Leonor Peña

Los venezolanos regresamos  a morir en nuestra patria…  Es la frase que escuchamos en los mensajes telefónicos que nos envían nuestros paisanos pidiendo ayuda para pagar pasajes desde Ecuador.

Piden ayuda y dicen:  _Estamos regresando obligados, porque si no,  nos moriremos de hambre.  Antes que el virus chino  nos mate, nos va  a matar  el hambre…  

Desde hace más de tres años el éxodo se desbordó en la zona de frontera del Táchira y Norte de Santander,  ubicada en los límites de Colombia y Venezuela. Desde hace más de tres años, con rumbo a otros países, los venezolanos han salido huyendo de la hambruna, de la desgracia de vivir bajo el  terror de la dictadura vil que secuestra nuestro país. 

Hoy, están de regreso, en un nuevo éxodo de retorno, un éxodo de muerte, víctimas de la peor de las violencias que se pueda sufrir en el exilio: la violencia de la pobreza y el hambre. 

Regresan además desalojados por la amenaza de contagio, en plena  emergencia declarada por la pandemia. Cuarentena mundial obligatoria que los reduce a la mayor restricción de circulación, que los recluye en sus domicilios, y no les permite trabajar.  Eso significa que no tienen como conseguir trabajando, lo necesario para pagar el alquiler diario de una habitación, ni tampoco para comprar la comida.  Unos tienen sus documentos, y están de manera legal, pero en su mayoría son indocumentados que están  de forma ilegal, sin un trabajo fijo. Son vendedores ambulantes, trabajadores de la economía informal, que con la venta de galletas, dulces, ropa, y artesanías reúnen lo de sus gastos diarios. 

La única conexión protectora con la que cuentan, son los lazos de amistad, de solidaria compasión, de buena voluntad, que cultivaron al atravesar  Colombia rumbo a otros países. Conexión de solidaridad, con caritativos  ciudadanos  que los asistieron en los centros de salud. Que les dieron de comer en  restaurantes, comedores y mercados.  Voluntarios que junto a comerciantes, a empresarios lograron promover campañas, programas temporales de auxilio en la emergencia.  A su paso fueron asistidos  por gente generosa que se avocó a protegerlos durante estos tres años, y con quienes quedaron vinculados. 

Llegar a Ecuador significo para muchos de los llamados “caminantes”, que se ubicaron en las grandes ciudades colombianas,  trabajar con la ilusión de  reunir el dinero para comprar el pasaje. Y lo lograban,  en su mayoría siguieron hasta su destino donde eran esperados por familiares, por amigos, por conocidos.  Otros se fueron sin conocer a nadie,  a probar suerte,  aventurándose a lo que fuera.

El éxodo venezolano que llegó a Cúcuta desde todas las regiones de Venezuela, pasó por  Pamplona, camino del Páramo de Berlín y siguió  en su andar, fueron llamados  caminantes, y con el tiempo se fueron convirtiendo en una fuente de información permanente, para optimizar la labor de seguimiento a las iniciativas de apoyo, de generosidad protectora.  Esa relación telefónica con ellos nos ha permitido a quienes ayudamos, sobre todo a quienes vigilamos que se cumplan las tareas de beneficencia y compasión, tener la certeza de que las donaciones, el auxilio llega a tiempo, y es entregado a su legítimo destinatario.                         

Está conexión, este circuito de comunicación entre los migrantes venezolanos y los vecinos de las comunidades colombianas, que han conocido en el camino del éxodo, es vital en esta terrible circunstancia de su retorno.  Es una conexión solidaria, que suple en una muy discreta parte,  la ausencia de organizaciones internacionales, que han debido establecer como debiera ser, locales dignos, sitios de atención, puntos de apoyo oficiales, legales, enmarcados en las normas municipales, locales y nacionales, en respeto a la legislación que rige la ayuda humanitaria, y que exige condiciones mínimas de habitabilidad, seguridad, sanidad  y salud. 

La tragedia ha tomado ribetes de mayor nivel por  la  cuarentena declarada en razón de la pandemia del Corona virus en Ecuador, en donde los indefensos migrantes venezolanos son los miserables más desamparados de la historia latinoamericana, y podría asegurar que de la historia contemporánea del mundo. En plena cuarentena, bajo la amenaza mortal del contagio, sin casa, sin comida, sin asistencia médica, sin recursos para regresar a Venezuela, la única protección, la única dádiva, la única posibilidad es la compasión del pueblo colombiano.                                   

Los venezolanos que vienen buscando la patria emocional de la familia, buscando el sentirse en su lar venezolano, se comunican y nos dan información informal, pero real,  que nos permite registrar  testimonios  fundamentales para ayudar a visibilizar este drama del éxodo, que ahora hace de nuevo el camino, a la inversa, como una migración de retornados de vuelta a la patria.

Cuando se les pregunta porque están regresando, en su mayoría responden:  _Si de todas maneras nos vamos a morir, pues es mejor regresar a morir en nuestra patria, en Venezuela. 

Ante esta desesperanzada multitud que huyendo del hambre ha  desbordado pronósticos y advertencias, se agiganta como una sombra el fracaso de los organismos internacionales.  En su fracaso, la evidencia es una constante: su ineficiencia, su desorden, su omisión y muy seguramente su corrupción.  Esa indolencia y desorden están ahí mostradas con énfasis  en la carencia:  después de tres años de reuniones, declaraciones, fotos, conferencias, ruedas de prensa y visitas oficiales, no hay en este momento álgido en la frontera colombo venezolana de las provincias del Táchira y Norte de Santander un sitio adecuado, un local digno para atender este desamparado y mendigante éxodo que salió buscando sobrevivir y ahora regresa a morir.  Lo que no se hizo en la declarada emergencia en tres años no se podrá resolver en tres semanas.  La realidad habla. El juicio de la verdad ya es inobjetable.

El sufrimiento de los caminantes se hizo  visible en ocasión de las denuncias que la prensa internacional reportó, en especial la periodista  Salud Hernández, desde periódicos de España, así como de la prensa colombiana.  Los corresponsales del mundo  reportaron sobre la tragedia, la orfandad del  desasistido éxodo venezolano que transitaba a pie, por la geografía de hielos del Páramo de Berlín, sufriendo rigores climáticos, abusos de algunas autoridades locales, y sobre todo la indiferencia de las organizaciones internacionales en competencia de ayuda humanitaria.    Retomo ahora la frase de nuestro paisano Tulio Hernández quien en esa oportunidad, con estudioso análisis como sociólogo y escritor, tituló su artículo publicado en el portal de César Miguel Rondón: El yo acuso de los caminantes venezolanos. 

Esta frase constata la gran verdad. Nunca como ahora tan ciertas y oportunas esas palabras.  La historia compañera del tiempo que todo lo pone en su lugar así lo reafirmará. El yo acuso de los caminantes venezolanos, señala de nuevo hoy, la incapacidad de los organismos internacionales para mitigar el dolor desamparado del éxodo venezolano. Señala sobre todo el fracaso del castro chavismo, su extraviada tesis del socialismo del siglo XXI y sobre manera su crueldad envilecida por la negligencia y corrupción que demuestran los hechos.

Hoy, tres años después el desbordado éxodo de venezolanos retorna de otros países, especialmente de Ecuador, atraviesa Colombia en condiciones que hacen imposible, bajo la restricción de cuarentena por la mortal pandemia, la compasiva caridad de los colombianos.  

Hoy en el mayor desamparo los venezolanos regresan a morir en Venezuela

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