Sofos de Mileto

Venezuela sufre una profunda Psicosis Social. Veamos los efectos de esta patología.

Hay una severa crisis del transporte y de movilidad interna e internacionalmente. La gran mayoría de la población no abastece con suficiente comida una alimentación balanceada; los usuarios hacen magia para tener efectivo en el pago de la buseta; las prestaciones sociales las volvieron polvo y en el sector público quedaron eliminadas con Convenciones Colectivas amañadas; muchas personas no asisten con regularidad a sus puestos de trabajo; profesores y estudiantes simplemente abandonaron la universidad, no se despidieron, no renunciaron, guardaron la llave del aula y de su cubículo.

En este sentido, los estudiantes prefieren y necesitan trabajar para afrontar la crisis en su familia. Venezuela se está quedando gradualmente sin la preparación de talento capacitado como lo hacía anteriormente, y el que logra la toga y el birrete, simplemente emigra en búsqueda de horizontes más atractivos.

Si se analiza el impacto macrosocial de la crisis en los diferentes grupos, resulta que todos están afectados: los más pobres, las clases medias, los niños, los ancianos, las empresas, los trabajadores en todos sus niveles, los gremios y todas las instituciones, incluidas las públicas que perdieron hace rato su real y verdadero objetivo.

Las universidades eran muros de contención y rechazo de las políticas del gobierno, sus intelectuales no se rendían analizando la situación del país, las políticas públicas y criticándolas, proyectando el colapso actual, oculto tras una política errada y advirtiendo de una intencional y alevosa ilusión de armonía. Las universidades se convirtieron, en su momento, en centros de presión hacia el gobierno, pero pudo más la otra presión, la del régimen, con la disminución del presupuesto, la negativa de aumentos de sueldo a los profesores por años, el rechazo a conversar con las autoridades universitarias, dejándose imponer medidas que afectaron el funcionamiento y la autonomía de la universidad y, en consecuencia, la actividad académica. De un clima de confrontación se pasó a una total anomia y pasividad en la creatividad de estrategias efectivas para superar esta guerra psicótica.

La psicosis social se imbricó en lo emocional. La queja es colectiva y diaria. Los venezolanos solo hablan de la crisis, de la comida, de la pésima prestación de los servicios públicos, de la angustia de no tener y de la depresión que los tiene enfermos. Nos convirtieron en otro tipo de venezolanos, a los que nos parece irreal poseer una capacidad de soñar.

Tenemos emociones encontradas y hasta nunca experimentadas. Además del miedo, la rabia, la tristeza, la desesperanza anidada en muchos, se reportan ahora emociones como el aturdimiento, la anestesia paralizante, la perplejidad, la incomprensión de lo que nos sucede, la vulnerabilidad ante los hechos, el duelo intenso por los que se han ido, por las familias fracturadas ante la emigración de los seres queridos, a quienes quizá más nunca volveremos a abrazar personalmente.

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¿Y de dónde proviene esta Psicosis colectiva perfectamente manipulada?

De una estrategia intencional, inducida y perversa del régimen, para someternos a todos a la más profunda esclavitud mental. El régimen ha fabricado una psicosis global en la que hay una parte importante de la sociedad extenuada exteriormente y desprovista de su individualidad, que está siendo manipulada para perder el contacto con la realidad objetiva, existiendo una parte de ella que vive en el reino del fanatismo ideológico. No hay equilibrio emocional y nuestro esquema relacional se ha fragmentado, logrando desarticular cualquier acción contraria colectiva.

Pero este engaño general se puede deshacer y superar si conocemos sus características y develamos este plan oculto. ¿De cuáles herramientas y técnicas de manipulación psicológica se ha valido la dictadura? En primer lugar, se han utilizado los medios de manera eficaz para llegar a esta manipulación. Además de los medios clásicos, internet y las redes sociales han asaltado nuestras mentes con lo cual el poder, habiendo centralizado todos los aspectos de la sociedad, obtiene un control absoluto. Estos medios de difusión son centros donde se deja correr los rumores constantes y se afectan la convivencia social. Miel sobre hojuelas para el régimen.

Pero para que la estrategia sea sólida, los individuos deben renunciar a sus derechos esenciales, a sus propias esencias. El régimen lo sabe y entonces trabaja para que las personas pierdan su individualidad y se adhieran a una mentalidad de grupo. Es aquí donde el individuo captado no solo pierde su libertad, sino que asienta en que el régimen se la arrebate.

Entonces, el régimen usa tres armas de grueso calibre mental para aplastar al individuo y volverlo irreconocible en una masa aborregada. Ellas son el miedo, la confusión y la seguridad. Se comienza por el miedo. Joost Meerloo en su libro “La violación de la mente” señala: “mientras que el miedo prepara a la población para la mentira, el uso de la propaganda difunde desinformación y promueve confusión con respecto a la fuente de las amenazas o la naturaleza de la crisis, ayudando a romper las mentes de las masas”. Hay un peligro, que suscita niveles de pánico y tensión social. El monstruo en Venezuela, fabricado por el régimen, es el maluco bloqueo imperialista y las sanciones que son las causantes del hambre y la pobreza. Aquí entra en juego toda la maquinaria propagandista del régimen, incluidos sus bots y troles, convirtiendo todas esas amenazas en tendencias. La confusión, ya quebrada de manera individual, no puede interpretar la lógica y la verdadera intención de estos acontecimientos. Crece el miedo y la indignación. El maluco se vuelve más enemigo.

Es indudable que hay gente pensante y crítica que ha sobrevivido a estas trampas, pero mientras ellas van buscando un contraargumento razonable a la primera mentira, el régimen no pierde el tiempo generando otra nueva. Y cuando la angustia está en su climax, aparece el régimen con la supuesta solución mágica. Su ofrecimiento es la única alternativa posible, llámese bonos, ley antibloqueo para desaplicar todas las normas vigentes, incluidas las constitucionales u otra de similar naturaleza. Y como es la única solución viable, el individuo esclavizado mentalmente le suplica al régimen que aplique esa salida, a fin de tener su “seguridad garantizada”. Entonces, el régimen dispone que para aplicar la solución se requiere de más poder, llámese una Asamblea Nacional Constituyente (usurpadora de la soberanía popular), Decretos interminables de Estados de Excepción o de Alarma, las comunas, las ciudades comunales, el parlamento comunal y el Estado Comunal, donde el individuo presuntamente alcanzará el máximo grado de felicidad posible. Poco importa que estos mecanismos impliquen la pérdida de derechos individuales o propios de la personalidad. Es que ya no hay personalidad. Lo que hay es un interés totalitario para asirse del poder.

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Se crea una falsa sensación de seguridad, de calma, de que la amenaza ha sido controlada. Pero es que el individuo aun puede comprar, así sea migajas, puede acceder a bonos, puede volver a surtir combustible, así sea a precios internacionales, hay luz así sea la mitad del día, el agua de vez en cuando sale por el grifo y el gas está disponible, aunque haya que arrodillarse ante el vocero jefe del consejo comunal.

Ahora bien, si esta estrategia no resulta suficiente o efectiva para aumentar la Psicosis totalitaria, el régimen aún cuenta con una bala de cañón en el fortín. Se trata de aislar a los individuos y perturbar sus interacciones sociales en nombre de un bien común. Nos obligan a estar más solos, aislados de los amigos o de las frecuentes reuniones. Se impide la libertad de reunión, se colocan restricciones para transitar, para interactuar pública y hasta privadamente. Porque así el individuo queda susceptible a delirios. Al régimen no le interesa que se encuentre la fuerza correctiva del ejemplo positivo que está en las relaciones constructivas. Por eso, nos corta la luz, el agua, el internet, la comunicación telefónica.

¿Cómo escapar de este delirio, de este laberinto, de esta pretensión de volvernos sumisos, sometidos y esclavizados mentalmente? La respuesta está en nosotros mismos. Hay que aprender como individuos a desarrollar nuestro propio carácter, para controlar y dominar las fuerzas de manipulación del miedo, confusión y ruego de seguridad. Es resistencia personal y en grupos de apoyo para que el régimen pierda sus herramientas de dominación mental. Pero este análisis de la solución merece una entrega aparte. Volveremos sobre el tema.

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