Leonor Peña

Enclaustrada en la casa de campo a donde la llevaron para protegerla, mientras cumplía la cuarentena de aislamiento por el Covid-19, la teniente María Teresa García Ramírez resolvió transcribir sus recuerdos recientes, a partir de la fecha que marcó en su vida el antes y el después.

Ese día cuando pasó todo y no pasó nada, lo único permanente para ella fue el intenso dolor de cabeza que la atormentó desde la madrugada, al salir de San Cristóbal camino a Cúcuta para poder asistir a la convocatoria en apoyo al presidente de Venezuela: Juan Guaidó.  Después de la emoción que sintió ante la inminencia de la acción en la cual participaría, comenzó para ella un tiempo de frustración que se inició –paradójicamente- con el desconcierto ante  el  fracaso financiero del promocionado concierto, y continuó con el fallido intento de pasar por el Puente Internacional Simón Bolívar  las cargas de ayuda humanitaria que entrarían por el Táchira,  en una manifestación de fuerza de los países aliados a la oposición democrática, con la marcha ciudadana convocada por los diputados de la Asamblea Nacional, que esperaban que junto a los vecinos de los municipios de frontera, entraran los militares exiliados, conformados en contingente de apoyo al  Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas venezolanas,  Juan Guaidó.

El caos por la desinformación y las noticias contradictorias que rebotaban los twiters de la prensa internacional, convirtieron la expectación en desalentadora incertidumbre,  que se fue transformando en pánico, cuando al asistir a la reunión preliminar con el Mayor Pérez Ramírez, joven oficial de más alta jerarquía, este les alertó del peligro que corrían y les recomendó acuartelarse en los hoteles asignados, porque ningún lugar parecía seguro fuera de las locaciones de hospedaje, salvo los establecimientos de las fuerzas armadas colombianas.  Entraron con buen ánimo, y esperaron con paciente expectativa mientras recibían un directorio telefónico para las emergencias,  un manual de indicaciones para  movilizarse de manera discreta por la ciudad, y el Mayor Pérez Ramírez, su primo hermano y ahora oficial en jefe, les ratificaba lo que muchos temían: estaban siendo rastreados, y era un hecho el seguimiento policial que les estaba haciendo la narco dictadura desde Caracas. Les advirtió que habían constatado la presencia de espías cubanos desparramados como una mancha de aceite por Cúcuta, buscando a los familiares de los militares venezolanos que se habían desplazado con ellos y que la dictadura llamaba también: Traidores a la patria.

El militar en jefe saludó  a cada uno por su nombre  y les entregó un formulario reconfirmando datos indispensables para ejecutar el plan de operatividad, en cumplimiento al seguimiento de las decisiones del presidente, que había hecho énfasis en llevar con rigor este control. Les pidió que verificaran fechas, horarios, menús de alimentación, y con especial rigor las señas del personal del hotel. Les requirió con énfasis los números telefónicos de las llamadas que hacían o recibían y recalcó la necesidad de estar en alerta ante cualquier incidente que pudiera comprometer la integridad del grupo. Insistió en que debían reportar todo evento o impase que pudiera calificarse como una posibilidad de riesgo y dio orden estricta de mantenerse en alerta para sustentar la protección que les daba el comando especial de inteligencia del Ministerio de la Defensa de Colombia,  recalcando  que esto era estrictamente obligatorio y les habló con pruebas muy claras que estaba confirmado que la dictadura los había  infiltrado.

Como una muestra de los riesgos que corrían leyó nombres y señas personales de muchos de ellos, que aparecían identificados en los volantes impresos en amarillo y rojo propagados la noche anterior en el terminal de pasajeros, mercados, parques, el sector de La Parada, y en las calles a taxistas, chóferes de buses, vendedores ambulantes, empleados de tiendas, ofreciendo recompensas en dólares por la entrega de los desertores de Guaidó.  Les exhortó a mantener sus teléfonos apagados, a hacer llamadas y leer mensajes tan solo en caso de extrema emergencia, y les demostró lo conveniente de advertir  a sus familias en Venezuela que debían mudarse a casas de amigos,  y si era posible a otras ciudades porque lo más probable era que les allanaran sus viviendas.

Al verse identificada con foto en los panfletos, como blanco de los colectivos criminales de la frontera, cumplió con  su primera responsabilidad: ponerse a salvo. Como ilustraba la frase de sus compañeros comenzó por salir del radar para ser invisible.  Enseguida  inició operaciones comprando una línea telefónica colombiana a nombre de otra persona; resolvió aliviarse el dolor de cabeza llamando al encargado de asistencia médica para solicitar consulta de emergencia. Aprovechó para pedir lo indispensable y apertrechar su botiquín de primeros auxilios y su morral de campaña.  En su entrenamiento militar había aprendido que a la hora de una persecución debía tomar previsiones especiales, pues  ella como mujer estaría en desventaja si se encontraba en etapa de embarazo, o si se le presentaba una hemorragia menstrual.  En cuanto a su cambio de apariencia, procuró tener una nueva imagen variando su corte de cabello y comprándose ropas adecuadas al clima tan caluroso.  Gestionó en el hotel que le mejoraran las condiciones de aire acondicionado, internet, seguros de las puertas y gestionó un mercado especial de alimentos envasados,  frutas y cereales para complementar su dieta y estar en disposición de hacer una salida de urgencia  tan pronto le avisaran.

Envío mensajes a sus contactos avisándoles que cambiaría de  número y  abrió un nuevo correo electrónico encriptado desde otro servidor. Guardó como mensaje en clave, a manera de recordatorio, recomendaciones elementales sobre como ocultar dinero, objetos valiosos, documentos originales y como proveerse de duplicados y copias plastificadas.  Pidió a la lavandería del hotel le entregaran listo su vestuario militar y camuflados como cifras de facturas de pago, guardó los números telefónicos de contactos de apoyo en Pamplona y Bucaramanga. Verificó los horarios de salida de las busetas a esos destinos, con los datos de los choferes amigos  y la dirección de los consultorios médicos en esas ciudades.  El calcinante sol la decidió a utilizar lentes, y con la excusa de  la fotofobia por su dolor de cabeza, que no le permitía alzar la vista ante la luminosa candelada que reflejaba el pavimento de las calles, optó por comprarse unas gafas formuladas para el sol y así complementar su nueva versión deportiva para transitar por Cúcuta.                                          

Insistió en ir a la consulta médica para determinar la causa de su persistente cefalea, que había empeorado por estar esperando, sin almuerzo, a que comenzara la reunión con el comisionado del presidente Guaidó, el incumplido General venezolano exiliado en Bogotá. Cuando terminó la sesión, a mediados de la tarde, los oficiales se retiraron desencantados por haber tenido que escuchar la habladuría del narcisista que se extendió en un discurso soso sobre sí mismo y  no concluyó en  nada,  ni propuso algo concreto.

La opinión sobre  el burócrata ineficiente fue unánime: Si dependían de este engolado y prepotente hombre, lo más seguro era que los ignorara.  Y así fue.  A pesar de la recomendación del propio Presidente Guaidó, el presuntuoso oficial no cumplió con la consulta para activar una agenda de apoyo, y agotó el tiempo en presentarse  como un súper agregado militar a nivel de cancillería venezolana, adjunto al Embajador y experto en inteligencia y protección. Comenzó ofreciéndoles el oro y el moro, para después con una letanía de excusas, demostrarles que  a la hora de la verdad no podría hacer nada porque no tenía recursos.  Que las partidas asignadas para la atención de los militares exiliados en Cúcuta, las manejaría la comisión de diputados y civiles que ellos nombrarían.  Argumentó que seguramente nombrarían otro representante militar especial para el caso, y que por razones obvias de su seguridad y la de su familia, no podría atender directamente sus llamadas telefónicas.  Todos entendieron que no les ayudaría, como efectivamente sucedió, y al final después de parodiar con gran egolatría su extraordinaria misión diplomática, se despidió  dejando en ellos desánimo, desesperanza y el fastidio de haber perdido el turno del almuerzo en el hotel.

Al sentir que arreciaban su desaliento y mareos como si tuviera una baja de tensión, María Teresa fue discreta y rápidamente a la clínica privada.  Primero pasó por  la farmacia y cuando el dependiente le preguntó  que sentía, dijo en tono de metáfora:   _un dolor de cabeza muy especial.  Entonces le entregaron una prueba de gravitex, recomendándole: _primero asegúrese de que no es por embarazo.

En silencio se dijo: _También tengo ese dolor de cabeza de no saber si estoy embarazada.  Probar no cuesta nada.  Utilizó la prueba  y así fue como confirmó lo que intuía. Que tenía unas semanas  de gestación y debía decidir qué hacer, porque después de su deserción no podía volver a pasar el puente para regresar al Táchira.  Sus compañeros de graduación en la escuela militar le dijeron:   _Ni sueñe  con devolverse para San Cristóbal.

Ahora tenemos que esperar a ver que nos ordena el presidente Guaidó, porque como pudimos ver en la entrevista de la televisión colombiana, nos ofreció protección.  Dijo que había delegado a un General exiliado en Bogotá y a varios diputados para  que se conformaran en Comisión permanente de apoyo a nosotros. Que confiáramos en que sus delegados cumplirían con los protocolos de atención  según la jerarquía militar de cada uno de nosotros, para garantizar no solo la estadía, asistencia médica y seguridad, sino para atender especialmente la ocupación laboral de acuerdo a nuestra preparación académica, y hasta los programas de asistencia psicológica y de recreación, porque la mayoría había salido al exilio con sus  parejas y sus hijos, todos menores de edad.

Muchos fueron los que vieron la entrevista y escucharon como ante la prensa internacional, Guaidó hizo su promesa de respaldo absoluto diciendo:   los militares venezolanos que me apoyan serán recompensados con honores por su sacrificio al ponerse  del lado correcto de la historia.  Además, repitió con reiteración que él y la patria estaban en deuda con ellos por su extraordinaria valentía, y cerró emocionado la rueda de prensa enviando un saludo de respeto como Comandante en Jefe a los militares venezolanos:  con ustedes al lado del pueblo y la ayuda humanitaria internacional salvaremos a nuestra patria.  Fuerza hermanos, fuerza y fe en Venezuela.

Mientras esperaba en la consulta del obstetra, asumió que no tenía elección, total ella había decidido unirse al grupo de militares que desde  todas las regiones venezolanas pasaron por el Táchira, vía a Cúcuta.  Fueron más de quinientos oficiales del ejército y la guardia nacional, que presentaron su nombre, sus armas, su vida en apoyo al representante de la oposición, que los convocó  para activar un movimiento de liberación por Venezuela, que invocara la urgente intervención mundial.  Su mayor argumento era el de aliviar la hambruna, la sangrienta represión de la dictadura,  la persecución perversa del régimen encarcelando y torturando a los líderes estudiantiles, y a los ciudadanos que  disentían públicamente en las manifestaciones.  Como todos,  ella había acudido  al llamado y con más razón cuando le advirtieron que la estaba vigilando la guardia nacional, -ahora plagada de cubanos-, y que sabían de sus actividades clandestinas en solidaridad con  los vecinos. 

Ya hacía meses que sus padres vivían en España, donde sus hermanos estudiaron sus post grados  y ejercían como profesionales. Se habían ido por iniciativa de María Teresa que les advirtió que debían ponerse a buen resguardo.  Al ellos marcharse, se sintió libre para involucrarse más en la resistencia contra la dictadura y sumarse a conformar un ejército en el exilio, porque parecía que ya todo estaba por darse; que pronto llegaría la necesaria ayuda extranjera y con eso eliminarían la narco dictadura que mantenía secuestraba a Venezuela.   La demanda de la Patria, como decía la frase que se repetía en silencio,  y que  llevaba en su corazón como un mantra, era su lema de fuerza, su anclaje mental diario desde su graduación en la Academia militar.  Esa frase era su primer pensamiento, su oración matutina, y ahora cada vez que iniciaba sus tareas en ayuda a sus compatriotas, la internalizaba con mayor sentimiento, con más fe que el día de su juramento.  Así sería,  cumpliría con Dios y la Patria.

Las señales de alerta y la invitación del grupo de militares dispuestos a participar en un levantamiento, le comenzaron a llegar durante su actuación secreta en apoyo a las protestas del año 2014,  cuando el médico cubano, asimilado como Coronel, que la miraba desde la discreción con ojos de encantamiento, la comenzó a seguir y  descubrió que era ella la que asesoraba en sus estrategias a los vecinos del sector de Las Pilas.  Cuando la llevaron en castigo al calabozo del comando regional, él la visitó y emitió un certificado médico para hacerla trasladar al Hospital Militar, en donde  le demostró que de verdad era su protector.  Le dijo en la ambulancia cuando la llevó al pabellón de cuidados intensivos del Hospital Central, a donde la hizo recluir para salvarla de volver al calabozo,  que no se preocupara, que él  sabía que ella era un poco cabeza caliente, y le pidió expresamente que dejara de estar inventando jueguitos de guerra y de andar prendiendo candelitas, porque no podía seguir eliminando pruebas contra ella para salvarla de los rumores en su contra, que habían llegado hasta el General encargado de la zona.

Desde entonces fue muy cercana su relación con él.  Más adelante como una paradoja de la vida, fue ella la quien le ayudó a escapar y con quien estableció desde entonces un contrato emocional de protección mutua, que les permitió salvar a muchos de los estudiantes capturados por el régimen, que llegaban heridos a la emergencia del Hospital militar y a los presos  políticos que entraban sin ser registrados, para que no se pudiera rastrear la evidencia de las torturas sufridas.

Su pareja, Capitán de la Guardia que había huido por la frontera de la costa atlántica colombiana,  le envío mensajes pidiéndole  llevar con disciplina el control médico de su embarazo, mientras buscaba como instalarse en un sitio seguro de ese litoral  colindante con Venezuela. Le aconsejó esperar en Cúcuta hasta que el presidente Guaidó activara la agenda política que había anunciado, porque si todo se cumplía, regresarían como héroes de la patria, con sus ascensos militares asegurados y las consideraciones de su rango.  Pero no fue así.  Pasó el tiempo y lo único que llegó fue el desencanto, y la sensación de que estaban abandonados. 

Los rumores que corrían entre la mayoría de oficiales que acataron el llamado, eran de fracaso y engaño.  El miedo a ser capturados y llevados a las cárceles de la dictadura generó mayor desilusión y dinamizó la deserción ante el incumplimiento, y más aún cuando algunos moteles y hostales comenzaron a cancelarles los pases para el comedor y a negarles las comidas, porque los Comisionados de Guaidó y sus diputados, no cumplieron con los pagos.  Muchos de ellos debieron salir a la calle a pedir ayuda, o irse a comer a los sitios de caridad en donde las congregaciones religiosas les daban desayuno y almuerzo.

Cuando un compañero le dijo que la querían contactar porque un grupo armado  estaba dando hasta dos millones de pesos a los militares venezolanos que tenían sus  familias en Cúcuta, si se alistaban en una célula instalada en Villa del Rosario, para entrenar mercenarios que trabajarían contra la dictadura como élites de ataque, y que ella por su formación como ingeniera de sistemas era muy apreciada, comenzó a pasarle información a su primo el Mayor Pérez Ramírez.

Constató que efectivamente una parte de los militares ya se habían alistado en las filas de la guerrilla colombiana, que otros se los habían llevado bajo amenaza, y convertido en escoltas de las pandillas de trocheros  que ayudaban a los venezolanos en los atajos de los caminos verdes llamados trochas, para entrar y salir ilegalmente de Colombia, siempre que pagaran el precio que se establecía en ese submundo delincuencial de expertos en pasar desde una avioneta, cargamentos, ganado, mujeres jóvenes y hasta un niño recién nacido que habían secuestrado.  Se decidió a  tomar mejores previsiones cuando se enteró que a sus compañeros expertos en explosivos los habían llevado a la fuerza a la zona de conflicto al mando de grupos de todo orden, que nadie sabía si era guerrilla, o paramilitares, o mercenarios y hasta del mismo grupo de la dictadura que les hacía ese oferta para ver a quien pescaban para llevarlos a Tibú, Ragonvalia, Chitaga y alrededores, ofreciéndoles el pago de millones de pesos, por colaborar,  a juro.  Rubricaban  la oferta con la amenaza de que  si no lo hacían pagarían con sus vidas, y las de sus  familiares que vivían con ellos en los hoteles.

No tuvo más opción que verificar y consignar en su informe, que era cierto lo que ya todos sabían: que mientras los Comisionados de Guaido se alojaban en los más costosos y  confortables hoteles de Cúcuta, y manejaban millones en gastos personales, y hasta se dejaban ver en discotecas y restaurantes a donde pagaban facturas de licores y compañías, los militares y sus familias eran abandonados e ignorados. Nadie les contestaba las llamadas telefónicas, ni los correos, y además tenían que permanecer escondidos porque la dictadura venezolana los buscaba para matarlos. Ante la miseria que estaban pasando, sus  esposas, hijos, hermanos se habían visto obligados a salir como mendigantes a desandar por  Cúcuta pidiendo de limosna un plato de comida a la entrada  de los  centros comerciales, hoteles, iglesias y restaurantes.

Cuando los dueños de los hoteles les confirmaron que serían desalojados en cuestión de días, los llamó un tal Aladino para informarles que les depositarían a través de una transferencia bancaria, en una corresponsalía de Efecty en Cúcuta, el equivalente al pago de tres meses de salario mínimo, y se desentendieron de ellos.

Tres meses después, María Teresa tuvo que salir huyendo del cuarto que había alquilado en el Barrio Atalaya, donde vivía con la Sargento de la Guardia Nacional y sus dos niños. Se fue al sector de Los Patios, cuando le avisaron que el médico cubano, asimilado como Coronel, que dirigía el Hospital Militar en San Cristóbal,  había desaparecido y que la orden de buscarlo en Cúcuta decía, que la rastrearan a ella porque lo más probable era que él la contactara. Entonces esperó en la venta de verduras a los camioneros que había conocido en el hotel, y a través de ellos consiguió la dirección de los dueños de la finca que suministraba hortalizas al hotel, y que había conocido al ayudar al gerente con el sistema de control de gastos que sinceró las cuentas y benefició a la finquera, que aunque era hija de colombianos, había nacido en Caracas a donde su familia trabajó durante tres generaciones. Retornados a Colombia desde los primeros años de gobierno de Chávez,  habían invertido todos sus ahorros en dos fincas para el cultivo de hortalizas, y en una gran casa de campo a donde su abuela puso una posada, y agradecida por  la vida de prosperidad  que había llevado en Venezuela,  todos los días cumplía su promesa de  regalar almuerzos a las mujeres que con niños pequeños formaban parte del éxodo de caminantes venezolanos.

En esa zona de cultivos, con otro nombre y en compañía de su pareja, María Teresa pasó su embarazo trabajando en la administración y registro de las ventas, y ayudó a su patrona a montar una distribuidora de productos del campo, que surtía a varios restaurantes y ventas de mercados en Pamplona. Ahí, en esa casa de la finca, atendida por  médicos amigos, y protegida por esa familia de colombianos retornados María Teresa  dio a luz a su hija, a quien ella y todos desde antes de nacer llamaron con el nombre de Libertad.   

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