Leonor Peña

Había jurado no volver a involucrarse con sus compañeros de  universidad,  médicos voluntarios con quienes atendió  emergencias durante las fuertes protestas del año dos mil catorce en San Cristóbal, en plena  arremetida del ejército de extranjeros identificados por su acento cubano, que con uniforme de la guardia venezolana disparaban a quema ropa contra los manifestantes.

El día del ataque militar  en la avenida Carabobo, Giovanna se  consagró atendiendo como médica a los heridos que se desangraban en el parque.  Al final de esa agotadora jornada sintió  que se estaba graduando con honores de cirujana, y la invadió una energía mezcla de rabia y compromiso que dinamizó su acción ayudando en las calles.  Vivió momentos extenuantes, en medio de ese desigual combate en el que además se esmeró en colaborar  para sacar a las víctimas, del anárquico territorio de guerra:   De un lado los estudiantes desarmados  expuestos a disparos y golpizas, y del otro  los militares en sus blindados, con chalecos anti balas, y armas de largo alcance, lanzando  bombas lacrimógenas.

En esa ciudad sitiada por la dictadura, donde la agresión oficial convirtió espacios públicos en campos de muerte, ella fue desde diligente cirujana y eficiente enfermera, hasta choferesa de improvisadas ambulancias, ayudando a escapar o asistiendo  en quirófanos clandestinos a los manifestantes, para evitar que se los llevaran presos los esbirros policiales, que se presentaban en las clínicas acompañados de jueces y fiscales cómplices que emitían documentos justificando las detenciones.

Ese  tiempo de las primeras protestas de calle, que los medios de la prensa dictatorial desestimaron llamando en tono despectivo guarimbas, fue también su tiempo de iniciación en la resistencia.  Aun se despertaba asustada  en medio de la noche, cuando entre pesadillas  la sobresaltaban las imágenes de aquellos días.  Cansada de estar en riesgo permanente, y del seguimiento que le hacía la policía del régimen, resolvió salir de Venezuela tan pronto terminó  su maestría en el Hospital Central de San Cristóbal.

Consiguió inscribirse en la universidad de Pamplona, Colombia, en el Postgrado de traumatología para pacientes con lesiones por  tratamientos oncológicos de quimio y radioterapia.  Desde su llegada se vinculó a organizaciones de ayuda humanitaria, para  atender a los migrantes venezolanos, conocidos como caminantes  que llegaban a pie desde el Puente internacional en la frontera con Cúcuta.  Esa actividad de socorrer a los más desprotegidos,  le sirvió de terapia ocupacional para sentirse útil y seguir vinculada a sus paisanos. A veces recibía  noticias de las torturas que padecían los líderes estudiantiles apresados durante esas protestas, y también los jóvenes militares venezolanos que no quisieron acatar las órdenes de reprimir con mayor violencia. Entonces no podía evitar que una mezcla de  llanto contenido y  rabia no desahogada, se le atascara como un golpe seco en la garganta.

Ya en tiempo de exámenes finales para concluir sus estudios, iba camino a  la universidad por la soleada plaza  disfrutando la brisa fría bajo  el luminoso cielo de Pamplona, cuando la llamaron por su sobrenombre de los tiempos de protestas.  Miró buscando quien  decía en voz  baja: Miss Doctorcita, y reconoció a su compañero de estudios.  Venía con el encargo de contactarla para atender a una anciana señora,  a quien él conocía solo de referencias como  madre del militar que mantenían secuestrado en la Dirección de policía, preso político de la dictadura, que por más de dos años había sido dado por desaparecido.

Se rehusó a pesar de la insistencia pero terminó aceptando porque fue muy asertivo su compañero de estudios, al explicarle qué en esta emergencia la necesitaban a ella, y qué lo habían comisionado para convencerla, sabiendo que conseguiría exponerle con suficientes argumentos profesionales el caso.  Con insistencia y estoica terquedad le dijo que la esperaría hasta que saliera de clase.

Parecía que el azar  conspiraba en  sincronía con la circunstancia. Ese día la clase fue una extraordinaria conferencia sobre las lesiones post traumáticas, ocasionadas por la radioterapia en los tratamientos para el cáncer de seno, y más extraordinario aún, que quien acompañaba al conferencista invitado fuera su amiga y colega que le dio la buena sorpresa de su visita.   Enseguida se programó la invitación a almorzar, incluyendo  al amigo que la esperaba y la sobremesa terminó en una amena conversación sobre las terapias recomendadas, que ellos estaban aplicando en la clínica de Bucaramanga.                                                                      

Cuando estuvieron solos él le dijo: _Esta señora que vas a atender,  es una extraordinaria mujer, muy educada y valiente, que a sus  ochenta años  sobrevive más que por las terapias y operaciones a  que ha sido sometida, por la ilusión de volver a ver a su hijo.  Más  ahora que sabe, después de dos años,  que está vivo, aunque  preso en las celdas del Helicoide.

Conoció a María Helena, y le impresionó su porte y educación.  Era una hermosa señora muy bien presentada que llevaba el cabello corto, plateado, arreglado en ondas. _Señal que tengo buen  peluquero.  Dijo con gracia cuando le alabamos su peinado, y repitió con mayor gracia que el halago se lo transmitiría a su atento estilista, que  le había atendido durante años, hasta en su estadía en la clínica oncológica, cuando por la quimioterapia sufrió alopecia y entonces él viajó a visitarla. _Quedé calva, y él me confeccionó  una cómoda y muy bonita peluca.

A sus  años, consideraba como sello personal su cuidada apariencia por razones que explicó con tono de consejo: _Hay que arreglarse todos los días. Peinarse, maquillarse, perfumarse y vestirse bien. Eso ayuda a mantener en alto el ánimo.  Es una buena rutina de auto estima para cultivar actitudes de asertiva serenidad.  Además siempre he  estado atenta a todo lo bello. La belleza está en todas partes, y comienza en nosotros.  Cuando somos jóvenes nos arreglamos para agradar, a mi edad  además lo debemos hacer para no desagradar.

A través del cristal de sus lentes fluía en su mirada la dulzura del color miel de sus ojos. Toda ella irradiaba armonía entre su cuidada manera de hablar con  voz segura y  su actitud amable.  Su presencia recia y dulce me recordó a esos caramelos que se encuentran en las fiestas de pueblo,  de apariencia firme,  que sin embargo se deshacen en la boca como una agradable mezcla de melada panela e hinojo.  Hablaba con frases pausadas refiriéndose con nostalgia  a su hijo de cincuenta y cinco años, como:   mi hijo querido.

Nos sorprendió al decirnos: _Sé el mal que me aqueja. Se las consecuencias del tratamiento, y sé muy bien lo que significa suspenderlo  y las ventajas de continuarlo.  Estoy dispuesta a  ir donde sea, a hacer lo que me digan los médicos, porque necesito vivir para volver a Venezuela y continuar mi peregrinar por fiscalías, tribunales, juzgados. Ir a la prensa, a todo cuanto sitio tenga que visitar hasta lograr la libertad de  Rafael Ernesto.

_ Necesito unos años más de vida.  Un tiempo más para ganarle esta guerra, no al cáncer… Noo!    Sino a los delincuentes que han secuestrado nuestra Venezuela y que se ensañan con los militares que no aceptan ser  sus lacayos, ni se dejan  manejar como esclavos y sirvientes  de los invasores cubanos, al servicio de dictaduras de terroristas y delincuentes de países extranjeros.   Esa es mi energía,  mi fortaleza, mi fuerza…  vivir para salvar a mi hijo querido.

Giovanna,  bajó a Cúcuta a recibirla cerca de la trocha de Ureña y desde ese día fueron inmejorables compañeras.  Siguiendo instrucciones, compraron a nombre de un amigo el teléfono celular de una firma de comunicaciones colombiana, y las tarjetas necesarias para activar la línea que usarían.  Aprovechó para hacer una recarga y reactivar el plan de pago para su número personal, y le llamó la atención que el vendedor que se apresuró a ayudarla, la miraba insistentemente aunque trataba de disimular. Se atrevió a pedirle una foto, y le dijo agradecido, que era un  honor atender a una Miss Venezuela tan bella y sencilla. Y la despidió dándole  las gracias por  el selfie.

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María Helena sonrió y le dijo en voz baja.  _No quise hacer referencia a ese parecido, pero es verdad,  eres igualita a esa joven que hace poco fue miss Venezuela.  Diría que hasta más bella, porque sin maquillaje, eres bellísima.  Quizá te falta un poquito de estatura, para ser exacta.

En la casa de campo que funcionaba como una muy buena posada, en las afueras de Cúcuta, se hospedaron por unos  días para descansar, y al llegar a Pamplona se alojaron en un discreto y seguro hotel. De inmediato iniciaron  la preparación  que María Helena requería a su edad, para continuar con  el protocolo de radioterapia que le aplicarían en la clínica de Bucaramanga.  Fue sencillo establecer más allá de su relación médico-paciente, una equilibrada convivencia gracias a la comunidad de coincidencias en el gusto por el buen comer; en su afición por relatar experiencias de viajes;  en el coincidir en vestirse adecuadamente para ir bien abrigadas a disfrutar bajo las frías temperaturas pamplonesas de largos paseos, descubriendo valiosas piezas de arte en iglesias y sitios históricos.

La rutina de compartir información sobre Venezuela, fue pronto una costumbre que cumplían al final de la tarde, desde sus teléfonos celulares revisando mensajes. También las ayudó en sus opciones para  agotar el ocio de manera creativa, el ser  acuciosas lectoras de   libros y revistas, así como el ir a ver estrenos de películas en la bien instalada sala cine. Giovanna siguió con rigor su horario  de estudios, mientras María Helena asistía a sus sesiones  de fisioterapia agendadas con anticipación, para mantenerla en permanente compañía como requería su situación.

Casi con alegría, María Helena decía que era una bendición tener este descanso, porque necesitaba reponer fuerzas después de recorrer desde Caracas, caminos rurales  y carreteras alternas, entre  fincas y  haciendas de  amigos del grupo que la protegía, para  evitar el paso por alcabalas militares instaladas en las carreteras principales. Le habían advertido que a causa de  la entrevista que concedió a CNN y a la televisora colombiana, la policía de la dictadura chavista tenía orden de arrestarla, y llevarla a la cárcel para mujeres en Los Teques.

Estaban ya en los preparativos del viaje cuando una tarde paseando por la Calle Real de la ciudad, entraron a la exposición del artista que patrocinaba el hotel donde se hospedaban, y que en las  tarjetas de invitación era elogiado como un reconocido muralista.  Apenas comenzaba el brindis de apertura de la muestra pictórica, cuando Giovanna recibió en su celular un mensaje de texto de un número no identificado que comenzaba diciendo:  Llamada Urgente… Salió al jardín para revisar  y leyó un segundo mensaje:  _ Favor estar atenta.  En unos minutos la llamaremos.

El grupo de seguridad que la protegía le había advertido como actuar para recibir llamadas no identificadas. Primero tenía que apagar el celular mientras se comunicaba con ellos desde otro teléfono. Luego debía reiniciarlo, activar el programa de grabación y esperar por lo menos un minuto antes de contestar, para tener tiempo suficiente de rastrear el número, si era necesario.  La llamada que contestó era del sistema de WhatsApp con el código de Venezuela. Una mujer le habló con apuro ofreciéndole un empleo muy bueno, y le dijo con voz atropellada que  podían encontrarse para darle un anticipo de pago por su trabajo.  Cuando pregunto de que se trataba, le contestó muy cortante: _No se preocupe. Trabajará bien pagada como prostituta.

Sus asesores le dijeron que les parecía muy burda la propuesta, y que ello indicaba que podía ser el hampa común. Que no consideraban que fuera la organización delictiva que estaban investigando, porque trabajaba con mayor cuidado y que le agradecían su colaboración porque estaban a punto de capturar a los jefes de una mafia internacional de tráfico de mujeres venezolanas, a las que secuestraban en los pasos de las trochas, o eran seguidas para después raptarlas.  Los tenían identificados con la policía nacional, y ya solo necesitaban precisar señales para ubicar a los enlaces de la banda que manejaban la red.  Le informaron que habían logrado intervenir la línea de una oficina de alquiler de teléfonos en San Cristóbal desde donde le habían llamado y le pidieron que dejara activado el circuito de grabación, para tener doble registro de la conversación.

Siguiendo estos lineamientos esperó la siguiente llamada de un número no identificado. Esta vez una voz de hombre la saludó con respeto, y le pidió que por favor atendiera la llamada. Le propuso trabajar en el ejercicio de su profesión,  en su especialización como traumatóloga. Le planteó que si ella aceptaba vendrían personalmente a contratarla, según disposiciones del reglamento de empleo del grupo empresarial que representaba. Le pidió su opinión sobre las entidades bancarias de Colombia o Venezuela que más le convenían, para hacerle el depósito  por la cantidad equivalente en dólares que ella estimara conveniente por su pago mensual.  También le planteó que tan pronto llegaran a un acuerdo, le harían la transferencia bancaria por el equivalente a ocho millones de pesos, a la agencia del banco que ella seleccionara, o se lo harían llegar efectivo, como reconocimiento de gastos inesperados ocasionados por la nueva situación.

Contestó que podía hablar con ellos después de presentar en la universidad el último examen pendiente, como podían verificar en el calendario de pruebas.  Enseguida en un mensaje de texto le llegaron los datos de sus cuentas de bancos y en un mensaje de voz, muy amable pero enfático, le aseguraron que contaban con que ella entendería en su momento el por qué  la prisa.  Que confiara en que sería tratada con merecido respeto y recompensada con un muy buen pago.

Unos días después, caminaba por  el parque cuando recibió la llamada de un número telefónico colombiano.  Una voz de mujer le dijo: _ Un momento que le van a hablar.  Enseguida otra voz de mujer le dio instrucciones: _Doctora, por favor camine un poco más hacia el frente suyo hasta el quiosco de venta de café, y míreme.  Estoy vestida de abrigo azul claro, bufanda verde oscuro y tengo una maleta negra con ruedas…   Por favor, apague su celular.

La mujer la invitó a la cafetería frente al parque y allí le indicó que ella era solo una emisaria, que tenía el encargo de darle información muy precisa. Que debía comprar enseguida, ropa para viajar a un sitio de clima más cálido. Le entregó un sobre con dinero en efectivo para esos gastos y una carta que describía al detalle su hoja de vida profesional con los estudios realizados y su experiencia laboral en medicina, así como un cuestionario de  preguntas que debía contestar. Como habían convenido,  después de las compras regresó a la catedral frente al parque y esperó. Recibió una llamada y reconoció la voz del hombre de la llamada anterior.  Le dijo  que por favor confiara en ellos, que aunque por ahora no le podía dar referencias, si podía asegurarle que estaba tratado con gente seria.  Que a nombre de su grupo empresarial le trasmitía su saludo de aprecio, y el compromiso cierto de que sería tratada con el considerado respeto que ella merecía.  _No dude de mi palabra. Para nuestro grupo usted, es doblemente valiosa, tanto por su trayectoria personal, como por su especialidad  en medicina, por lo que hemos asumido que nos será  doblemente útil.

Cuando preguntó en qué consistiría el trabajo, le contestó con breves comentarios sobre el agradable clima de montaña y las comodidades que tendría en el sitio a donde sería llevada, en el oriente colombiano, cerca de la frontera con Venezuela. _Usted vivirá en una casa con todas las comodidades de un muy buen hotel, y su trabajo consistirá en atender como paciente de un post operatorio a una persona que  ha contratado nuestros servicios, y cuya identidad no podemos revelar.

Ese día Giovanna no hizo la llamada diaria de las seis de la tarde, de acuerdo a nuestro cronograma de protección, para informarnos que estaba bien.  No supimos más de ella hasta las siete de la noche, cuando se comunicó a través de un mensaje de voz, de un número desconocido.  Decía que todo estaba bien, que se encontraba en una casa cerca de Pamplona y que tenía apagado el celular. Se disculpó por no regresar  al hotel pero que para acompañar a doña María Helena, había contactado a la enfermera que la ayudaba en sus sesiones con el fisioterapeuta,  para que después de su masaje la llevara al hotel y le acompañara por esa noche. Que en la mañana les llamaría.  Al día siguiente muy temprano un mensaje grabado por Giovanna, decía que estaría fuera de la ciudad por un tiempo. Pedía que no avisaran a nadie, y menos a la policía. Que estaría cumpliendo un trabajo como médico en su especialidad y nos agradecía que mantuviéramos la calma y el silencio necesario y sobre todo que no nos comunicáramos  con sus padres.

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Tres meses pasaron hasta que volvimos a ver a Giovanna. Llegó sin avisar y nos contactó para cenar. Parecía aún más bella, bien vestida y se veía muy cuidada. Tenía la piel dorada de quien ha estado una temporada de vacaciones  en un clima de sol, sin embargo su mirada delataba un leve acento de tristeza. Al recibirnos nos agradeció por cumplir las exigencias de sus contratantes.

Comenzó diciendo que nunca había rezado tanto, y que además jamás imaginó que sería tan buena actriz. Nos agradeció por haberle ocultado a sus padres, la situación. Con hablar  bajo y con llanto sereno nos relató cómo la llevaron hasta la casa de un  extranjero del norte de Europa, que mandaba por sobre jefes guerrilleros, trocheros  y coyotes.  El Gran Jefe, como le decían, era un hombre de unos sesenta años, que hablaba todo el tiempo en inglés y que la recibió en su finca a donde fue llevada con los ojos vendados, primero en una camioneta jeep, luego caminando unos minutos por un sendero de tierra y después en helicóptero.

Solo le quitaron la venda al llegar a la casa, cuando la dejaron en la sala de visitas amoblada con lujosa sobriedad, donde una mujer con uniforme de empleada doméstica la guío hasta su apartamento, en un segundo piso. Era una habitación amplia, bien decorada como la suite de un hotel, con un enorme balcón protegido por vidrios de seguridad, que servía de sala comedor, terraza y solárium desde donde podía ver el cuidado jardín, la piscina y el comienzo de un inmenso cafetal.

Le advirtieron que a las cinco  de la tarde debía estar lista y esperar que la buscaran para la reunión con el Gran Jefe.  Debía guardar silencio y no preguntar sino escuchar, hasta que él le diera permiso de hablar. Todo iría bien si mantenía la calma.  Más tarde, una mujer que le asignaron para atenderla, una señora mayor con uniforme de empleada doméstica le llevó la infusión aromática que había solicitado, y cuando pasó a ordenar la lencería en el baño le dijo con cuidado disimulo en voz muy baja, tapándose la boca con una toalla: _ Aquí en esta parte del baño no hay cámaras. Usted tiene un ángel de la guarda que la protege.  Ya verá porque se lo digo.

La llamaron por el teléfono interno para que bajara hasta el primer piso y la llevaron al despacho del Jefe. Era una oficina de reuniones que daba la apariencia de una gran sala para video conferencias, con biblioteca, teléfonos, computadoras, y una pantalla gigante.  Le sorprendió ver un enorme cuadro original del pintor colombiano Alejandro Obregón.  Todo el mobiliario era de un lujo discreto, sillas y sofás de cuero negro y la biblioteca en acuerdo con la gran  mesa de madera bien trabajada hacía conjunto con el escritorio. Sobre la mesa del juego de muebles a donde le indicaron que podía esperar, vio una revista con la foto en la carátula de la miss venezolana, la misma de quien todos decían era su  doble.

Después de unos minutos se asomó a mirar por la ventana las luces del atardecer reflejadas en el  paisaje de montañas. Apreció en las jardineras la variedad de plantas tropicales y más allá alinderando  todo alrededor, los cafetales  que daban la apariencia de un bosque bajo. Escucho que se abría la puerta y entró en silla de ruedas llevado por un joven enfermero, el mismo hombre que conoció en Cúcuta, en el lobby del hotel. La saludo con una inclinación de cabeza y sonrío al decirle en inglés: _Un placer volver a verla doctora.  Bienvenida a mi  territorio. Hablemos en inglés. Sé que usted lo habla muy bien.

Entonces escuchó su historia. Le contó cómo ese día en Cúcuta, cuando el enfermero que lo asistía falló al intentar ayudarlo para que pudiera sentarse más cómodo en el sofá, y ella vino a auxiliarlos, el reconoció en sus ojos la mirada de la médica que le salvó la vida esa noche en San Cristóbal.

_Usted no me conoce, pero yo sí.  Usted ha estado presente en mis cuentas por pagar  desde nuestro encuentro, cuando en  San Cristóbal, su gente me atendió de emergencia y gracias a su trabajo como cirujana, pude seguir con vida.  Vamos a tener una conversa necesaria, que tenía pendiente. El destino pareciera que nos lleva hasta nuestros predestinados encuentros.  Estuve unos años afuera buscando alivio y tratamiento para esas lesiones que sufrí aquella noche, en que usted me salvó la vida.  Nunca supe quién había sido esa mujer. Verla a usted en Cúcuta me hizo retomar mi propósito de ubicarla y enseguida mandé a averiguar.

Estaba a punto de contactarla cuando  de nuevo la casualidad la puso en mi camino. Una gente que trabaja por aquí cerca de mi territorio, llevó su foto a una reunión para ofrecerla en venta a lo que aquí llaman una casa de muñecas…  

La vida es un extraño juego de coincidencias. Que cosas. Esa revista que usted ve ahí,  estaba en manos de uno de los negociantes que tenía su foto y las comparaba.  Mí empleado allí presente, estaba cumpliendo su trabajo de rastreo para ubicarla, y de pronto la vio en una foto de celular, un selfi, -como le dicen- junto al hombre que la ofrecía en venta. Me avisaron enseguida. La información coincidía,  decía que usted es médica, nacida en San Cristóbal  y que estuvo como voluntaria en la emergencia del año catorce cuando las guarimbas.

Verla en Cúcuta me hizo visualizar sus ojos, que es lo que recuerdo de ese momento cuando desde la camilla,  lo único que atinaba a decirle a gritos  era que me sacaran de ahí.  Que llamaran a mis escoltas a uno de los números telefónicos que tenía tatuados en el cinturón del pantalón y en la manilla de mi reloj.   Que cosas tiene la vida, parece un carrusel, todo da la vuelta y regresa.  Va y regresa.  Nada es casual… 

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