuela de Artes… artes marciales

_Dígame no es usted acaso Athenea?

Katherina sonrió mientras lo invitaba a pasar por la terraza hasta su taller de escultora.  El rostro de él se marcó con el rigor de la sorpresa, más que la máscara que descansaba sobre la base de esculpir, desde donde lo recibía Athenea.

_Ahí está su Diosa, le dijo.  La Diosa Athenea.

Y además le agrego un plus. Athenea es también mi nombre: Me llamo Katherina Athenea.  

Al fondo, desde  la gigantografía del poster de la exposición de Gustav Klim  los miró la Diosa desde el oscuro fondo de  su casco de oro.

_Definitivamente mi bella Katherina, usted es como dicen sus compañeros de estudio en broma y acorde a la empresa funeraria de su familia:

_Usted es  una belleza de muerte lenta.  

Katherina sonrió. Lo miró mientras él se quitaba la chaqueta. Bajo su ajustada franela exhibió su armadura de músculos. Pura fibra aferrada al andamiaje macizo de sus huesos. 

Un bello torso digno de Alejandro el Magno, y dijo en voz alta casi susurrando: _Usted también es una belleza, General.  

Mientras pensó… lástima que el destino le marca de muerte

Sintió el escalofrío del miedo al recordar el acuerdo hecho con las dos pasantes de medicina, que habían podido canjear en la morgue, y que ahora ya recuperadas eran unas verdaderas vengadoras, unas Palas Atheneas, cobrando el abuso  de los esbirros que habían cumplido la tarea vil del violador,  contra las indefensas mujeres. 

Las habían podido salvar a tiempo, gracias a la presión que hizo que saliera la orden del juez, acobardado ante la amenaza de denuncia que corrió en las redes por los teléfonos móviles, y más aún la advertencia de cobranza desde las paredes del Ministerio de Justicia, pintada con graffitis, por los estudiantes. 

Trasladadas a la emergencia del Hospital Central, donde  todo estaba preparado para ser atendidas en el quirófano, por los médicos amigos que habían logrado cuadrar el turno de  sus guardias, el diagnóstico los golpeó en su fibra de  seres humanos, y sobre todo  de compañeros de estudio:   laceraciones y desgarramientos con profundos daños por las múltiples violaciones, agravadas por la septisemía, debido a  la demora en la atención.  La barbarie ensañada en sus cuerpos condujo a un unánime y drástico diagnóstico, única vía de salvación que negociaron con el infame Director de la unidad de ginecología y obstetricia, que aceptó autorizar la intervención si firmaban como todas las mujeres abusadas, para ser operadas bajo el diagnóstico de infección y contaminación espontanea, provocada por quistes de anterior data a la reclusión en la cárcel militar. 

Todas las intervenciones se habían logrado al aceptar el chantaje, para ajustarse a los tiempos y las posibilidades que les habían permitido ser internadas en centros médicos clandestinos, algunos hasta en ciudades más allá de la frontera, contratados y muy bien pagados por la propia  esposa del gobernador

La miró desde la placidez del buen vino que tomaron, se tendió en la mesa de mármol y le dijo:  

_Ahora seré tu escultura… espero que mi mascarilla tenga además de mis rasgos, los trazos de tus manos.

 Cerró los ojos, confiado, mientras ellas comenzaba a colocarle el aceite de almendras.  Preparó las gasas y  la mezcla de yeso…  y miró el recipiente de éter… 

Ya era hora de avisarles a Sara y Esther, para que vinieran a hacer el trabajo de vengadoras.  Lo miró de nuevo, y no pudo retener el suspiro.  El sonrió y le dijo: 

  _Me ha llegado al corazón ese suspiro suyo como el suspirar de hielos de una Diosa y he sentido la muerte

Retiró las manos del rostro del hombre que odiaba, y se dio cuenta que no era capaz de mirarlo sin sentir que temblaba y que una mezcla de miedo y ternura la recorría. Entonces decidió que no cumpliría esa misión de muerte que le habían encomendado. Tenía que marcar SI o NO.  Si como prefijo de SIlocaina… o NO… 

 Marcó en el celular con decisión la palabra NOvalcina, y la envío al número de Esther.  Se alejó para aplacar los latidos de su corazón, que parecían impulsar el temblor de sus manos.   Lo contempló de lejos y cuando sintió  que se le había pasado el susto y pudo respirar tranquila, continúo colocando en suaves masajes el aceite sobre el rostro de dios griego, del General que respiraba profundo en un sueño tranquilo, plácido… indefenso. Se inclinó con reverencia de geisha,  con ternura de niña, con la miel del perdón en sus labios y lo besó en la frente mientras sentía que  en su mejillas corrían lagrimas tibias. 

Pensó… Convertirme en asesina no puede ser el precio de la venganza. La venganza debe ser el perdón… 

Dar vida es mi pensamiento, mi sentir, mi razón de estudiar Medicina. Aprenderé mucho de este tiempo de dolor. Aprenderé todo menos a matar. Esta lección vil que nos ha llegado de La Habana, jamás será mi lección. Mi lección es venezolana, mi lección es de fe en mi país, en mi gente, en el tiempo de vida que vendrá…  

Seré la mejor médico, y ayudaré a dar vida, a salvar vidas.    

Venezuela es vivir, es revivir.

Jamás aprenderé a matar. Jamás aprenderé a matar!!!  

Leonor Peña

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