Humberto González Briceño @humbertotweets

Quienes desde la perspectiva de la falsa oposición insisten en el retorno a la democracia como salvación frente a la destrucción chavista parecen olvidar que fue precisamente ese régimen político el que cobijó y procreó al chavismo. La llamada democracia venezolana fue en realidad un régimen de Estado de partidos, sin lugar a dudas mucho mejor a lo que tenemos hoy, pero cuyas ambigüedades permitieron el fortalecimiento de sus enemigos quienes actuando desde adentro lograron implosionar el sistema.

Los defensores de la doctrina democrática insisten en que la tolerancia con la disidencia es al mismo tiempo la fortaleza y la debilidad que tiene esta propuesta política. El argumento así planteado luce muy bien en los discursos partidistas y de la Academia, sin embargo en el terreno de las realidades esta contradicción adquiere formas concretas que en la mayoría de los casos termina paralizando las capacidades de ese llamado Estado democrático para defenderse a sí mismo. Los epígonos de esta doctrina la prefieren así aunque el resultado sea la desaparición misma del régimen político.

Uno de los problemas prácticos que plantea esta suerte de tolerancia democrática con la disidencia es que al no estar correctamente definida por la ley, por lo menos en la época del Estado de partidos, quedaba a la discreción del gobernante de turno administrar su aplicación. Muchos incursos en robos de bancos y asesinato de policías y militares en los 60 y los 70 fueron enjuiciados y sin cumplir sus penas ni expresar arrepentimiento fueron beneficiados con indultos presidenciales y sobreseimientos. Los mismos elementos podían regresar entonces a sus habituales actividades conspirativas como en efecto lo hicieron y terminar hoy como jerarcas de la burocracia chavista.

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El 4 de febrero de 1992 fue la prueba de fuego y la oportunidad para ver las capacidades que podía tener ese sistema democrático para defenderse a sí mismo. La derrota militar de los conspiradores del 4F fue transformada en una verdadera victoria política al lograr la totalidad de los conspiradores ser beneficiarios de indultos presidenciales comenzando por el mismo Hugo Chávez Frías. Los insurrectos han debido ser juzgados y condenados por traición a la patria. Lejos de eso fueron protegidos incluso por estructuras de ese Estado de partidos y elevados al rango de héroes nacionales.

Cuando en vida se le criticó a Rafael Caldera el haber indultado a Hugo Chávez solo pudo encontrar refugio en el argumento de la tolerancia democrática y la supuesta voluntad de unir al país. En realidad más que un acto de tolerancia y magnanimidad, por el cual Caldera aspiraba a pasar a la historia, el indulto a Chávez demostró ser un acto absurdo de debilidad del hombre a quien se le había encomendado defender la integridad de la República. Se puede especular sobre las razones verdaderas que pudo tener para hacerlo, pero sus consecuencias son evidentes y por ello debe ser evaluado.

La tolerancia expresada como debilidad y permisividad no es buena para la democracia ni para ningún régimen político. La primera obligación de todo régimen político es ejercer plenamente sus capacidades para mantenerse en el tiempo e imponerse sobre sus enemigos. Sugerir lo contrario es entretenerse con literatura ficción. Lo que sí debe  establecerse con meridiana claridad es la medida exacta de esa tolerancia para respetar los derechos civiles y no caer en abusos derivados de la discrecionalidad del funcionario.

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Por ejemplo, una medida tolerante y magnánima habría sido otorgarle a Hugo Chávez y sus secuaces, previo cumplimiento de sus respectivos castigos, la oportunidad de encontrar un trabajo útil y hacer una vida civil digna con absoluta suspensión de sus derechos políticos. Esto le habría brindado la oportunidad de reformarse y reinsertarse en la sociedad y le habría evitado al Estado de partidos terminar siendo controlado por uno de sus enemigos llevado al poder de la mano de la democracia y sus formalidades.

El Estado chavista, controlado hoy por quienes ayer fueron beneficiarios del perdón y la tolerancia democrática, ni siquiera se plantea ese conflicto. Para este régimen político cualquier intento de disidencia merece ser aplastado a sangre y fuego. Esa es su esencia y eso no cambiará hasta que sean expulsados del poder. Entonces volveremos a ver a los chavistas retomar el discurso de los derechos humanos, la tolerancia y la inclusión. Y veremos a los fundamentalistas democráticos rasgarse las vestiduras pidiendo que se respete el derecho de los chavistas a hacer política.  Aunque las heridas aún estén frescas, habrá que repasar con ellos episodios de historia reciente. A ver si la recuerdan o si por fin la entienden.- 

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