Leonor Peña

Conocer el territorio que en tiempos no muy lejanos de la niñez  fue el  escenario de sus juegos infantiles, les salvó la vida. Aun adoloridos por las heridas y golpes, continuaron caminando confiados en que el saberse de memoria el relieve del terreno, les aseguraba poder escapar de los  mastines de la guardia nacional, entrenados para rastrear huellas.

Subieron ocultos en las ramas del bosque de bambú,  y con la pericia de gimnastas bien entrenados se desplazaron por la red de trapecios, que como balancines habían construido con sus compañeros del colegio.  Enfilaron su energía en pasar el pozo de aguas jabonosas, y con ahínco, columpiándose entre las fuertes guaduas lograron  llegar a la otra orilla, en donde se estancaba un poco la corriente espumosa que vertía su caudal en la tubería del colector. Ya más tranquilos al sentir que estaban logrando despistar a los perros  que les seguían el rastro, se tomaron un descanso junto a la gran ceiba y desde ahí, amparados en la anchura de su tronco, tendidos bajo la sombra de sus ramas contemplaron la corriente del riachuelo burbujeante, y más allá la valla publicitaria que tenía años con el mismo mensaje: 

Disculpen la molestia.  La Alcaldía de San Cristóbal trabaja para usted.”   

Gracias a esos lerdos corruptos de la alcaldía, hemos tenido charco para todo, hasta para  salvarnos de estos perros sarnosos. _Dijo Antonio.

Mientras ayudaba a Germán a caminar sin afirmar la pierna herida,  vigilaba  que cada paso por entre los charcos fuera dado con prudente tino,  para seguir despistando a los sabuesos.  Al  llegar al  gran tubo del colector abrieron la reja haciendo palanca en el mecanismo y entraron desplazándose con el agua a la rodilla en dirección a la alcantarilla, que salía al terreno colindante con  el liceo, en donde estudiaban.  Silbaron y esperaron a que les respondieran, entonces avanzaron hacia el sembradío de maíz de la casa parroquial, donde el cura párroco les dio frutas y una taza de café con pan.  El  sacerdote les indicó que los esperaban para darles atención médica, entonces  atravesaron el huerto alinderado de árboles frutales hasta el seto de cayenas que como una  muralla vegetal  protegía la cerca de la casa de Magaly,  compañera de estudios de psicología, de sus hermanas mayores. Según lo indicado, dieron tres golpes discretos en el tubo de la puerta, disimulada por la enredadera de buganvillas.  Magaly les abrió enseguida diciendo: _ Sigan tranquilos que aquí estarán bien escondidos. 

Con pasos prudentes se encaminaron furtivos por el orillo del extenso jardín hasta el corredor encortinado de helechos colgantes, que conducía al invernadero. Era una inmensa sala iluminada por los reflejos de su puerta de vitrales, celosía de cristales con flores biseladas en vidrios de colores, que como un caleidoscopio encendía luces sobre las orquídeas ordenadas en sus cestos. 

_ Este es el orquidiarium  de mi mamá.   _Dijo  Magaly con orgullo.    Y agregó con calmada serenidad:   Aquí estaremos muy bien, no puede entrar nadie.  Este invernadero tiene alarmas instaladas y la puerta está programada  con  cerradura eléctrica,  que solo se abre con  clave digital.  La otra puerta comunica con el pasadizo que da a la casa del jardinero.  Y no se preocupen porque  él no vendrá esta semana.  Yo me encargaré mientras tanto de comprobar la temperatura en los termostatos y  de llevar el registro de riego y humedad que marcan los controles, así que estarán seguros y cómodos, además mi papá como buen militar se ha dedicado a convertir esta finca en una  fortaleza inaccesible.

Entendieron que debían permanecer escondidos por unos días, esperando para huir por la frontera.  Magaly les dio a tomar analgésicos, les puso  toallas, ropa limpia y les enseñó cómo debían lavarse las heridas con jabón medicado y agua tibia.  Esperó atenta para  servir el almuerzo, colocó música en su celular para que se relajaran,  y cuando ya estaban dispuestos a sentarse a la mesa,  Germán rompió en un incontenible ataque de llanto que los hizo llorar pero les sirvió de catarsis y alivió la tensión del momento.  Después de comer y de un merecido reposo,  Magaly comenzó su trabajo de cirujana haciéndoles las curaciones más urgentes. Tenía el instrumental esterilizado y los medicamentos para la limpieza de  los muchos orificios dejados por los balines de plástico, llamados perdigones, que disparados casi a quema ropa se les habían incrustado con fuerza en la piel, lo que ameritaba colocar cicatrizantes y vendas. Esperó que los analgésicos hicieran su efecto y  se dedicó con minuciosa atención a hacer su trabajo de cirugía en la herida aún sangrante de la pierna de Germán, que urgía un tratamiento mayor de limpieza y sutura. Ya de noche terminó su larga jornada que le llevó horas de paciente y compasiva labor.       

Pasada la tensión del momento quirúrgico de la curación, Antonio preparó un liviano plato de pasta y en la quietud nocturna frente a las luces del invernadero cenaron entretenidos en hacer planes.  Escucharon los mensajes y recomendaciones que a través del médico amigo de sus padres, habían enviado a  Magaly, que les imponían como única posibilidad de protección, irse al  exilio.  Ya casi a la media noche, al escuchar a lo lejos el ruido lejano de disparos, comentaron sobre lo que  seguramente seguía sucediendo, y al momento de irse a dormir, Germán confesó que tenía miedo porque lo más probable era que los siguieran buscando en la urbanización, barriendo la zona con los perros.  Magaly lo tranquilizó diciéndole que no vendrían porque al comenzar la carretera  que  subía  a la finca, su padre había ordenado colocar cercas eléctricas y una alcabala con guardias.  Además les aseguró que por el canal de sellado le habían confirmado que se había dado por concluida la búsqueda, y que no tenían rastro de ellos.

Les mostró en la mensajería de su teléfono los  comentarios que circulaban, afirmando que  daban por desaparecidos al par de carajitos que habían regado aceite y trozos de hierros  para hacer que la tanqueta se estrellara contra el muro de la casa. Otro mensaje decía que los dos agitadores eran liceístas que en asociación para delinquir habían organizado a los muchachos del barrio para lanzar recipientes con estiércol al teniente y al coronel que comandaron la operación de control militar.   Un tercer texto decía que los dos delincuentes ya identificados, habían cruzado la frontera. Al final,  escucharon la grabación del comunicado oficial con la orden de captura que los hizo soltar una relajante carcajada:   los presuntos delincuentes, aunque menores de edad, son en realidad  peligrosos terroristas entrenados por paramilitares colombianos

Antonio y Germán bromearon diciendo que en  lo único que sí  estaban bien entrenados con sus compañeros del liceo, que se habían vuelto unos expertos, era en envasar mierda y lanzar bombas ecológicas.   De resto ni a los  toches perros les sirvió el entrenamiento, porque no fueron capaces de seguirles el rastro.  

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Esa noche descansaron confiados en estar protegidos y con la ilusión de  que en unos días se irían lejos como decía Magaly:  _ Nos iremos en la  camioneta de mi papá, que tiene permiso para transitar hasta San Antonio.  Al pasar el puente a pie nos  esperará el médico  que me  acompaña  siempre a la Universidad en Villa del Rosario, donde asistimos al seminario de Psicología.  Pueden dormir sin preocuparse por nada, ya está pago todo lo del  pasaporte y los gastos del viaje.  Así que a dormir.    

Magaly  revisó discretamente otros mensajes que llegaban a su teléfono y comprobó lo que sospechaba:   que los guardias con sus perros seguían buscándolos en las casas del vecindario a donde entraban echando tiros al aire, y al no encontrar a sus perseguidos  rompían todo a culatazo limpio. Que a golpes  se llevaban a los hombres y sacaban a las mujeres,  niños y ancianos a  la calle, donde eran  interrogados amenazándolos con dispararles si no contaban donde escondían a los dos estudiantes del liceo.  Prefirió no decirles nada para no angustiarlos, pero si les advirtió que debían ser prudentes y obedecer.  Ya a solas habló con su  informante, que al igual que ella dijo que no podía creer tanto ensañamiento, y que no lograba entender el  por qué esa obstinación del jefe militar.

Al día siguiente después de desayunar bien comenzaron a preparar  sus morrales para el viaje, con los medicamentos y ropa que les trajo Magaly.  Volvieron a recibir el tratamiento de curación y  limpieza en las heridas, y en la confianza que se fue dando entre ellos, Magaly les pidió que le  narraran con detalle que habían hecho para que los persiguieran de esa manera, porque circulaban por las redes sociales muchos comentarios alarmantes sobre  la orden de captura emitida desde el comando regional de la guardia. Hasta su padre había dicho que él también había llamado al coronel, y le había sugerido que bajara el tono porque habían exagerado en dar órdenes así contra menores de edad.

Les contó que ese día a la hora del desayuno, el propio Coronel vino a traerle  a su padre el  anuncio con la orden de captura y las fotos de ellos, que como un aviso impreso los oficiales de la policía bolivariana habían colocado en los muros y paredes de la ciudad, ofreciendo pagar una alta suma de dinero como recompensa. Magaly les comentó que después de una pequeña discusión, los del Comando regional de la guardia habían resuelto acatar el consejo de su padre y retirar los avisos.  Les dijo que un compañero de grado de su padre que ahora estaba  exiliado en Bogotá, y que aun siendo General de División  tuvo que huir y hacerse pasar por un ganadero para esconderse en una hacienda, lo había llamado y  le había recomendado mediar para bajar la represión de los cubanos, porque estaban exagerando en perseguir así  a los estudiantes de los liceos, casi todos menores de quince años.

Antonio y Germán contaron un poco con angustia y lágrimas y a ratos con risa, como había comenzado todo cuando el twitter del condominio, anunció la tranca en la Avenida Libertador, y por los mensajes de teléfono  los alertaron que venían bajando las tanquetas y los motorizados comandados por el teniente, a bombardear nuevamente con gases lacrimógenos.  De acuerdo con los vecinos resolvieron hacer algo para atajar el abuso, y entonces se organizaron con los talleres mecánicos y los taxistas para  que les ayudaran a aprovisionarse de aceite quemado, desechos de hierros y cauchos de vehículos, mientras los grupos de mujeres del costurero y los bodegueros se encargaban de conseguir botellas, potes y cajas con telas para armar la defensa con artesanales bombas molotov. 

Contaron como lo de las bolsas plásticas llenas de estiércol fue un invento de última hora, que se les ocurrió al pasar el potrero, y al ver la mierda de vaca resolvieron armar su invento, llenando bolsas y botellas para tener lista su artillería de bombas ecológicas.  Con esas previsiones para defenderse, se apertrecharon de municiones y esperaron unas cuadras antes de la entrada a los edificios, escondidos en las azoteas de las casas, a que vinieran los malditos guardias que ya tenían tres noches seguidas cayéndole a plomo a la gente de Las vegas de Táriba, para castigar a los que protestaban por la falta de gas para cocinar…

Aprovecharon la espera para continuar con su trabajo de hacer más bombas ecológicas,  envasando abono de bosta de vaca y agua, cuando oyeron el estruendoso golpe y los gritos.  _Fue un coñazonón…   

 _Parece como si hubiesen tumbado una casa con la tanqueta.    Dijo Antonio

Entonces vimos la tanqueta atascada en la calle angosta, trancada, lanzando humo, estremecida por el impulso del acelerador que no le daba la fuerza necesaria para desencajarse de las paredes, mientras el teniente gritaba como loco jineteando en su moto, y lanzaba insultos contra el pobre conductor que maniobraba acelerando   sin que el vehículo lograra destrabarse.  Al contrario, cada vez se incrustaba más en los muros de las casas.

_En ese momento nos dimos  cuenta que el motorizado era  el mismo teniente cubano que había entrado a la casa de mi abuela y además de golpearla  le calló a coñazos a todo lo que encontró.  Entonces las ganas de cobrarle nos dieron ánimo y al ver que lo teníamos a tiro, pues resolvimos darles un bañito de pura mierda.  Todo sucedió como una casualidad, porque cuando estábamos en los preparativos llegó Herlinda con sus hijos  llevando baldes con abono de gallinazo, y nos dijo que nos traía el aporte de su gallinero… Detrás vino también  el cubano de la lavandería a ver como ayudaba  y  fue él quien   nos enseñó a lanzar las grandes bolsas plásticas como en tiro olímpico de disco.  Así fue como inventamos nuestras bombas ecológicas.

Mientras nos enseñaba, el viejo cubano decía:   _Yo salí huyendo del comunismo que acabó mi patria. Ahora que  Venezuela me ha dado una familia, cuando ya creí que esta buena  vida era  para siempre, aparecen como una peste los castristas que acabaron con mi  Cuba bella. Ese teniente “venezolano” que todos saben que es cubano, será mi paisano pero es una bestia…  no es ni prójimo mío. 

Nos ayudó y se despidió diciendo:   _ Voy a la lavandería.   Allá estaré  preparado para esconderlos si es necesario.  y agregó:  _Protéjanse, y ya saben:  corran!!!  No se dejen agarrar porque los acaban.  Me buscan si necesitan auxilio.

Todo pasó muy rápido..  _Dijo Germán.

Comenzó con la lanzada de bombas y después recuerdo que lo único que hacíamos era correr… Escapar por los tejados hasta el taller mecánico, en medio del humo de bombas lacrimógenas y disparos.  Como en  manada escapamos corriendo  a toda mecha por la mitad de la calle, mientras sentíamos  como quemadas los perdigones clavándose en nuestros cuerpos.   Eran como  navajazos y pinchazos de agujas en la piel de la cara, los brazos, todo…  Recuerdo que en un momento estaba en el suelo recibiendo una lluvia de patadas y al final el dolor en la pierna.  El dolor del planazo que me abrió una tronera.

No supe más.  En un momento  sentí que me llevaban cargado y que el dolor seguía como una quemadura ardiente  que me hacía palpitar la herida en la pierna.  No podía ver entre tanto humo, solo sabía que iba como por el aire,  entre gritos y disparos.  Antonio me contó que pude  escapar de una muerte a patadas, gracias al mecánico del taller y a los muchachos que bañaron en aceite las dos motos de los guardias, y les prendieron candela.   La llamarada de la explosión  fue tan oportuna como la algarabía del vecindario simulando que estaban apagando la candela,  para que los militares se distrajeran  y así en medio del  desorden por la aglomeración,  logramos escapar  por  el callejón hasta la lavandería.   Esa fue mi salvación.  El torniquete que me hizo el viejo cubano me salvó!!!,  sino me hubiera muerto desangrado por el machetazo que me lanzó ese maldito guardia.

¿Me pregunta que por que lo hicimos?   Pues le respondo:   Por muchas razones…  Por el dolor de ver a la abuela golpeada;  por la rabia de tener que callarse ante el sadismo de los guardias torturando en la calle a los vecinos;  por la arrechera de tener que permanecer en silencio  para evitar que cobraran con violación y tortura a las mujeres de nuestras familias;  por la impotencia de ver como se llevan secuestrados a los niños de las escuelas acusados de terroristas,   y hasta los desaparecen.  

¿Porque lo hicimos?   Porque es mejor arriesgarse a morir que seguir como unos zombis mirando como matan a nuestra gente…  

Razones de sobra teníamos, pero el  mensaje enviado por Wilmer pidiendo ayuda, nos impulsó a actuar.  Nosotros éramos en ese momento su única posibilidad de salvarse del cerco. Acorralado, escondido con los vecinos en el estacionamiento del edificio, Wilmer enviaba mensajes contando que estaban encerrados, amenazados por los  malandros del grupo que se hacía llamar “colectivo bolivariano”, y que respaldados por el teniente los tenían ahí arrinconados,  esperando que vinieran las tanquetas  con bombas lacrimógenas.  El desespero de Wilmer fue lo que nos impulsó a actuar.

Esa llamada de auxilio fue lo que nos hizo entrar en acción con los compañeros del liceo.  Enseguida  fuimos a buscar  botellas y bolsas  plásticas para llenarlas de aserrín con aceite quemado, con trapos mojados en gasolina  para  lanzarlas con las catapultas y bazucas de bambú.  Estábamos en eso cuando se nos ocurrió nuestro invento:   las bombas ecológicas. Las primeras las armamos en la azotea del edificio para que  los  vecinos  se defendieran.  Y así comenzamos a darles  un poco de lo que son esos malditos guardias: Mierda. Pura Mierda…  

Lo que vino después  y que ahora nos enteramos por los mensajes de teléfono  fue peor, y es la prueba de que estos malditos no son gente, y que son capaces del más bajo sadismo hasta entre ellos mismos.  Dice Wilmer, que el teniente cubano que se dio el gustazo de tenerlos por dos días  con sus noches acorralados a punta de disparos y amenazas, encerrados en los estacionamientos por órdenes de la “comandante” de los colectivos de malandros motorizados, no se imaginó jamás que  iba a terminar siendo víctima de sus propios jefes, que le cobraron el no haber acatado la orden de  bombardear y ametrallar a los vecinos encerrados en los sótanos de los edificios. 

Después de  amedrentar con amenazas, gritando por el parlante que estaban prohibidas las protestas, y disolver la manifestación de mujeres a punta de bombas, el teniente cubano terminó en manos del delincuente jefe del colectivo, que el apoyó con la aprobación del  Comando regional.  Nunca pudo presentir que seriamos  nosotros los vecinos quienes saldríamos a salvarlo porque lo estaban matando…  le dieron golpes y cuando se les desmayó  lo sentaron amarrado a una silla y  le raparon la cabeza hasta hacerlo sangrar.  Después,  desnudo en la mitad de la calle lo tiraron a la cuneta  mientras lo regaban con gasolina y amenazaban con prenderle candela.  

Tampoco se imaginó el jefe del colectivo de malandros, la reacción de  las mujeres y sobre todo de  las abuelas que  salieron cantando el Ave María,  para  rodearlo, mientras otras iban sin miedo con unos muchachos vestidos de mujer, mezclados con ellas para recoger al teniente.  Como si fuera uno de los nuestros,  lo llevaron  cargado, protegido, hasta la conserjería del edificio donde un médico le puso un algodón con éter para sedarlo, porque aún inconsciente gritaba y se quejaba del dolor por sus  horribles heridas.

El malandro que daba órdenes al  grupo de motorizados del colectivo, cuando vio llegar la poblada que  venía desde otros barrios resolvió irse y llamar a retirada a su pandilla.  Esa fue la oportunidad para que apareciera a trancar la calle la camioneta de la lavandería  que llevaba la ropa de los militares, para que pasaran sin peligro otros carros en los que huyeron los compañeros  del liceo.  Me imagino que ahí escondido en uno de esos vehículos fue donde trasladaron  al teniente quien sabe a dónde.  Creo que  por eso es que están tan arrechos esos  hijueputas cubanos  y los malandros de los colectivos, porque además del baño de mierda que se llevaron, las abuelas les quietaron  al teniente y lo desaparecieron.

Magaly  no dijo nada.   Se guardó en su silencio lo que sabía.   Que el teniente cubano había sido recogido en la camioneta del veterinario que atendía  a los perros mastines de los militares, y de allí llevado a  la clínica donde ingreso con la cédula del jardinero de su casa.  Que el médico cirujano de guardia,  lo trasladó a la unidad de cuidados intensivos, donde sin saber quién era lo atendieron y para protegerlo  lo internaron  en una sala de cuidados intensivos para pacientes aislados por contagio de Covid 19,  mientras se recuperaba y podía viajar hasta Rubio y de ahí a Cúcuta…  como sus víctimas.

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Una semana después, ya rumbo a San Antonio con los dos liceístas, Magaly miraba la ambulancia que los seguía con el paciente diagnosticado de Covid, que sería llevado en un vuelo humanitario desde Cúcuta a Bucaramanga y pensaba callada, en lo extraño y coincidente de la vida…  Tan extraña y al tiempo predecible. Tan variada y cambiante como  un prisma con sus vueltas y reflejos. Como un caleidoscopio:   todo se refleja, todo se transforma, toda cambia, todo vuelve a lo que fue y todo es lo mismo. Todo es lo mismo…   Diría el poeta Palomares:  Todo está por venir, todo es nuevo y vuelve

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