Leonor Peña

El camino parecía llevarlos por las arboledas de pinos y apamates que en San Cristóbal marcan el sendero hasta el pie de la Sierra La Maravilla.

_Imaginen  que están en la Loma del viento, y dejen de pensar en esconderse

 Aquí nadie sabe que somos venezolanos.  

Caminó despacio para esperar a José Andrés que cuidaba cada paso, para afirmar bien las muletas. Las heridas mal curadas le obligaban a andar con cuidado y aunque el silencio era su constante, aún se podía escuchar, espaciado en el tiempo de aguantar, su quejido contenido a medias

Volvió la mirada al horizonte de montañas azules y no pudo evitar que sus lágrimas empañaran el paisaje lejano.

_ Miren,  allá está Venezuela.

_Aquí nos podemos sentir como si estuviéramos en el Táchira….Total este también es el Páramo del Tamá

El saludo del humo desde la chimenea fue la bandera de hospitalidad que enarboló la casa, al tiempo que la puerta se abría  en abrazo de bienvenida.  Y como un etéreo anfitrión, salió a recibirlos la temprana neblina de la tarde, con  aires suaves de libertad.

De cara al sol aspiraron adivinando entre aromas lo que se estaba preparando en la cocina campesina con olor a fogón de  leña, cilantros y frescas hierbas anunciando que pronto sería servida la reconfortante comida

Adriana había logrado adecuar la casa de la vereda cercana a Pamplona, como una pequeña posada de cuatro habitaciones. Ahí, cerca del ambulatorio médico, aseguraba hospedaje y atención para los  que huían de las cárceles y campos de concentración en Venezuela, perseguidos más allá de la frontera por el régimen del dictador. 

La mayoría llegaba como José Andrés, atravesando el río y caminando por trochas,  escapados de esas cárceles montadas como campamentos militares en las fincas, a donde eran mantenidos en secuestro por sus verdugos, mientras a sus familias les informaban que estaban desaparecidos.  Allá en esos campos de concentración donde la ley  no alcanzaba a llegar,  imperaba el desamparo, la tortura y el hambre. 

El sencillo sistema de cooperación activado por Adriana, estaba basado en la compasión solidaria de los voluntarios, entrenados para hacerse pasar por empleados de entregas a domicilio, y así poder  ir  en motos o vehículos a esperar en sitios señalados a última hora, para brindar auxilios de emergencia a los maltratados fugitivos. Cada rescate era monitoreado por Adriana y el jefe de seguridad con estricta discreción.

Como los demás, José Andrés  fue llevado a las afueras de Cúcuta,  para ser atendido por los médicos de guardia y luego ser trasladado con  documentos de identidad falsos a la casa de la congregación religiosa, en donde un pequeño quirófano había sido adecuado para dar tratamientos especiales. Ese día, les alertaron que había movimientos raros, decían que estaban buscando a un periodista, por denunciar en las redes la desaparición de un colega suyo.  Con cautela esperaron hasta recibir el aviso de seguir.  Sabían que los espías de la policía cubana,  cerreros sabuesos que rastreaban  a sus perseguidos más allá del límite fronterizo, estarían ya atentos buscándolos.

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José Andrés recibió con humildad y alegría el plato de  papas, huevos y vegetales con aderezo de hierbas. No pudo evitar que las lágrimas se confundieran, salobres  como gotas de vinagre, con el caldo humeante de la sopa.  Bendijo las manos de quienes le sirvieron la comida, bendijo su plato.  Partió la arepa de trigo, y se sirvió en el pocillo de peltre la aguamiel caliente con queso derretido.

Miró a Andriana a través de sus lágrimas, que le hacían sentir sumergido en una poza de angustia, y esperó que todos terminaran de comer, para pedir que por favor lo ayudaran a caminar hasta la cama y le dieran un calmante para el dolor. Allí, entre las cobijas de lana y las suaves sábanas de algodón, cubierto por la manta térmica, esperó que viniera el médico.

En la madrugada, cuando al fin pudo contener el indetenible fluir de sus lágrimas, aún entre sollozos, le dijo a Adriana con voz quebrada:  

_Estuve un año, cuatro meses y tres días en manos de los verdugos más despiadados, los matones cubanos de la dictadura de Maduro. Sufrí todas las torturas que se les antojaron para hacerme hablar, para obligarme a delatar…

_ Vi morir a mi padre a manos de esos verdugos. Sufrí por mi madre desaparecida. Hasta ayer me enteré que está viva en Chile, que  huyó gracias a todos ustedes que la ayudaron a salir de San Cristóbal.

Escuche los más desgarradores quejidos de mis compañeros torturados en los potreros y cuartos de esa finca.  Vi lo que no había visto ni en las más pervertidas películas de guerra.  Pero esto de hoy, esto que vi en la trocha después de pasar el río, eso ni en los más oscuros momentos de terror carcelario, pude siquiera imaginarlo

Le voy a pedir un favor. Ayúdeme a contarlo, ayúdeme a sacar de mi mente y mi corazón esas imágenes que me ahogan.  Necesito contarlo.

Adriana oró en silencio y se preparó para mantener la serena paciencia que necesitaría para escuchar el horrible relato.  La narración se extendía y se apagaba por ratos, hasta que José Andrés pidió tomar un sedante para dormir y se abrigó sorbo a sorbo con el té de Sidrón.   Durmió  unas horas y despertó insistiendo en hablar, en desahogarse contando.

_ Adriana, prométame que si muero, que si no puedo contarlo, usted lo hará por mi.  Prométame que va a escribir, que va a tomar nota de todo.

Fue a media mañana, después de desayunar y volver a dormir un poco, cuando se sintió con el ánimo y la fuerza para continuar. Insistía en que Adriana tomara nota de cada detalle y le pedía que le leyera para corregir lo que había escrito.

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_ Nunca pensé que esa jauría de bestias acechando, para capturar y vender a la guardia nacional, a esos muchachos huidos, eran capaces de semejante ensañamiento. Esa masacre tiene que saberse.  Los que murieron, eran los jóvenes que hace unos meses huyeron escapados de la cárcel en Caracas,  y lograron pasar la frontera hasta Ecuador.

Eran ellos los que vi morir  asesinados en la trocha.  Regresaban a Venezuela para salvarse del contagio, de la pandemia del virus chino, y del hambre, porque ya no tenían trabajo ni cómo sobrevivir en Quito.  

_Eso de hoy, es más de lo que creí poder presenciar. Ese infierno de la trocha,  esa tribu de bestias engoriladas, ensañados con esos jóvenes, hiriendo, mutilando, despresándolos,  es más de lo que creí poder soportar.

_No podré dormir en días.  Necesito ayuda para poder superar esas visiones que me duelen más que mis heridas.

_Estaban ahí, tan indefensos. Tan jóvenes, muriendo de la peor manera y nadie hacía nada.  Eran estudiantes de la academia militar, cuando se los llevaron presos acusados de estar involucrados en el asalto al cuartel militar en Valencia.  Salieron de Venezuela huyendo,  en busca de libertad y vida y ahora al regresar obligados por la emergencia declarada en Ecuador, llegaron solo a la orilla de la patria a morir. Llegaron huyendo de la muerte, porque si se quedaban en Quito, o en Bogotá igual iban a morir de hambre.

Llegaron con el hambre tatuada en la piel amarillenta.

Esos jóvenes tenientes que la amenaza del virus obligó a volver, llegaron con el miedo al contagio siguiéndoles los pasos. 

En Cúcuta creyeron que podían pasar solo con pagar, que ya no los estarían buscando, que  iban a llegar a las casas de sus amigos,  y que si morían lo harían  al lado de sus familias. No imaginaron que los tenían reseñados en la trocha, que los  estaban esperando. Fueron capturados por los traficantes que comercian con todo, hasta gente. Vendidos a los carniceros cubanos.  Eso que vi anoche en la trocha, me está doliendo más que todas las heridas y huellas de tortura que llevo en mi cuerpo

_ Sé que no voy a vivir mucho tiempo. Sé que estoy mal, pero si algo puedo hacer para que se sepa, si mi testimonio sirve, le pido a usted Adriana, por favor  que lo cuente. Que escriba este relato. Que lo diga. Necesito saber que usted contará esta historia. No es solo mi testimonio. Es mi testamento. Por favor escríbalo.

El mejor recuerdo que puedo dejar es este: Ser testigo, porque cuando ya no viva, seguirá estando mi testimonio, probando que fue verdad esta desgracia que viven mis paisanos regresando a Venezuela y los masacran en las trochas. Es mi único deseo.  Si muero y sé que voy a morir,  quiero dejarle por encargo  que usted me ayude para que se sepa la verdad.

Escriba Adriana, para que esta tragedia, esta miseria de las trochas se cuente…  

Escriba  esta historia para que el mundo no olvide el dolor de los venezolanos por la crueldad de la dictadura asesina que secuestra nuestra patria

Escriba para que se sepa, para que no se olvide

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