Por Leonor Peña

Era el año 1992 y el Dr. Ramón J. Velásquez ejercía la primera magistratura designado por el Congreso Nacional como Presidente de Venezuela, por un lapso de transición.  Una gran conmoción política, un fallido golpe militar al presidente Carlos Andrés Pérez y luego su destitución ahondaron la crisis y activaron la emergencia para que se decretara el gobierno de transición, se designara al presidente interino y se aprobara el cronograma electoral que permitiría elegir al próximo presidente constitucional de la República.

Ramón J. Velásquez, gran tachirense, extraordinario venezolano, ciudadano honesto, ilustrado y muy humano, a quien admiré y respeté profundamente me llamó el primer día de su gobierno a su despacho en el Palacio de Miraflores y me dijo unas palabras inolvidables:

_Necesito a mis mejores colaboradores… A ustedes, mis amigos los necesito a mi lado.  Necesito que ustedes me mantengan en conexión con el país, que sean mis oídos, porque en este cargo que es el máximo ejercicio del poder político, no quiero ser un poderoso solitario, quiero ser lo que debe ser un hombre poderoso:  una montaña de hielo con oídos.

Me preguntó:   _ ¿ Usted en que quiere trabajar?  

Le contesté: _ Solo quiero que usted salga de aquí con vida, porque dicen que en cualquier momento van a dar un golpe de estado y pueden bombardear el palacio…  Los taxistas no quieren venir hasta Miraflores, dicen que en este momento es un peligro.

Se vivía toda una psicosis de golpe que seguía rondando Miraflores, una mitología que se hizo realidad porque hacía solo unos meses se había dado el fallido golpe militar contra el presidente Carlos Andrés Pérez.  Repetí con énfasis: _ No quiero ningún nombramiento ni cargo.  Solo quiero ser parte del grupo de sus amigos fieles que venimos a ayudar en lo que usted considere que le somos útiles.

Él me contestó sonriendo:   _ Entonces le doy la  bienvenida al grupo de mis amigos, “ los pero no me nombre”. Y agregó…  Le voy a encomendar especialmente una tarea, que haga un informe sobre los casos de los militares más jóvenes que estuvieron involucrados en el golpe de estado al presidente Carlos Andrés Pérez, y están en situación de convalecencia, recluidos en hospitales o en sus casas.  Tengo información oficial, pero quiero que usted redacte un texto directo sobre estos militares, que en su mayoría son jóvenes de rangos menores.  Voy a hacerle una recomendación especial, y es que ellos se merecen todo el respeto y consideración como seres humanos, como ciudadanos venezolanos, y sobre todo como parte del ejército merecen respeto a su dignidad de oficiales y soldados.  Y recuerde siempre que el respeto a la dignidad humana y ciudadana de los militares venezolanos, de quienes soy su máximo jefe, es en este momento un punto de esmerada vigilancia que debo mantener para que se resuelva cada caso con rigurosa justicia. Este es un momento de transición, soy el Presidente de esta transición, todo es una espera, una incertidumbre, todo está como detenido en un tiempo de pausa, y lo que debo tener presente es que estoy aquí para mantener el orden democrático y  conducir al país  a las próximas elecciones.  Mi deber es ser el puente entre esta crisis y la continuidad de la vida democrática venezolana. Mi tarea es entregar la banda presidencial a quien resulte electo Presidente constitucional de la República.

Agregó de manera muy categórica: Y una cosa, necesito saber especialmente del estado en que se encuentran los militares tachirenses involucrados que están siendo atendidos en hospitales, y saber también cómo están sus familias. Necesito que usted directamente relate cada caso entrevistando a familiares, a compañeros y a través de terceros,  -usted no debe personalizar ese trabajo-,  a esos jóvenes que resultaron heridos en los actos de violencia, en los eventos de choque, en los asaltos que ejecutaron cumpliendo las órdenes impartidas por sus superiores. También necesito saber de los que fueron maltratados al ser apresados, y que se encuentran recluidos en ambulatorios y en hospitales militares.

A los días le llevé el informe y él dijo:        _Según usted algunas de estas personas convalecen recluidas en casas particulares, otras más enfermas están siendo atendidas en clínicas y hospitales, y algunos, me dice que están escondidos.  Veo que los familiares han hecho llegar solicitudes de ayuda a través de amigos.

Aprenda una cosa.  Le estoy encomendando esta tarea por la confianza y sobre todo porque usted con su vocación tachirense va cumplir mi encomienda.  Esos jóvenes a quienes debo ayudar de manera muy particular, son paisanos que se vieron involucrados porque sus superiores les exigieron acatar órdenes.  Los autores intelectuales fueron un grupo muy limitado que conspiró en secreto hasta realizar ese intento de golpe militar en el que fallaron, pero arrastraron hasta ese escenario a muchos de estos oficiales y soldados que ni siquiera conocían la estrategia ni los objetivos a cumplir. No lo lograron, pero si este país sigue así, y los conspiradores y actores principales llegan por la vía democrática de las elecciones o dan otro golpe, pueden acertar y serán gobierno. 

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Ayúdeme a ayudarlos, sobre todo llevando un seguimiento semanal de cómo están de salud y si tienen recursos económicos y atención médica adecuada.   Mire… Le digo algo que le va a servir mucho, que es una lección de vida muy real sobre en el mundo político y militar.  La vida es como un balancín que sube y baja, nunca sabemos cuánto tiempo estaremos arriba o abajo….  Hoy más que nunca debemos recordar que es así, un rato estamos arriba y otro rato estamos abajo, como en un balancín.   Hay un decir, una “parlenda”  que dibuja muy bien este dicho:  La vida es como un gallinero.     Si ese movimiento de insurrección militar continúa, si por la vía de hecho o de derecho los involucrados en este golpe llegan al gobierno, ahí entre esos jóvenes pueden estar futuros ministros y hasta un presidente.

He practicado como principio desde todos los cargos públicos que he ejercido, atender con respeto y sin distinciones, porque nunca se sabe cuándo vamos a necesitar a quien. En mi vida política he sido varias veces ministro y senador, y mi línea ha sido siempre servir, porque la política es eso servir, es un apostolado… Servir sin distinciones al país a quien nos debemos. 

Con el mundo militar he tenido una relación muy estrecha. Aprendí como preso político y como alto funcionario desde la Secretaria de la Presidencia a entender que ese es un universo riguroso, difícil, severo, de órdenes y peligro para los oficiales principiantes,  de poder y privilegios para los altos mandos, pero también es para todos estrecho y vigilado, plagado de envidias de intrigas y castigos.  Es un mundo de poderosas órdenes y de vengativas contraordenes, un limbo en el que en un segundo se puede perder no solo la carrera de oficial, se puede perder la vida.  Ese es el mundo que viven los militares, en el que lo más delgado de la soga siempre son los jóvenes.  

Aprenda a conocer ese mundo, que en Venezuela es uno de los mayores ámbitos de poder político. Aprenda que la dignidad de un principiante, de un estudiante de la escuela militar debe ser respetada tanto como la de sus jefes, sobre todo como seres humanos, y que se debe conocer el protocolo de trato y jerarquía que en ellos es tan estricto como en una corte real. Jamás deje sin atender una voz militar, porque uno nunca sabe si ese joven soldado, cadete, sargento trae una información que le puede salvar la vida a su General en jefe, al presidente o a usted. El respeto a su dignidad y la consideración que merecen es la gran carta de presentación que he tenido siempre para el mundo militar.

La lección de Miraflores, esa lección de sabia humildad de Ramón J. Velásquez fue la que recordé cuando comencé a recibir llamadas de urgencia de amigos de San Cristóbal y Caracas que me indicaban que los estaban contactando con urgencia, familiares de los jóvenes militares que cruzaron la frontera para respaldar a Juan Gauido, presidente encargado nombrado por la Asamblea Nacional, y que se encontraban en Cúcuta en situación de abandono.  Confirmé lo que me contaron sobre estos oficiales que desesperados, amenazados por el peligro que comenzaban a correr, perseguidos por los espías de la dictadura clamaban protección en las calles de Cúcuta.  La mayoría habían salido de Venezuela acatando el llamado de Juan Guaido, a presentarse en el Norte de Santander y en respaldo a su gobierno, estar allí donde se anunciaba como preámbulo un gran concierto con artistas de renombre internacional, que se realizaría en Cúcuta para  recabar fondos económicos destinados a la ayuda humanitaria, y que  -al día siguiente cumpliendo la agenda programada- entrarían a  Venezuela por el Puente Internacional Simón Bolívar, en una gran caminata liderizada por diputados y políticos de la oposición venezolana.

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En marzo recibí una llamada que me informaba que el Mayor Hugo Parra Martínez, oficial venezolano de más alto rango, en representación de sus compañeros oficiales y de la tropa se había declarado en emergencia ante el peligro que corría de ser arrestado o secuestrado, y que solicitaba mi teléfono a objeto de hacer llegar su informe sobre los comisionados al Presidente Guaido. Me informaron que él sabía de mi vínculo con el Diputado Sergio Vergara, con quien tenía cercanía por mi trabajo como miembro fundador del Partido Voluntad Popular en el Táchira.  Como en la vida todo es una circunstancia y un evento aislado que de repente parecieran tener conexión de causalidad y casualidad, me correspondía ir en dos días a Cúcuta a dictar mi conferencia sobre la historia del éxodo en esta frontera del Táchira y Norte de Santander.  Entonces recordé el consejo del Dr. Ramón J. Velásquez en Miraflores y me dije: es verdad la vida es como un balancín, todo sube y baja. Estos militares vinieron como héroes y ahora son tratados como mendigos.

Autoricé a que le enviaran mi número telefónico al Mayor Parra Martínez, a quien solo conocía de verlo en los noticieros presentando su saludo militar al presidente Juan Guaidó, como el oficial de más alto rango, en representación de sus compañeros de armas que salieron al exilio en Cúcuta a cumplir con su convocatoria. Enseguida recibí su llamada y recordando las palabras del Dr. Velásquez en Miraflores, le manifesté mi respeto y disposición a ayudarle. Con atención escuché su relato sobre la gravísima situación de abandono, el estado de mendicidad que estaban viviendo muchos de estos oficiales y la amenaza de ser desalojados de los hoteles donde se hospedaban y tenían también servicio alimentario. Me ratifico que los empresarios hoteleros les amenazaban de desalojo por el incumplimiento del acuerdo de pago por parte de los comisionados del Presidente Guaido, acuerdos que como me indicaba el Mayor Parra, tampoco se cumplieron en la parte alimentaria a sus familias y en el trato que esperaban de respeto y consideración como oficiales leales que confiaron en los representantes de Guaido, quien  les  aseguró  protegerlos y garantizarles hospedaje, alimentación, atención médica y sobre todo seguridad para ellos y sus familias. 

Recordé la lección de Ramón J. Velásquez en Miraflores, y me repetí su frase: La dignidad de un militar debe ser respetada por sobre todo como seres humanos y ciudadanos.  El trato para con ellos debe ser de respeto y por ello  se debe conocer el protocolo  jerarquía que es tan estricto como en una corte real, como en un reino.  Jamás deje sin atender una voz militar, porque uno nunca sabe si ese joven soldado, cadete, sargento trae una información que le puede salvar la vida a su General en Jefe, al Presidente o a usted misma. 

Me reuní con el Mayor Hugo Parra Martínez y recordando la enseñanza de mi maestro le pregunté:  ¿Usted de que parte de Venezuela es?  Y enseguida respondió con tono de orgullo:  tachirense.  Recordé el proverbio árabe y pensé en esa frase:  el azar no es inocente.   Desde ese día he atendido a sus compañeros, a muchos oficiales y sus familias y he continuado hasta hoy recibiendo sus llamadas con sumo respeto a su dignidad ciudadana, con gran consideración como ser humano y con el tratamiento y protocolo que merece por su jerarquía militar. Me dije, esa es la lección de Ramón J. Velásquez para este momento y apliqué al pie de la letra su lección:  La lección de Miraflores.

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