La mayoría de los vendedores son venezolanos que ven en la convulsa localidad, una oportunidad para sobrevivir

Jonathan Maldonado

En La Parada, en Colombia, son pocos los espacios que quedan disponibles para el peatón. Las aceras y parte de las vías, están colmadas de vendedores informales, la mayoría de ellos de nacionalidad venezolana.

“Las autoridades nos corren todos los días, pero nosotros a los cincos minutos volvemos a reubicarnos”, aseguró Merly Herrera, de 44 años, quien llegó hace dos años, con sus tres hijos, a esta zona comercial neogranadina.

“Estoy consciente de que cada vez son más los venezolanos que cruzan y se quedan en La Parada para trabajar como vendedores informales”, apuntó con un tono de resignación y sin perder el anhelo de regresar a Venezuela: “si llegara a darse un cambio político, no dudaría en volver a mi tierra”.

Por su parte, Franklin Padilla, de 25 años, lleva siete meses en La Parada. Pese a tener problemas con la movilidad de sus piernas, todos los días sale en su silla de ruedas a vender afeitadoras. Se estaciona en el canal de retorno a Venezuela. “Mi esposa vende café. Nos vinimos de Aragua por la situación que es insostenible. Mi mamá cuida de mis dos hijos”, señaló.

Franklin Padilla, de 25 años

De acuerdo con Padilla, lo que hace en el día le permite alimentarse, mandarle, en ciertas ocasiones, a su familia y pagar 4.000 pesos de arriendo. “A veces se nos hace difícil completar lo del alquiler, pero ahí vamos, guerreando”.

Al igual que Padilla y Herrera, son decenas de venezolanos los que se dedican a lo mismo. Algunos, por temor a la xenofobia, dudan en probar en zonas más lejanas; otros, se quedan en la convulsa localidad por falta de dinero para seguir la travesía.

Un mes de informalidad

Noris Pérez, de 62 años, lleva un mes como vendedora de chucherías en La Parada. Logró acomodarse en uno de los escasos espacios que aún sobran. “Lo hago porque debo comprar un cemento óseo que vale 280.000 pesos. Al completar el dinero y adquirir el medicamento, pienso regresarme a Carabobo.”, dijo

Pérez contó con la suerte de que unos compañeros venezolanos le dieron los caramelos a consignación. “Ya he ido pagando la deuda y ahorrando lo poco que me queda. También me prestaron una silla de ruedas para brindar el servicio a quien lo necesite”, agregó.

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