Ph.D. Tomás Páez

Los migrantes representan el 3.5% de la población global: una de cada 35 personas vive en ciudades y países ajenos al suyo. Ese reducido porcentaje poblacional produce el 10% del PIB global. El dato honra la definición de migrante hecha por Andrew Carnegie, “un río de oro que fluye a nuestro país cada año”.

Está fuera de toda duda la relación entre migración y desarrollo y su efecto positivo sobre el incremento de la productividad, el enriquecimiento cultural y la reducción de la pobreza global. Estos datos, sólidos como rocas, sucumben ante mitos, prejuicios y falacias, verdaderas enfermedades del alma, alimento de sentimientos adversos hacia el “extraño”, el “extranjero”, el “otro” diferente en términos raciales, culturales, religiosos o ideológicos. El término xenofobia, del griego xenos (extranjero) y phobos (miedo, rechazo), expresa tal aversión. Adela Corina incorpora la palabra “aporofobia” o rechazo al pobre. Ambos vocablos aluden al odio, el recelo y la hostilidad “hacia personas que representan culturas, políticas e ideologías contrarias a la propia y por tanto juega en un campo distinto a la pluralidad, la libertad y la democracia.

El “patrioterismo” y el “chauvinismo”, sinónimos de xenofobia, hablan de prejuicios atávicos y convicciones carentes de fundamento alguno. Sus fundamentos los encontramos en falsas creencias, incapaces de rendirse ante los hechos y los datos, reacias a la innovación y el cambio, tan solo varía la población objeto del desprecio, usted escoge el periodo y la nacionalidad: irlandeses, chinos, latinoamericanos, españoles, venezolanos, etc.

Entre los mitos más añejos y manoseados se encuentran: los migrantes destruyen empleo y salarios, sacan provecho del Estado de Bienestar, son competidores desleales de los recursos disponibles en el país receptor, con ellos aparece de forma repentina la violencia, un cruel invitado, desconocido e inexistente antes del arribo de los extraños (¿?). Los prejuicios sirven para justificar la segregación y la exclusión, se usan para defender la “identidad”, una especie de marca de ganado que  “homogeniza” las diferencias, esconde las discrepancias y conflictos al interior de la “hacienda” y desconoce el cambio y el enriquecimiento de todo intercambio humano.

Lo peligroso de estas falacias es su potencial y su capacidad de transformarse en desprecio, agresiones y muerte. Las recientes declaraciones del Secretario General de las Naciones Unidas, Antonio Guterrez, denunciando el aumento de la xenofobia a la diáspora venezolana, es un alerta y una convocatoria a enfrentar los prejuicios que la animan.

En reuniones recientes hemos intercambiado resultados de investigaciones en marcha alrededor de la relación “Diáspora, Medios de Comunicación y Xenofobia”, llevadas a cabo en distintos centros de investigación y universidades de los países receptores, y los resultados revelan el enraizamiento de los mitos apuntados más arriba. En particular las falacias asociadas a la inseguridad y la criminalidad. Sobreviven pese a la contundencia de los hallazgos de los estudios realizados por organismos internacionales, los cuales muestran la inexistencia de correlación alguna entre criminalidad, inseguridad y migración.

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Aunque la xenofobia generalmente alude al rechazo de los migrantes en los países de acogida, también está presente, y en ocasiones de manera particularmente aguda, en los países de origen, en donde además opera como causa de la migración. Ejemplos de ello los vemos en La Alemania de Hitler y el Holocausto judío, el éxodo de los países socialistas soviéticos, o los flujos migratorios de Cuba y Venezuela. Los voceros de la dictadura cubana los estigmatizan con los términos  “gusanos” y “desertores”; la  venezolana,  como “lavarretretes”  o “armas bioterroristas”.

En los regímenes totalitarios, la xenofobia hacia sus ciudadanos es muy pronunciada: el otro no existe; además de extranjero en su propio país, es un enemigo y por tanto debe desaparecer. Este desprecio al “diferente” se nutre de la creencia de considerarse superiores (supremacía”), bien por razones de raza, religión o ideología. Retumba en mi memoria la frase expresada por un representante del régimen venezolano: “quien no está conmigo o con nosotros, que se vaya”.  Es un discurso de odio  que busca generar miedo: el “extranjero”, el “otro”, no será vacunado, tampoco percibirá el bono o la bolsa de racionamiento, al punto de negarles el derecho a ingresar a sus propiedades (Arco Minero o las instalaciones de PDVSA) y a su país.

Usualmente, las preguntas en torno a los actos xenófobos indagan por los perpetrados en otros países en contra de la diáspora: declaraciones de diputados y alcaldes, agresiones físicas y verbales, muchas de ellas recogidas en vídeos, e incluso la muerte, como la ocurrida recientemente en Ecuador. Todos ellos son actos condenables, repudiables y necesitados de justicia.  Considero que es necesario añadir a la ecuación de la xenofobia las acciones y omisiones del régimen venezolano, xenófobo como pocos. Su desprecio por sus ciudadanos, dentro y fuera del país, está al margen de cualquier duda.

Ha intentado invisibilizar, ensordecer y enmudecer la voz de la diáspora. Se ha atrevido a afirmar, ante los ojos incrédulos de los representantes de los países de acogida, que “la diáspora NO EXISTE”, que se trata de un invento de gobiernos enemigos. Como la mentira debía ser integral, silenciaron a los organismos responsables de las estadísticas del país. Sorprende su osadía y la forma de negar el hecho. Las instituciones del Estado registran los movimientos de ciudadanos en puertos, aeropuertos y puestos fronterizos. Además, poseen información de pensionados, jubilados y estudiantes en el exterior, entre otras.

Algunos han pretendido asociar la xenofobia a una franja del espectro político, argumento semejante a los utilizados para explicar los procesos migratorios. Lo atribuyen al capitalismo, el neoliberalismo, la desigualdad y la pobreza. Excluyen, o sencillamente no consideran, a las migraciones causadas por los regímenes socialistas (no socialdemócratas). Callan también los éxodos producidos por nacionalismos rancios, no importa su disfraz ideológico.

El régimen MILITAR-cívico venezolano solo admite la obsecuencia y la obediencia, y considera a la pluralidad y la libertad como una metástasis a la que hay que combatir y eliminar.  En su afán de diferenciar entre seguidores y “extranjeros”, intentaron hacer su propio muro de Berlín en la ciudad capital. Asimismo establecieron su propio medio de identificación: el “carnet de la patria”.  Quienes lo posean tendrán trato preferente para acceder a la vacuna, a las migajas del racionamiento y a los trastos viejos de las bolsas CLAP; de este modo dividen a la sociedad entre los míos y los enemigos. La tarjeta es, además, un medio de controlar la información de los tarjetahabientes.

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Para el régimen el 20% de la población, hoy fuera del país, carece de voz y es invisible.  Ese olvido, consciente, es un macabro acto de xenofobia, aderezado, además, con la prohibición de entrada al territorio a quienes se fueron (xenelasia), expulsa y viola el derecho a la movilidad y al retorno de los venezolanos “considerados como enemigos”. Sus palabras y acciones refuerzan el esquema binario: o conmigo o en mi contra, o te pliegas o te atienes a las consecuencias o te vas. Su enfermiza obsesión por la homogeneidad y el pensamiento único genera en ellos una mórbida desconfianza y recelo hacia quienes no comulguen en la misma iglesia o formen parte de la misma tribu.

Lejos de nosotros la idea de desconocer las manifestaciones de prejuicios xenófobos: declaraciones, imágenes y hechos alarmantes y desgarradores. Como en otros ámbitos, en este también es importante huir de generalizaciones, inútiles para el diseño de políticas y estrategias con las cuales atender el tema. Es importante denunciar y desnudar los prejuicios que oxigenan la xenofobia y resaltar los aportes de toda diáspora al desarrollo global.

Resulta imposible dejar de lado las manifestaciones de odio de parte de los voceros del régimen ante el retorno de 120 mil venezolanos a SU PAÍS, hasta de ser armas bioterroristas fueron acusados. En la ecuación de la xenofobia y en el discurso nacional e internacional sobre el tema, no aparece el régimen venezolano, xenófobo a dedicación exclusiva ¿Cómo explicar este vacío? ¿Se trata acaso de un nacionalismo atávico que impide desnudar a los agresores? o ¿Está relacionado con las franjas del espectro político a las que hemos aludido antes?

Haber recibido cerca de un millón de migrantes sirios en Alemania, la mitad de los migrantes venezolanos acogidos en Colombia, creó un enorme problema a la Canciller Angela Merkel, líder abierta al tema migratorio como pocos. En el terreno de la xenofobia es necesario tener especial cuidado para evitar incurrir en errores y en simplificaciones y generalizaciones apresuradas. Mientras el régimen venezolano invisibiliza a los seres humanos de la diáspora, se desentiende de aquello que no existe, gobiernos democráticos del mundo, como el colombiano, desarrollan mecanismos adhoc con el fin de integrar e incluir a la diáspora y favorecer su participación en el desarrollo del país. Esta experiencia debería ser un ejemplo a seguir. 

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