Sofos de Mileto

La Santa Teresa de Calcuta afirmó que “no es cuestión de cuánto se hace, sino de cuánto amor se pone en los actos.” Y esta hermosa reflexión nos lleva a otra, de las más sabias que se han pronunciado, nada menos que por el maestro Jesucristo: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.” Es que, ciertamente, si se amara al prójimo menos que a sí mismo, ello sería egoísmo o codicia, según el propósito final. Y si se le amara más que a sí mismo, podría llegarse a sentimientos de inferioridad y se estaría lleno de resentimientos hacia la propia persona.  El amor equilibrado, el amar sin sentirnos culpables, cuando se ama a sí mismo que nada despoja a los demás,  y el amor al otro que no disminuye ni hace violencia a la propia persona, es el que nos llena de regocijo, de felicidad, de plena realización. En el arte de vivir, el amor a los demás se expresa con el pincel de la solidaridad.

Por qué importa la solidaridad.

Ella produce múltiples beneficios, más aun cuando se adopta como una práctica constante. Solidaridad es llevar a cabo acciones que redunden en bienestar para otras personas, sin la aspiración de recibir nada a cambio. Se considera como una virtud que nos hace unir a todos los seres humanos, ya sea por compartir intereses, alguna necesidad en específico o inquietudes. Se trata de un valor que constituye la base de la sociedad, que apareja una extraordinaria enseñanza: los seres humanos, para poder sobrevivir, deben cuidarse unos a otros. Su importancia radica en ser un complemento de la justicia, otro factor importante en el que también se unen otros valores como empatía, compasión, comprensión y apoyo.

Para aplicar justicia, a través de la solidaridad, las personas deben saber colocarse en el lugar de los otros, ver las situaciones desde distintos puntos de vista, reconocer la dignidad que merece cualquier ser humano, analizar los sucesos desde el corazón y, por supuesto, nunca dejar de lado esa humanidad que debe caracterizarnos.

Cómo nutre la solidaridad.

Si bien la solidaridad supone no esperar nada a cambio, cultivarla tiene múltiples beneficios, no solo para quien la manifiesta, sino para la sociedad en general.

1.- Fortalece lazos de afectividad:

Cuando se presenta alguna situación adversa en la familia, en nuestro entorno inmediato o en cualquier otro ámbito donde nos desarrollamos, actuamos desde el compromiso moral y el amor. De allí que los lazos se vuelvan mucho más estrechos, a tal punto que ante las adversidades de inmediato se piensa que en ese conglomerado tenemos un refugio seguro.

De igual manera, si se es solidario con los amigos, la amistad se vuelve mucho más fuerte e incluso la confianza aumenta de una manera considerable debido al apoyo que se brinda. Esto aumenta la probabilidad de que cuando se necesite ayuda, los amigos van a tender de inmediato una mano.

2.- Se muestra un lado más humano:

Cuando somos solidarios estamos sacando a relucir nuestra parte más humana, más buena, más noble, más estimable de nuestra personalidad. Eso es realmente significativo, sobre todo si la ayuda, el bien, la cooperación se lo brindamos a personas desconocidas sin esperar nada a cambio, solo con el fin de ayudar a quien más lo necesita.

Esto es muy importante, ya que la solidaridad es eso, ayudar a otros sin importar si obtendremos retribución a cambio. Nada más saber que se ha hecho una buena acción a quien realmente la requería, sin detenerse a ver quién es la persona o qué posee para nuestro interés, es poner en práctica ese sentimiento de amor al prójimo.

3.- Aumenta la autoestima:

Sin duda la solidaridad es una virtud que nos enriquece, nos hace crecer. Por lo tanto, cuando brindamos apoyo a otra persona y somos solidarios, mejora nuestra autopercepción. Esto nos permite tener un mejor concepto de nosotros mismos, de nuestra estima. Nos damos cuenta con ello que en este tránsito por el mundo podemos cumplir con un encargo de beneficio, porque estamos enfocados en resolver de alguna manera la dificultad por la que está viviendo el otro.

4.- Nos volvemos más humildes:

Una persona humilde es aquella que, a pesar de tener grandes habilidades, no se lo dice a todo el mundo. Además, es capaz de reconocer sus propias fallas. Ser solidarios de corazón nos permite mostrar humildad y aceptar que, en ocasiones, también necesitamos de ayuda. Cuando se nos presentan situaciones difíciles, en las que familiares, amigos o vecinos nos brindan su colaboración, tenemos que saber tomar su mano. Somos frágiles, estamos expuestos, corremos riesgos, los peligros nunca faltan. Entonces, no hay nada malo en aceptar ayuda, apoyo, participación, cooperación, bondad, generosidad de quienes están dispuestos a acompañarnos en nuestra emergencia.

5.- Vivimos con más intensidad:

Cuando nos acostumbramos a ser solidarios, hasta nuestro ánimo mejora. Nos volvemos más positivos, nos relacionamos mejor con las personas de nuestro entorno y, en consecuencia, sentimos que nuestra vida es mejor y más intensa. En otras palabras, la solidaridad imprime mayor significado y propósito a nuestra existencia.

Afirmando solidaridad en los niños.

Para que una sociedad sea realmente solidaria y justa, es importante implementar la solidaridad desde temprana edad. Como valor para nuestros niños, en el hogar, en la escuela y en las interrelaciones tempranas hay que ir sembrándola, cada día, en cada oportunidad que se tenga de expresarla, resaltando en los muchachos los alcances de la fraternidad,  hermandad y asistencia.

Lógicamente, los niños requieren de ayuda de los padres para poder entablar relaciones positivas con las personas que los rodean. Por eso, para reforzar todas esas conductas solidarias que se crean con otros, los padres son los primeros llamados a enseñarles la importancia de la solidaridad. Aun así, no es una tarea tan sencilla como parece. Para fomentar la solidaridad como valor en los niños, se pueden implementar algunas estrategias. Entre ellas se pueden señalar:

1.- Solicitarle información a los docentes:

Una opción es que los padres se comuniquen con el maestro del niño y le pregunten cuáles mensajes y acciones de la vida cotidiana pueden enseñarle al niño la importancia de la solidaridad. Hacer esto puede orientarlos en el proceso.

2.- Buscar lecturas relacionadas:

​​​​​​​Una buena manera de enseñarles a los más pequeños el valor de la solidaridad es a través de cuentos, narraciones y fábulas. Luego de la lectura, es importante acompañarlos en la reflexión acerca de este valor y explicarles cómo pueden aplicarlo en la vida diaria.

3.- Mostrarle noticias relacionadas:

Los medios informativos u otro medio de comunicación, siempre que evidencien contenidos de acciones de solidaridad de manera positiva entre las personas, representan canales apropiados.

Pero al igual que con los cuentos, es importante que los padres se sienten con el niño y le expliquen por qué esa información se relaciona con el valor de la solidaridad. Así podrá comprender el mensaje de manera correcta.

4.- Darle ejemplos:

Los niños aprenden mejor a través de las vivencias, por lo que es recomendable darle ejemplos de acuerdo a cosas que le hayan pasado en casa, en la escuela o en cualquier otro lugar. Casos reales en los cuales ha sido testigo el niño, es una formidable manera de inculcar este valor.

Es bueno hacerle ver al niño que debe colocarse en los zapatos de los demás, ya que si él se encontrara en una situación que le afecte, necesitaría que otros aplicaran la solidaridad con él, al brindarle apoyo o incluso alguna palabra de aliento.

5.- Llevarlo a lugares donde se practique la solidaridad:

Las acciones filantrópicas, con organizaciones que las practican con frecuencia, como pueden ser la visita a algún refugio de personas sin recursos para llevar comida o ropa, regalarle juguetes o útiles escolares a niños necesitados, o simplemente compartir en grupo una tarde de entretenimiento, de distracción, de alegre convivencia con quienes pocas veces reciben estas muestras de afecto y tanta falta les hace, logran ayudar a entender a los niños la importancia de la solidaridad.

6.- Darle orientación sobre acciones cotidianas:

Respetar a las personas, cuidar a los animales y plantas, resguardar sus objetos personales, respetar las normas, ahorrar energía para proteger más al planeta, hace ver al niño que los efectos de la solidaridad repercuten más allá de su entorno inmediato. También es bueno involucrarlo en la selección de los desechos, motivarlo a atender a alguna persona mayor, invitarlo a asumir responsabilidades en las tareas domésticas y ayudar en casa.

La solidaridad del venezolano no conoce fronteras.

Los venezolanos, incluso en las desgracias, son alegres, ingeniosos, emprendedores, hospitalarios y amigables. Estas características de su idiosincrasia las llevamos por todas partes. No hay lugar en el mundo donde no se note la presencia de nuestra gente. Pero si hay algo que nos identifica en común es el espíritu solidario. Claro que en todo rebaño hay alguna oveja negra, pero la gran mayoría de los venezolanos, tanto los que se han quedado en el país, como los que hacen su trajinar en el exterior, llevan ese buen corazón y lo hacen palpitar en acciones de especial altruismo.

Hasta en los casos más inesperados se consiguen muestras genuinas de solidaridad infinita. Campañas de recolección de alimentos, fórmulas lácteas y pañales para bebés; jornadas de donación de insumos para hospitales y medicinas para enfermedades que en Venezuela no se consiguen con facilidad para así poder brindarle un poco de alivio al hermano enfermo; llamados para ayudar en la recolección de insumos de primeros auxilios para socorrer a los heridos en las manifestaciones; donaciones de fondos para intervenciones quirúrgicas de algún querido cantante o de un abuelito anónimo en algún rincón de nuestra geografía; la llegada inesperada de un grupo de jóvenes, con artículos recolectados previamente para sorprender y hacer brillar la mirada de un indigente, de un niño curtido de polvo o de una madre que clama por un poco de pan, son gestos que van arraigados en nuestro ADN. Con ello no puede faltar la palabra de aliento. “Tranquilo mi pana, cuenta conmigo. Pa´lante es pa’llá”

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